Enrique Román
El famoso director de cine estadounidense Quentin Tarantino vive en Tel Aviv. En una entrevista reciente con el periodista Bill Maher, Tarantino explicó que esa ciudad es un buen lugar para vivir. El ambiente es parecido a Los Ángeles, le dijo a Maher, productor y conductor de un programa semanal de la cadena HBO. Como era de esperarse, Maher le preguntó si su felicidad por vivir en la ciudad israelí, no era afectada por la tensa situación política que, durante setenta años, ha acompañado a todos los que viven en Israel, palestinos e israelíes. No, no me he preocupado por conocer bien ese conflicto, dijo el cineasta, quien, por cierto, no es judío.
Tarantino no sabe, o no dice saber, que vive en las faldas de un volcán. Un volcán a veces dormido, otras veces haciendo una violenta erupción. (La comparación no es rutinaria: todo el que se ha asomado a la boca de un volcán dormido sabe que, desde allí, se pueden ver las lavas ardiendo. Es decir, que solo está dormido). Terminado el mandato de Donald Trump y avanzado un año y medio de la administración de Joe Biden, vale la pena intentar al menos tomar el pulso de esta pequeña y explosiva región.
Trump se ofreció a los israelíes como nunca había hecho un presidente estadounidense, a pesar de que todos sus antecesores fueron en un grado o en otro defensores del estado sionista. Desde antes EEUU había aceptado considerar a Jerusalén, el punto más delicado de cualquier proceso de negociaciones que buscara una solución al enfrentamiento árabe israelí, como capital de Israel. Trump, el menos informado de los presidentes sobre ese conflicto, tomó la ominosa decisión de mover su embajada hacia la ciudad santa de cristianos, judíos y musulmanes. Desde hacía años Israel había incorporado a sus fronteras las alturas del Golán, territorio arrebatado a Siria en las guerras entre ambos países. Trump osó reconocer la soberanía de Israel sobre el Golán. Y solamente al consejo de algún asesor prudente, no acompañó a Benjamín Netanyahu en sus intenciones de incorporar también a Cisjordania al Estado de Israel.
Nadie había concedido tanto conociendo tan poco. El motivo de esa solidaridad era otro. Su yerno, Jared Kushner, era el designado para configurar un llamado Acuerdo del Siglo, rimbombante nombre con que se conoció al luego denominado Acuerdos de Abraham (también rimbombante, porque la leyenda cuenta que Abraham fue padre, al mismo tiempo, de una rama de su descendencia de la que provino el pueblo hebrero y de otra, de la que dio origen al pueblo árabe).
Son los acuerdos que incluyeron el establecimiento de relaciones entre los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, que es un pequeño país con un monarca sunita cercano a Arabia Saudita y una población chiita, Sudán, uno de los mayores países musulmanes y por cierto árabes de África y – y ya nos movemos en un terreno poco serio - Kosovo, territorio cuya existencia como estado no es reconocida siquiera por Estados Unidos. O Marruecos, cuyo acercamiento anterior con Israel era consistente con esta decisión, a la que se sumó el reconocimiento por Trump del derecho de este reinado sobre el territorio de Sahara Occidental.
En cada caso, la decisión de cada país obedeció a coyunturas diferentes, y no hacía más que santificar la realidad preexistente, de que se trataba de países con intereses comerciales con Israel, algunos en desarrollo. En cada caso, incluía también motivos específicos. La preocupación por la influencia de Irán en la región fue especialmente importante en varios de ellos.
¿Y la causa palestina? La verdad es que Kushner, arrogante e ignorante de las esencias del conflicto, intentó un acercamiento al tema absolutamente insólito. Asumió que apoyando al sionismo y ofreciendo créditos para proyectos sin definir al pueblo palestino, podría desenrollar este septuagenario nudo gordiano. Por supuesto, la Autoridad Palestina y la propia Liga Árabe condenaron el intento. El Acuerdo del Siglo, los Acuerdos de Abraham, al menos en la interpretación que le quiso dar Estados Unidos, se colocaron en la larga cola de los fracasos por solucionar el problema.
PASEMOS A LA ACTUALIDAD
¿Dónde estamos hoy?
Recuerdo cuando Joe Biden fue a Israel, siendo vicepresidente de Barack Obama. Biden iba con la petición concreta de que el gobierno de Netanyahu impusiera un alto a la expansión de la colonización israelí del territorio palestino. El primer ministro sionista no solo no le hizo caso, y durante su estancia se siguieron ocupando áreas para establecer colonos, sino que prácticamente no lo atendió. Ese mismo Biden a quien le tiraron la puerta en la cara, es quien debe enfrentar ahora la actualización de la política de Estados Unidos hacia Israel y hacia la región.
El complicado restablecimiento del acuerdo nuclear con Irán, en el que Estados Unidos fue protagónico, y del que se retiró Donald Trump, es la primera demostración de que se pretende reiniciar un proceso, ahora más complejo por la desconfianza que lógicamente deben sentir los iraníes hacia cualquier cosa que firmen con Estados Unidos. Pero para los sectores belicistas israelíes, para los cuales Irán es una peligrosa némesis, es una muy mala noticia.
La salida del poder de Benjamín Netanyahu, el más duradero de los primeros ministros israelíes, político tan habilidoso como partidario de las visiones más extremas de las relaciones con el pueblo palestino, abre una estrecha ventana hacia un abordaje más sensato del asunto. El poder político está hoy en manos de una coalición cuyas figuras visibles repiten el dogma sionista, agresivo y racista, aunque han llegado al poder gracias al apoyo de sectores de los llamados árabes israelíes, pequeño segmento de la población de origen en el fondo palestino, pero que obtuvieron ciudadanía israelí en 1948.
Al norte, encuentran un poder sirio que, aunque enfrentan la reconstrucción de un país muy golpeado por casi una década de guerra sangrienta, ganó la guerra, y son conocidas sus posiciones tradicionales y activas de respaldo a la causa palestina y a sus organizaciones. También en el Líbano la autoridad y el poder de Hezbollah, tenaz resistente frente al sionismo, se imponen a pesar del momento de turbulencia que vive el pequeño país de los cedros.
Y, por si fuera poco, la presencia de dos nuevos actores, o antiguos actores que regresan a este escenario: Rusia, de la que no es necesario hablar, y Turquía, hoy más mesoriental que europea.
Ciertamente la división entre palestinos, es decir, Hamas en Gaza y la Autoridad Palestina en Cisjordania, no es una buena noticia. Pero los acercamientos coyunturales entre ellos pueden dar como resultado útil oponer a los designios sionistas diferentes alternativas para cada momento.
Y, por supuesto, el cansancio que sienten varias generaciones palestinas de vivir en la opresión en que viven, no ha dado lugar al abandono de sus banderas tradicionales, sino todo lo contrario: vimos hace unos días como los intentos de expansión colonial en Jerusalén Este dieron lugar a una pequeña intifada, que nos hizo recordar hasta dónde puede llegar la ira justa de este pueblo.
Oriente Medio sigue siendo una zona vital para el mundo en que vivimos. Pero para Estados Unidos lo es menos, desde que, de gran importador de combustible de la región, se convirtió en gran productor y hasta en exportador.
Todos estos elementos, y otros que no caben en un comentario, están hoy interactuando en el Oriente Medio.
¿HAY SOLUCIONES?
Para concluir este intento de actualización de la situación en la región, vale la pena repasar las soluciones que, en los organismos internacionales, entre la gente más sensata y entre los sectores más irreductiblemente pro sionistas se manejan en la actualidad.
Antes, unos datos para entender mejor las alternativas.
Estamos hablando de un territorio de 22 mil 145 metros cuadrados, es decir, aproximadamente la superficie de Camagüey y Las Tunas juntos.
Allí viven 8.680.000 ciudadanos israelíes, 6 millones de los cuales son judíos, y, además, unos cinco millones de palestinos.
Es un territorio difícil, cuyas principales ciudades son, o costeras, o cercanas al río Jordán, que lo atraviesa de arriba abajo, y que es esencial para la irrigación de las poblaciones de la llamada Cisjordania.
Abundan los pronunciamientos y resoluciones internacionales de apoyo a la constitución de dos estados, con fronteras definidas, y que puedan vivir en condiciones de igualdad y de respeto en este territorio. Palestinos e israelíes llegaron incluso en 1993 a definir un polémico y fracasado acuerdo que en varias fases haría realidad esta idea.
Hasta el día de hoy, como todos sabemos, Israel ha despreciado cualquier intento de hacer realidad tal compromiso, y cada una de sus acciones ha ido en dirección contraria. Tampoco parece el camino del actual gobierno. Un mes antes de ser nombrado primer ministro de Israel, Naftali Bennett insistía en una entrevista en CNN: "No cederé ni un centímetro de la tierra de Israel".
Pero ni es posible mantener perpetuamente la situación actual, compleja hasta por razones demográficas, ni poner en práctica las restantes alternativas, si no hay una variación sustancial en la actitud y en las posiciones israelíes.
El politólogo español Josep Piqué resumía de este modo los posibles escenarios al explicar lo que llama “el trilema”, en vez de el dilema, de Israel:
“Se trata de decidir si Israel quiere ser un Estado democrático, judío y controlar de facto los territorios ocupados. Si quiere ser judío y controlar el territorio, no puede ser democrático, al condenar a los palestinos a ser ciudadanos “de segunda” en su propia tierra (es decir, agregamos nosotros, un remedo del apartheid sudafricano y rhodesiano). Si quiere ser judío y democrático, dice Piqué, no cabe seguir con la ocupación. Y si quiere ser democrático y controlar los territorios, no puede ser judío y debe abrirse a un Estado plurinacional en el que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos.
“Esto nos lleva – agrega Piqué - al debate sobre la solución de los dos Estados, defendida por la comunidad internacional, y si hoy puede ser viable. No lo parece. Hablaríamos de un Estado palestino fragmentado entre una “isla” (Gaza) y un “archipiélago” (Cisjordania), sin capacidad de autonomía real ni en lo económico, ni en su seguridad y defensa.
“Por ello”, concluye, “avanzan cada vez más las posiciones que defienden la posibilidad de un solo Estado binacional y democrático, que garantice los derechos y las oportunidades para todos los ciudadanos, sean judíos, árabes o palestinos, con el apoyo de la comunidad internacional y, en particular, de Naciones Unidas”.
Como suele decirse, es una situación explosiva, volcánica, de difícil salida, que tiene todos los ingredientes para una erupción periódica y sistemática. El excelente director de cine que es Quentin Tarantino no debe sentirse tan tranquilo como dice en su residencia en Tel Aviv. En cualquier momento puede vivir en carne propia uno de los sangrientos y aparatosos incidentes que nos sorprenden en muchas de sus películas.
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