viernes, 20 de agosto de 2021

El cambio climático y la peligrosa negación

 

Enrique Román

Hasta el instante en que hacemos este comentario, las víctimas de la COVID en el mundo van buscando los récords que establecieron las dos conflagraciones mundiales del siglo XX.  La aparición de las vacunas es, junto con las precauciones que conocemos, la única esperanza de que, al menos, el fatídico virus ocupe su lugar junto a otros que hoy existen, pero que se encuentran en general bajo control.

La pandemia actual ha marcado las vidas de las generaciones que hoy coexisten.  Es una catástrofe universal.  Y todos ansiamos que llegue el momento de su control. Sin embargo, llama la atención cómo la alarma generalizada por los estragos de la COVID nos ha hecho perder de vista que, desde hace décadas, la humanidad se ve arrastrada a lo que puede ser incluso su extinción. Ante las realidades que nos sobrevienen, la pandemia actual sería solo un triste accidente.

El cambio climático es nuestro enemigo más serio, y su enfrentamiento requiere un esfuerzo que, lamentablemente, pierde en efectividad y rapidez, en la comparación con el que se ha realizado contra la COVID.

En estos días ha salido a la luz pública el informe de una institución especialmente creada por las Naciones Unidas para estudiar cómo andamos y qué debemos hacer ante este colosal reto. No es una institución cualquiera.  Se trata de, lo digo por su nombre, el Grupo Intergubernamental de expertos sobre el cambio climático, el cual llegó a su informe reciente luego de analizar más de 14 mil artículos científicos. Nunca se había hecho un esfuerzo semejante.

Las conclusiones, en realidad grandes llamados de alerta, o más bien de alarma, nos vuelven a recordar, pero esta vez con más urgencias, hechos casi inminentes. O lo peor, hechos ya ocurridos cuyas consecuencias vemos continuamente: huracanes inusitados, incendios forestales generalizados, cambios de temperatura, calor o frío, nunca vistas salvo en películas a las que, por desconocimiento de lo que nos esperaba, llamamos en su momento catastrofistas.

Este grupo ya había alertado sobre las consecuencias que podría tener por ejemplo un sobrecalentamiento mundial de 1,5 grados Celsius. Representantes de todo el mundo se pronunciaron en París en el 2015 por reducir las emisiones de carbono a la mitad en el 2030 y liquidarlas en el 2050. Contra lo que se proyectó en París, este nuevo informe nos alerta que llegaremos a ese incremento de temperatura en el 2040.

Recuerdo hace unos años que el presidente de una isla de la Polinesia se caracterizaba por ser el jefe de Estado más visto en todas las conferencias sobre el cambio climático.  La razón era simple y aterradora:  en todos los escenarios previstos, su pequeño país desaparecería bajo el mar.

Este informe, cuyas ediciones anteriores no habían mostrado grandes preocupaciones sobre este tema, nos anuncia que los mares podrían subir hasta 2 metros para fines de siglo y hasta 5 en el 2050.  Por fortuna para los habitantes del estado que este señor preside, es un escenario evitable.  Pero si se logra que las temperaturas se eleven solo 1,5 grados, las aguas seguirán creciendo, y los eventos desastrosos relacionados con el mar serán más frecuentes.

El informe agrava las preocupaciones sobre el crecimiento de las emisiones de CO2 y del metano, responsable también del calentamiento que ya existe, y que puede provenir tanto de agentes tradicionales como el petróleo y el gas, como de la propia agricultura y la ganadería, estas en menor escala.

¿Todo es negativo en el informe? Por supuesto que no. Sus autores consideran que el mayor logro desde que comenzaron estos estudios, en 1990, radica en que hoy existe una mejor comprensión de la interacción entre el océano, el hielo, la nieve, los ecosistemas, la tierra, alcanzadas con las simulaciones realizadas por computadoras superiores.  Pero, sobre todo, los autores del informe creen que, en primer lugar, se ha logrado una convicción generalizada en el mundo y en sus centros de decisión, en primer lugar, de que el clima ha venido cambiando, y de que es justamente la acción del hombre la que ha producido estos cambios.


 Peor que el coronavirus, dice la ONU

2. 

Sin embargo, el optimismo de estos señores en sus conclusiones, tan escaso a lo largo del informe, podría ser infundado.

Estados Unidos, junto con China, ocupa un destacadísimo lugar en la generación de efectos nocivos para el clima.  China tiene una proyección concreta y positiva para enfrentar esta indeseada posición.  Pero Estados Unidos no solo es importante, sino que sin su participación no habría posibilidad de éxito alguno en las distintas metas que se han propuesto la mayoría de los países del mundo.

Así lo entendió Barack Obama, un poco tarde, ciertamente,  ya que los avisos de los expertos datan de los años 70, y el primer informe del Grupo de Naciones Unidas fue publicado en 1990.  Solo en el último año de su mandato, Obama integró a su país, a su decisivo país, a los esfuerzos que se concretaron en la histórica reunión de París. (Fue esa integración, por cierto, la que hizo histórico el cónclave, pues había sido precedido de otros fallidos). En París, 190 países se comprometieron a reducir las emisiones de gases de invernadero, mal de males, para el 2025, entre un 26 y un 28 por ciento.

Pero unos meses después, llegaba el verdaderamente catastrófico Donald Trump. De un plumazo, se apartó del compromiso parisino. “Un ejemplo de un trato que es desventajoso para Estados Unidos», dijo, y señaló que no es lo suficientemente duro para países como China o India.  La ignorancia, de la mano de intereses económicos tan turbios como criminales, se dio a la tarea de desmontar una a una las medidas de protección del ambiente dictadas por el mandato de Obama.

Desde que era candidato anunció sus puntos de vista: dijo “Departamento de Protección Ambiental: Vamos a deshacernos de él en casi todas las formas”. Durante la campaña, opinó que el calentamiento y enfriamiento global es un proceso natural. Describió el calentamiento global como un "engaño del gobierno chino”. Y siendo aún candidato anunció que rescindiría el Plan de Acción Climática de Obama, cancelaría la participación de Estados Unidos en el Acuerdo Climático de París y detendría todos los pagos de Estados Unidos hacia los programas de calentamiento global de las Naciones Unidas.

Y así fue. Su primera designación para dirigir la EPA, importante Agencia para la Protección de la Energía, a un negacionista conocido, el fiscal general de Oklahoma Scott Pruitt. Fue la iglesia en manos de Lutero. Luego de arrasar con muchas medidas de la administración anterior, dejó el cargo por el manejo escandaloso de los fondos públicos.  Fue sustituido por Andrew Wheeler, antiguo lobista a favor del uso del carbón para producir energía – uno de los agentes más contaminantes.

Al finalizar su mandato, Trump había derogado 98 reglas y disposiciones de protección ambiental y otras 14 medidas similares quedaron en estudio (algunas versiones incrementan estas cifras a más de cien).

Ha sido uno de los tantos temas heredados de Trump,  en los que Joe Biden ha debido volver a poner las cosas en su sitio.  No obstante, es previsible que necesite realizar un esfuerzo grande y salvar muchos obstáculos. Ha proclamado el regreso de Estados Unidos al Acuerdo de París, lo que es ya una excelente noticia. Además, ha dado pasos para reducir las emisiones, como cancelar proyectos de gasoductos, eliminar subsidios para la extracción de petróleo, anulando regulaciones débiles sobre centrales eléctricas promulgadas por Trump.

Pero vendrán tiempos difíciles, porque muchas cosas dependen de un Senado que, en el momento actual, se encuentra dividido exactamente a la mitad.  Todo lo que requiera más de un 50 por ciento de los votos, estará en peligro. Estados Unidos, además, depende en un 80 por ciento de los combustibles fósiles. Y hay importantes intereses, como sabemos, asociados a esta dependencia.

Por último, cuatro años son insuficientes para llevar adelante una reconversión que, en el caso estadounidense, requiere un esfuerzo titánico.  Una victoria republicana en el 2024 o incluso, en las elecciones intermedias del próximo año, podrían convertir lo que hoy son elogiables expectativas, en una nueva ilusión.

El mundo debe prepararse para resolver estos problemas no con, sino a pesar de Estados Unidos. Por delante queda la conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático (COP26), a celebrarse en Glasgow en una próxima fecha, ya que fue aplazada por causa de la pandemia.  Allí nuevamente se reafirmarán los acuerdos de París, y Estados Unidos tendrá la ocasión de pronunciarse sobre sus nuevas políticas.

Esperemos que la actual administración haya conseguido eliminar obstáculos y proponerle al mundo, más que ilusiones, hechos positivos.  Que anuncien buenas noticias para toda la humanidad. 

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