martes, 23 de enero de 2018

Cuba, elecciones y retos


Enrique Román 


Las elecciones para elegir a los miembros de las Asambleas Provinciales del Poder Popular y a los diputados a la Asamblea Nacional de Cuba acaban de ser convocadas.
Esos comicios, probablemente los más importantes en las últimas décadas en la isla, siguen a otros anteriores, donde se eligieron a los miembros de las mismas Asambleas, pero al nivel municipal.
De las que acaban de ser convocadas resultará el nuevo parlamento cubano y su órgano superior, el Consejo de Estado.
Y este elegirá al nuevo presidente de la República de Cuba: al sucesor de Raúl Castro.
A partir de entonces, quien lo duda, se abrirá una etapa diferente en la historia de la Revolución de Cuba y en toda la historia republicana caribeña. 
Hombres y mujeres que no basan su legitimidad en los méritos alcanzados durante los momentos épicos de la Revolución – la lucha contra Batista, la resistencia frente a las agresiones de Estados Unidos – se harán cargo de la conducción del país, de salvaguardar los logros del proceso revolucionario, de seguir indagando en la vía cubana para desarrollar el proyecto socialista y de resistir la omnipresente hostilidad del vecino del norte.
Casi nada.
Un sistema desconocido
El sistema electoral cubano es desconocido en el mundo y fuertemente vilipendiado por la propaganda anti cubana.
La democracia, todo el mundo lo sabe, es un producto imperfecto, salvo para garantizar la hegemonía de una clase social sobre otras.  Suele reducirse al proceso eleccionario, su fase más visible, espectacular y muchas veces engañosa: luego de ser electos, los elegidos se desaparecen de sus bases y no se implementan formas para dar continuidad a la participación popular en la toma de las decisiones principales.
Sistemas obsoletos, que no funcionan ni en sus países de origen, se venden públicamente como ideales a perseguir.  Estados Unidos hace de la promoción democrática en el mundo la raíz visible de su política exterior.  Sin embargo, el arcaico sistema electoral de ese país permite que Donald Trump haya sido electo presidente, a pesar de perder frente a su contrincante por tres millones de votos.
Cuba, luego de más de una década inicial de trasformación revolucionaria acelerada, en que las leyes principales, que subvertían el viejo orden, se tomaban de forma central por el Consejo de Ministros, emprendió un serio proceso de institucionalización, que supuso la redacción de una nueva Constitución, adecuada a los nuevos ideales, y la reorganización de sus órganos deliberativos y de gobierno.  Como parte del nuevo orden, se creó un sistema electoral sui generis a mediados de la década del 70.
En un país donde existe un único partido – tradición que viene por cierto, no de Moscú, sino de la guerra de independencia contra España, conducida por el partido fundado por José Martí – está prohibida la propaganda electoral.
Los vecinos de las comunidades eligen de entre ellos mismos a sus representantes, los cuales a su vez integran la Asamblea Municipal. 
Luego, en elecciones como las que se convocan ahora, también se eligen los miembros de las Asambleas provinciales y los diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular.  Constituida esta, sus miembros eligen al Consejo de Estado, integrado por una veintena de miembros, y estos a su presidente, presidente del Estado, quien es también presidente del Gobierno.
Todos los electos, desde las comunidades hasta la nación, están obligados a rendir cuenta de su ejecutoria varia veces en el año ante quienes los eligieron.
Sé que la inspiración inicial estuvo en la democracia asamblearia griega.  Pero a diferencia de esta, los electores son hombres, mujeres, blancos, negros, mestizos, civiles y militares: toda la gama de la sociedad cubana, sin otras limitaciones que los que tienen restringidos sus derechos por alguna sanción jurídica.
El sistema es aun perfectible.  Pero la voluntad de que cualquier modificación procure el acercamiento de la dirección del país a la población, es la constante que regiría cualquier modificación.
Sin embargo, cualquier comparación con los esquemas conocidos, cuyas virtudes y cuyos defectos son bien conocidos – la historia de Cuba es una panoplia de ejemplos de las insuficiencias, a veces atroces y escandalosas, de la democracia representativa - , debe tener en cuenta un hecho esencial: el poder hegemónico en Cuba está en manos del pueblo.
Y estas elecciones tienen a su vez el interés trascendental que legitimarán a dirigentes nacidos poco antes o después del triunfo revolucionario: que no cuentan con el aval histórico de la lucha guerrillera o del enfrentamiento armado a los enviados de la contrarrevolución.
Seguir construyendo el socialismo cubano
En los últimos años en Cuba se vienen desarrollando acciones para actualizar el camino propio hacia el socialismo.
La tarea es considerable.  Para Marx el socialismo era una breve etapa, que caracterizó someramente, y que precedería a la sociedad ideal, la sociedad comunista, que él veía muy próxima, casi a las puertas de la historia europea.
Las cosas no salieron como él imaginaba.  No fue en la desarrollada Alemania donde triunfó la revolución, sino en la empobrecida y atrasada Rusia.  A Lenin le correspondió desbrozar el camino para establecer el modelo adecuado a su país. Después vinieron imitaciones e imposiciones del socialismo soviético, que no condujeron a nada.  Las revoluciones que triunfaron fueron las originales, las que encontraron un camino propio, como China, Vietnam y Cuba.
Lo fundamental que quedó de Marx, entre otras muchas cosas, fue la búsqueda de la plena justicia en las relaciones entre los hombres. El corazón ético del ideal comunista, donde el hombre cesara de ser enemigo  del hombre y se reencontrara con su esencia enajenada, el trabajo creador.
En esa dirección se han dado pasos atrás para luego dar pasos adelante.  Y el peso de la polémica nos acompaña hasta hoy. 
Un prólogo inédito de Ernesto Che Guevara a los llamados Cuadernos de Praga, en 1966, lanza un alerta y una premonición estremecedores sobre los riesgos de emprender los desconocidos caminos de la construcción socialista:
Luego de exaltar el indiscutible aporte de Lenin a la teoría del socialismo en la época del imperialismo, advierte sobre las consecuencias de los retrocesos que el propio fundador de la URSS se vio obligado a adoptar como política económica de la nueva nación.
“Nuestra tesis es que los cambios producidos a raíz de la Nueva Política Económica (NEP) han calado tan hondo en la vida de la URSS que han marcado con su signo toda nuestra etapa. Y sus resultados son desalentadores: La superestructura capitalista fue influenciando cada vez en forma más marcada las relaciones de producción y los conflictos provocados por la hibridación que significó la NEP se están resolviendo hoy a favor de la superestructura: Se está regresando al capitalismo.”*
Son los riesgos que deberá enfrentar la nueva dirección cubana, navegando entre la Scilla de las herramientas de mercado, y el Caribdis de la solidez ética que es fundamento mismo del socialismo. Y con la perenne y cercana espada de Damocles del imperialismo estadounidense, ambicioso de revertir la historia revolucionaria.
Crear un modelo socialista que aunara la eficiencia económica del capitalismo, y sostuviera y desarrollara los valores del socialismo y del comunismo.
Casi nada.  
* Se incluye en el libro de Orlando Borrego, Che, El Camino del fuego, (editorial Hombre Nuevo, Argentina).


 












jueves, 4 de enero de 2018

Tres notas sobre el primer año de una ¿larga? pesadilla



Enrique Román
Todos tenemos la impresión de que ha sido presidente de los Estados Unidos durante un quinquenio.  Sin embargo, a fines de enero Donald Trump cumplirá su primer año en el cargo.  

Su presencia en la primera páginade los diarios, ha sido ininterrumpida  y abrumadora.  Comenzó incluso antes de ser electo.  Desde que anunció su decisión de postularse para la presidencia del país norteño, las bravatas, los dislates, las exageraciones, los pronunciamientos inesperados no han dejado sin material noticioso a los periodistas de todo el mundo.  

Desde hacía tiempo, el ahora presidente había pasado de ser un empresario avasallador para convertirse en un personaje de la industria del entretenimiento.  De la peor industria del entretenimiento. Ahora ha trasladado ese modelo a la política de su país y al mundo.

En estos días se hacen recuentos de su ejercicio durante el primer año.  Desde todos los ángulos posibles.  Ahorro las repeticiones y subrayo solamente algunos hechos característicos.

Damas y ajedrez

Hace pocas semanas, Trump regresó eufórico de China.  Le habían proporcionado, dijo, el mayor recibimiento que se le había dispensado a un presidente en toda la historia del país asiático.

Así son las declaraciones grandilocuentes de Donald Trump.  Pero olvidó que China tenía una historia, como gran país, de 3 500 años, lo que hacía difícil de sustentar su rimbombante apreciación.
Lo que sucedió realmente en el periplo chino fue que, mientras Trump jugaba a las damas, Xi Jinping jugaba al ajedrez.

Los halagos fueron dirigidos a un hombre que sucumbe ante los halagos, y que suele dirigirlos hacia sí mismo.  Pueden haber sido hasta una muestra de agradecimiento por el gran regalo que, a días de iniciarse su presidencia, Donald Trump hizo a la dirección china: la retirada total de Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico.

Como veríamos después en otros temas, la bravata aislacionista carecía de un análisis más profundo y estratégico de sus consecuencias.

El llamado Acuerdo Transpacífico había intentado ser un puñal estadounidense en el corazón de la expansión china hacia su zona de influencia crucial.  Al encabezar un grupo de países que tributan – y lo harán mucho más en el futuro – hacia un área económica que será casi seguramente la más importante del mundo en las próximas décadas, Estados Unidos intentaba establecer su predominio económico a las puertas del gran gigante asiático.

La retirada de Donald Trump dejó a China en libertad de establecer el orden que quisiera en el espacio compartido con las naciones y las economías que se habían afiliado a la alianza. China, a partir de entonces, podrá ser la cabeza visible del comercio en el mar Pacífico.

El primer párrafo

Donald Trump es un hombre de un solo párrafo.  De un solo twit o de una sola declaración amenazante y rotunda, a veces tan demoledora como irresponsable, cuando anunció a Corea del Norte desde las Naciones Unidas que podía ser  barrida de la faz de la tierra.

O la escandalosa y fantasiosa idea de la construcción de un muro a lo largo de la frontera con México…  cargándole a México, para insulto y risa de los mexicanos, con el costo de la obra.
O la insensatez de mudar su embajada en Israel para Jerusalén, lo que supone un obstáculo monumental ante cualquier esfuerzo que se haga por encontrar una salida  viable al conflicto palestino israelí.  Una decisión que no había tomado ninguno de los presidentes que durante 70 años han honrado las íntimas relaciones entre Estados Unidos y su gran aliado en la región.

La relación es interminable.  Estamos ante un presidente que, en el mejor estilo mediático, concibe la política doméstica e internacional como un gigantesco reality show.  Que se levanta a horas tempranas, se sienta ante su computadora, y vierte en Twitter lo que piensa sobre los temas más disímiles.

Sin asesoramiento.  Sin experiencia de gobierno. Sin que esos párrafos sean la punta del iceberg de una posición elaborada y consensuada.  Por eso después, en la vida práctica, el proyecto no se realiza o se modifica.  O Trump choca con quienes, con los pies sobre la tierra, tratan de derivar de ellos un plan y una doctrina.  

Quienes tienen que realizar el control de daños.

Dudoso regalo

Trump ha sido un regalo inesperado para el partido Republicano.  ¿Regalo envenenado?  Está por ver.  

No era un republicano de origen.  Había integrado el partido Demócrata por breve tiempo. Era en realidad un independiente que, afiliado ahora como republicano, apareció en la larga lista de los contendientes a la candidatura presidencial por ese partido y, contra todo pronóstico, y contra la voluntad de la propia nomenclatura del partido, venció.  Y venció en las presidenciales.

Y ya que estaba ahí, pues había que aprovechar su popularidad.  Sobre todo para lograr dos proyectos esenciales para la perspectiva republicana:  la eliminación del Obamacare, es decir, la disminución del gasto público en la garantía de salud, su desaparición para 20 millones de ciudadanos,  y el favorecimiento al sector privado de esta rama. Y la reforma impositiva, que beneficiará, una vez más, a los ricos y gravará, una vez más también, a la clase media y a los sectores desposeídos.  

Como se sabe, no pudo con el Obamacare, y ahora trata de torpedearlo eliminando los aseguramientos financieros que permiten su cumplimiento.  Y luego de mucho esfuerzo, consiguió la reforma impositiva, que distancia, como nunca antes desde la época de Ronald Reagan, al Estado norteamericano de su papel como garante del bienestar de sus ciudadanos menos favorecidos.

De los propios congresistas republicanos, que no se reconocen en su estrafalario presidente, vinieron sus complicaciones legislativas.

Pero que lo aprovechan en no pequeña medida.  Es impresionante y poco divulgado el avance de las posiciones más conservadoras sostenidas por la agenda del partido Republicano en áreas estratégicas.  

Mucho se divulgó el trabajoso pero logrado nombramiento del derechista Neil Gorsuchcomo juez de la Corte Suprema, que inclinará el voto del máximo órgano judicial hacia la más estricta derecha.   Poco se ha difundido, sin embargo, cómo una masiva promoción de jóvenes jueces federales conservadores podría teñir de otro color la administración de justicia en el país.

O la retirada del Acuerdo de París sobre el cambio climático, también muy publicitada.  Pero menos conocida es la dimisión de más de 700 científicos, investigadores, ingenieros, especialistas en el tema, de la Agencia de Protección del Medio Ambiente, puesta en manos del negacionista Scott Pruitt – la Iglesia en manos de Lutero -  encargada justamente de evaluar el delicado tema en el medio ambiente estadounidense.

La agenda conservadora republicanaavanza, indetenible e implacable,por debajo del show mediático del presidente Trump.

El porvenir

¿Cuántos años cumplirán Trump y su visión imperial y racista del mundo y de su país?  ¿Cuánto tiempo más de improvisación política y peligrosa superficialidad en sus decisiones? ¿Cuánto más tendrán que vivir intranquilos los ciudadanos de un planeta por culpa de un hombre que pasea su ego por su país y por el mundo, acompañado de un ayudante con un maletín con las claves de un poder nuclear que podría destruirnos a todos?

Las noticias no son buenas.  Si Trump fuera a elecciones hoy, a pesar de tener marcas recordistas de impopularidad, volvería a salir electo:  sus bases electorales – sectores blancos conservadores, cristianos fundamentalistas, pero sobre todo trabajadores iletrados y pobres que esperan que sus promesas se hagan algún día realidad – se mantienen incólumes.  Los republicanos votarían por él, en un gesto tribal. 

Hasta hoy.  

Trump vive todavía de su crítica a Obama y al partido Demócrata.  Como se sabe, este recurso de legitimación dura cierto tiempo.  Pero Trump lo criticó todo y prometió solucionarlo todo.  Dentro de cierto tiempo, cuando avance más su mandato, tendrá que ir asumiendo no solo las glorias de lo cumplido, sino también los efectos de lo que todo el mundo sabe que no podrá cumplir.

El pronóstico para el 2020 es reservado.  Lo que ocurrió, para sorpresa hasta de sus promotores, en el 2016, puede repetirse en las próximas elecciones.  La pesadilla, no lo dudemos, puede continuar.

jueves, 21 de diciembre de 2017

La esperanza hondureña se decide en las calles



Enrique Román

En Honduras se está cometiendo uncrimen. Miremos solamente las cifras:  en el momento en que se escriben estas líneas, 34 hondureños, participantes en las protestas que hoy estremecen las calles hondureñas, han muerto como consecuencia de la feroz represión. Más de mil han sido arrestados y conducidos a prisión. 

Ciertamente la OEA, ante las notorias denuncias de fraude, aconsejó la repetición de todo el proceso electoral.

Viniendo de la OEA, con todo su negro historial, era bastante.  Pero nada más.  Ni una reiteración de su valoración negativa del proceso electoral espurio, ni una conferencia de prensa.Ni una exigencia a las autoridades electorales.

Y ¿si lo que ocurre en Honduras ocurriera en Venezuela?

El contraste es evidente.  Contra el gobierno bolivariano, electo, reelecto, vuelto a reelegir en una veintena de elecciones nacionales, regionales, municipales, se ha alzado con extraordinaria virulencia la voz no solo de la OEA, sino de su camaleónico secretario general el uruguayo Luis Almagro, antiguo ministro de un gobierno izquierdista, hoy reproductor de los puntos de vista y de los intereses yanquis.

Y si hubiera habido una cantidad de muertos tales como los que hoy reciben sepultura en Honduras, en el caso venezolano se habría ya invocado la carta de la OEA para propiciar, como otras veces, la intervención militar regional, léase estadounidense.

Nada de eso ocurre en el caso de la grave crisis hondureña.

Repúblicas bananeras

El término república bananera, con el que se alude hoy internacionalmente a un país donde la democracia sea o inexistente o un puro adorno para consumo mediático, se acuñó en el siglo XX refiriéndose a las repúblicas centroamericanas. 

Eran tan ricas en producción de banano como carentes de un verdadero juego democrático.  Las elecciones, cuando las había – abundaban las dictaduras militares -,  eran un puro trámite, donde el fraude en todas sus formas, incluido el asesinato político, sustituían la voluntad de los votantes.
Aunque hoy suele ser un apelativo discriminatorio y racista, reconozcamos que el caso hondureño es un gran paso atrás hacia aquella condenable realidad. 

Pero no solo se trata de Honduras.

Después de un período esperanzador, en que gobiernos de proyección popular habían llegado al poder en no pocos países latinoamericanos, en sustitución de la primera oleada neoliberal, - y como consecuencia de la opresión económica y política sobre las grandes masas que de ella se derivó,  la reacción del neoliberalismo intenta por todos los medios la total restauración del poder perdido.

En Brasil se orquestó, como todos sabemos, un auténtico golpe de estado, que remedaba el realizado años antes en Paraguay, contra la presidenta DilmaRoussef:  en realidad era un recurso contra el camino iniciado por el gobierno del Partido de los Trabajadores y contra su popular líder, Luis Inazio Lula Da Silva.

En Argentina, los embates contra las políticas anti neoliberales de Néstor Kirshner y su esposa y continuadora, Cristina Fernández, tomaron otras formas, pero el resultado es el mismo: el establecimiento progresivo de medidas antipopulares de dimensiones colosales.

En Ecuador, el fraccionamiento lamentable – o la traición – dentro del gobernante Alianza País pone en severo riesgo las conquistas alcanzadas durante la presidencia de Rafael Correa, en un dilema cuyas perspectivas no son alentadoras.

Honduras ya había conocido la receta, al efectuarse el golpe de estado militar contra su presidente electo  Manuel   Zelaya, cuya ejecutoria no había rebasado siquiera los límites de las elementales reformas sociales.

Sin embargo, el éxito restaurador no tuvo éxito en Venezuela ni en Bolivia ni en Nicaragua.  Todos siguen bajo el fuego intenso de los poderes oligárquicos, acompañados y estimulados por Estados Unidos, mucho más después de la llegada al poder del presidente Donald Trump.

El caso hondureño

Aquí no estamos en el caso, como en los citados, de un país de grandes economías y de una clase política sofisticada.  Las necesidades de Honduras son bastante más elementales.

Honduras es un país pequeño, con un turismo que sobrevive a pesar de tener como destino uno de los países más peligrosos del mundo.

En todas las estadísticas, Honduras ocupa el primer lugar por su impresionante criminalidad.
Según la Oficina de las Naciones Unidas para las Drogas y el Crimen, con solo 8 millones y medio de habitantes, el país presenta la mayor incidencia de homicidios en todo el planeta: 90.4 asesinatos por cada 100 mil habitantes, es decir, casi mil  asesinatos por año.  

Pero esa no es la única desgracia de la población hondureña.

En estos días de crisis y de lucha popular se han actualizado cifras elocuentes:

Alrededor del 66 por ciento de los hondureños vive en condiciones de pobreza, en particular en las zonas rurales.

La desigualdad clasifica entre las más agudas de un continente que es, en sí mismo, el escenario de las mayores distancias entre ricos y pobres: el 5 por ciento de los hondureños concentra las mayores riquezas.

El desempleo alcanza el 9,4 por ciento, uno de los más críticos del continente, sin contar la precariedad de una buena parte de los empleos.

La inversión pública, una de las esperanzas de desarrollo económico, es mínima:  del 1 al 2 por ciento del PIB, cuando la media internacional oscila entre el 5 y el 6 por ciento.

De consumarse el robo de la presidencia hondureña, poco o nada de esta triste situación cambiará.
Esa es, y no otra, la causa de las protestas que, a riesgo de sus vidas, protagonizan los hondureños en las calles de las ciudades de ese país.  Mantener el estatusrestaurado por el golpe militar, en beneficio de la oligarquía nacional, es la razón del fraude y el rigor de la represión militar.

El político y analista uruguayo Juan Raúl Ferreira vaticinaba recientemente que el 2018, repleto de consultas electorales en muchos países decisivos, puede traer noticias diferentes:  puede ser la oportunidad para que las grandes masas, hastiadas de engaños y pobreza, enfrenten y derroten en países decisivos la ofensiva neoconservadora, neoliberal.

De tal modo, la lucha actual del pueblo hondureño, sea cual fuere su resultado, será una importante, valiosa contribución a esa necesaria reacción popular.


jueves, 7 de diciembre de 2017

México: ¿el giro?



Enrique Román

La puja electoral en Honduras, donde la derecha ha acudido a mecanismos espurios para detener el triunfo del candidato progresista Salvador Nasralla, demuestra que la restauración neoliberal  en América Latina dista mucho de ser un proceso irreversible.

Otra señal:  en las recientes elecciones chilenas, la victoria casi segura del derechista Sebastián Piñera se vio eclipsada por la votación sin precedentes a favor del izquierdista Frente Amplio, consolidado como tercera fuerza nacional.  En la segunda vuelta el 17 de diciembre, el apoyo de esta organización, de integración juvenil, puede inclinar la balanza a favor del opositor – y seguidor de Michelle Bachelet – Alejandro Guillier.

Sin embargo, estos son solamente indicios.  Los momentos culminantes de esta recuperación de las fuerzas progresistas  tendrán lugar el próximo año.

Las elecciones en Brasil y nada menos que en México, pueden inclinar la balanza del poder en el continente y convertirse en un revés estratégico de la restauración neoliberal en marcha.

Sobre Brasil se ha hablado mucho.  La saga de acontecimientos que llevaron a la destitución de la presidenta DilmaRousseff mediante un golpe de estado parlamentario, abrió las puertas del poder a una caterva de elementos impopulares y corruptos.

Para el 2018, a pesar de trabas y zancadillas, Luis Inazio Lula Da Silva sigue siendo el candidato con mejores resultados en las encuestas. La restauración dará un gran paso atrás.

México es otra cosa

Pero México, otro gigante, podría ser la gran sorpresa. De vencer Andrés Manuel López Obradoren el 2018, candidato que agrupa a fuerzas de izquierda en su propio partido, , la historia contada hasta ahora tendría que volver a ser escrita.

México es el tercer país más extenso del continente, después de Brasil y Argentina.  En virtud de su riqueza étnica y por lo tanto cultural, no es solo el país hispanohablante más poblado – 120 millones de habitantes - sino el séptimo  con más diversidad lingüística en el mundo – 287 idiomas, con el español como lengua oficial y predominante.

Por el monto de su PIB, su economía es la número 15 del mundo.

Su frontera de más de 3 mil kilómetros con Estados Unidos ha signado desde siempre y hasta hoy el destino mexicano.  Al presidente Porfirio Díaz se atribuye la frase famosa:  México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

La Revolución mexicana de 1910 fue la primera en América Latina del pasado siglo, y tuvo influencia no solo en ese país, sino en todo el continente. El país norteño fue el refugio de políticos de las tendencias más diversas, desde los primeros marxistas hasta los republicanos españoles que emigraron hacia allí al triunfar el fascismo en España en 1939.

El nacionalismo mexicano fue también ejemplar para el continente, cuando el general Lázaro Cárdenas decidió en 1938 que la principal riqueza natural del país, el petróleo, pasara a ser patrimonio nacional. De esa decisión nació la empresa estatal de petróleos mexicanos –PEMEX—y el país se benefició de su producto, que hoy representa alrededor del 40 por ciento del PIB de México.

Durante 71 años un partido, el Partido Revolucionario Institucional, PRI, imperó monolíticamente en el país, tanto tiempo como el Partido Comunista de la Unión Soviética. El camino neoliberal, comenzado en la década del 80, y rematado con la firma del famoso Tratado de Libre Comercio de América del Norte, se aceleró con la llegada al poder del Partido Acción Nacional, PAN, de franca derecha.  

La indestructible maquinaria política del PRI  se había sacudido ya en los comicios de 1988 por el entonces izquierdista Partido de la Revolución Democrática, el cual alegó haber sido despojado de la victoria. El escándalo fue de grandes proporciones.

Lo mismo ocurriría en el 2012, cuando el PRI regresó a la presidencia, en un desenlace fuertemente puesto en duda por el opositor principal del electo presidente Enrique Peña Nieto: Andrés López Obrador, AMLO, para la propaganda política y para la nomenclatura popular.

Sería la tercera vez que López Obrador aspirara a la presidencia.  A la tercera va la vencida, ha dicho, y cualquier encuesta que se haga lo da hoy como el vencedor en la justa, que se efectuará en julio del año próximo.

Al frente de su Movimiento de Regeneración Nacional, MORENA, y acompañado por fuerzas de izquierda, su triunfo alteraría sustancialmente la tendencia revanchista de la derecha latinoamericana desde un país decisivo, como lo es México.

Un oscuro trasfondo

El telón de fondo de estas elecciones es brumoso.  No se trata solamente de las conocidas contradicciones con las políticas racistas de la actual administración estadounidense, ni del incierto destino del TLCAN.Hoy los mexicanos tienen la imagen más negativa del vecino del norte de los últimos 15 años. Un 65% lo percibe de forma negativa, el doble que hace dos años.

Hay otras realidades más significativas:  el 54 por ciento de  los mexicanos vive en la pobreza --60 millones--, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México.  De otro lado, la brecha entre ricos y pobres en México es de las más amplias en el continente.  Según Forbes, el 20 por ciento de los más ricos posee el 51 por ciento del ingreso corriente total, y solamente 12 de ellos representan el 15 por ciento del PIB.  El 20 por ciento más pobre recibe el 4,9 por ciento del ingreso corriente total. 

Agua para el molino del descontento y para las esperanzas en un candidato que manifiesta su oposición al imperio de la desigualdad y de la corrupción, que crea gigantescas fortunas en medio de estas duras realidades.

Agua para estos molinos es la amenazante inseguridad que reina  en el país por la acción impune de las grandes mafias del narcotráfico, entre cuyos efectos ha estado la degradación de la autoridad presidencial, en un país que se caracterizó, a lo largo de muchos años, exactamente por lo contrario.

La posición de AMLO respecto a las bravatas de Donald Trump coincide también con el criterio de la mayoría de los mexicanos:   “Se debe dejar de lado la propaganda, porque no es serio decir: ‘Voy a construir un muro y lo van a pagar ustedes’. Hacerlo por los aplausos, para explotar un sentimiento nacionalista que hay en todos los pueblos no es serio”,

Y sobre el narcotráfico, ha insistido en la responsabilidad de Estados Unidos, como principal mercado de la droga que transita por el territorio mexicano.

López Obrador conoce bien los trasfondos de la política mexicana.  Inició su carrera en el PRI, luego pasó al PRD, antes de fundar su propio movimiento. Su popularidad ha crecido también por su crítica a la privatización progresiva del petróleo de los últimos años, obra de la presidencia priista de Enrique Peña Nieto, y sobre la cual afirmó que se revisarían los contratos firmados para garantizar que sean favorables a la población y no a las oligarquías dominantes.  

Adversario tradicional del TLCAN, criticó la forma en que se produce su revisión actual, en medio de presiones brutales del presidente Trump. "No es conveniente perseguir un acuerdo bajo presión”, y prometió que renegociaría cualquier acuerdo que dañe los intereses de su país.

Pero su caballo de batalla será la lucha contra la corrupción.  “Nosotros estamos en contra de la riqueza mal habida, estamos en contra de la corrupción política porque ese es el principal problema de México, es el cáncer que vamos a acabar cuando triunfe nuestro movimiento”.

México será cada vez más noticia en la medida en que avance el nuevo año.  Y nadie duda de que, de resultar electo Andrés López Obrador, el impacto se hará sentir en todas las capitales latinoamericanas.  

Y en Washington. 
 
A favor de los movimientos progresistas y en contra de los intereses oligárquicos.