Enrique Román
Hasta el instante en que hacemos este comentario, las víctimas de la COVID en el mundo van buscando los récords que establecieron las dos conflagraciones mundiales del siglo XX. La aparición de las vacunas es, junto con las precauciones que conocemos, la única esperanza de que, al menos, el fatídico virus ocupe su lugar junto a otros que hoy existen, pero que se encuentran en general bajo control.
La pandemia actual
ha marcado las vidas de las generaciones que hoy coexisten. Es una catástrofe universal. Y todos ansiamos que llegue el momento de su
control. Sin embargo, llama la atención cómo la alarma generalizada por los
estragos de la COVID nos ha hecho perder de vista que, desde hace décadas, la
humanidad se ve arrastrada a lo que puede ser incluso su extinción. Ante las
realidades que nos sobrevienen, la pandemia actual sería solo un triste
accidente.
El cambio climático
es nuestro enemigo más serio, y su enfrentamiento requiere un esfuerzo que,
lamentablemente, pierde en efectividad y rapidez, en la comparación con el que
se ha realizado contra la COVID.
En estos días ha
salido a la luz pública el informe de una institución especialmente creada por
las Naciones Unidas para estudiar cómo andamos y qué debemos hacer ante este
colosal reto. No es una institución cualquiera.
Se trata de, lo digo por su nombre, el Grupo Intergubernamental de
expertos sobre el cambio climático, el cual llegó a su informe reciente luego
de analizar más de 14 mil artículos científicos. Nunca se había hecho un
esfuerzo semejante.
Las conclusiones,
en realidad grandes llamados de alerta, o más bien de alarma, nos vuelven a recordar,
pero esta vez con más urgencias, hechos casi inminentes. O lo peor, hechos ya
ocurridos cuyas consecuencias vemos continuamente: huracanes inusitados,
incendios forestales generalizados, cambios de temperatura, calor o frío, nunca
vistas salvo en películas a las que, por desconocimiento de lo que nos
esperaba, llamamos en su momento catastrofistas.
Este grupo ya había
alertado sobre las consecuencias que podría tener por ejemplo un
sobrecalentamiento mundial de 1,5 grados Celsius. Representantes de todo el
mundo se pronunciaron en París en el 2015 por reducir las emisiones de carbono
a la mitad en el 2030 y liquidarlas en el 2050. Contra lo que se proyectó en
París, este nuevo informe nos alerta que llegaremos a ese incremento de
temperatura en el 2040.
Recuerdo hace unos
años que el presidente de una isla de la Polinesia se caracterizaba por ser el
jefe de Estado más visto en todas las conferencias sobre el cambio
climático. La razón era simple y
aterradora: en todos los escenarios
previstos, su pequeño país desaparecería bajo el mar.
Este informe, cuyas
ediciones anteriores no habían mostrado grandes preocupaciones sobre este tema,
nos anuncia que los mares podrían subir hasta 2 metros para fines de siglo y
hasta 5 en el 2050. Por fortuna para los
habitantes del estado que este señor preside, es un escenario evitable. Pero si se logra que las temperaturas se
eleven solo 1,5 grados, las aguas seguirán creciendo, y los eventos desastrosos
relacionados con el mar serán más frecuentes.
El informe agrava
las preocupaciones sobre el crecimiento de las emisiones de CO2 y del metano,
responsable también del calentamiento que ya existe, y que puede provenir tanto
de agentes tradicionales como el petróleo y el gas, como de la propia
agricultura y la ganadería, estas en menor escala.
¿Todo es negativo
en el informe? Por supuesto que no. Sus autores consideran que el mayor logro
desde que comenzaron estos estudios, en 1990, radica en que hoy existe una
mejor comprensión de la interacción entre el océano, el hielo, la nieve, los ecosistemas,
la tierra, alcanzadas con las simulaciones realizadas por computadoras
superiores. Pero, sobre todo, los
autores del informe creen que, en primer lugar, se ha logrado una convicción
generalizada en el mundo y en sus centros de decisión, en primer lugar, de que
el clima ha venido cambiando, y de que es justamente la acción del hombre la
que ha producido estos cambios.
2.
Sin embargo, el
optimismo de estos señores en sus conclusiones, tan escaso a lo largo del
informe, podría ser infundado.
Estados Unidos,
junto con China, ocupa un destacadísimo lugar en la generación de efectos
nocivos para el clima. China tiene una
proyección concreta y positiva para enfrentar esta indeseada posición. Pero Estados Unidos no solo es importante,
sino que sin su participación no habría posibilidad de éxito alguno en las
distintas metas que se han propuesto la mayoría de los países del mundo.
Así lo entendió
Barack Obama, un poco tarde, ciertamente,
ya que los avisos de los expertos datan de los años 70, y el primer
informe del Grupo de Naciones Unidas fue publicado en 1990. Solo en el último año de su mandato, Obama
integró a su país, a su decisivo país, a los esfuerzos que se concretaron en la
histórica reunión de París. (Fue esa integración, por cierto, la que hizo
histórico el cónclave, pues había sido precedido de otros fallidos). En París,
190 países se comprometieron a reducir las emisiones de gases de invernadero,
mal de males, para el 2025, entre un 26 y un 28 por ciento.
Pero unos meses
después, llegaba el verdaderamente catastrófico Donald Trump. De un plumazo, se
apartó del compromiso parisino. “Un ejemplo de un trato que es desventajoso
para Estados Unidos», dijo, y señaló que no es lo suficientemente duro para
países como China o India. La
ignorancia, de la mano de intereses económicos tan turbios como criminales, se
dio a la tarea de desmontar una a una las medidas de protección del ambiente
dictadas por el mandato de Obama.
Desde que era
candidato anunció sus puntos de vista: dijo “Departamento de Protección Ambiental: Vamos a deshacernos de él en
casi todas las formas”. Durante la campaña, opinó que el calentamiento y
enfriamiento global es un proceso natural. Describió el calentamiento global
como un "engaño del gobierno chino”. Y siendo aún candidato anunció que
rescindiría el Plan de Acción Climática de Obama, cancelaría la participación
de Estados Unidos en el Acuerdo Climático de París y detendría todos los pagos
de Estados Unidos hacia los programas de calentamiento global de las Naciones
Unidas.
Y así fue. Su
primera designación para dirigir la EPA, importante Agencia para la Protección
de la Energía, a un negacionista conocido, el fiscal general de Oklahoma Scott
Pruitt. Fue la iglesia en manos de Lutero. Luego de arrasar con muchas medidas
de la administración anterior, dejó el cargo por el manejo escandaloso de los
fondos públicos. Fue sustituido por
Andrew Wheeler, antiguo lobista a favor del uso del carbón para producir
energía – uno de los agentes más contaminantes.
Al finalizar su
mandato, Trump había derogado 98 reglas y disposiciones de protección ambiental
y otras 14 medidas similares quedaron en estudio (algunas versiones incrementan
estas cifras a más de cien).
Ha sido uno de los
tantos temas heredados de Trump, en los
que Joe Biden ha debido volver a poner las cosas en su sitio. No obstante, es previsible que necesite realizar
un esfuerzo grande y salvar muchos obstáculos. Ha proclamado el regreso de
Estados Unidos al Acuerdo de París, lo que es ya una excelente noticia. Además,
ha dado pasos para reducir las emisiones, como cancelar proyectos de
gasoductos, eliminar subsidios para la extracción de petróleo, anulando
regulaciones débiles sobre centrales eléctricas promulgadas por Trump.
Pero vendrán
tiempos difíciles, porque muchas cosas dependen de un Senado que, en el momento
actual, se encuentra dividido exactamente a la mitad. Todo lo que requiera más de un 50 por ciento
de los votos, estará en peligro. Estados Unidos, además, depende en un 80 por
ciento de los combustibles fósiles. Y hay importantes intereses, como sabemos,
asociados a esta dependencia.
Por último, cuatro
años son insuficientes para llevar adelante una reconversión que, en el caso
estadounidense, requiere un esfuerzo titánico.
Una victoria republicana en el 2024 o incluso, en las elecciones
intermedias del próximo año, podrían convertir lo que hoy son elogiables
expectativas, en una nueva ilusión.
El mundo debe
prepararse para resolver estos problemas no con, sino a pesar de Estados
Unidos. Por delante queda la conferencia de la ONU sobre el Cambio
Climático (COP26), a celebrarse en Glasgow en una próxima fecha, ya que fue
aplazada por causa de la pandemia. Allí
nuevamente se reafirmarán los acuerdos de París, y Estados Unidos tendrá la
ocasión de pronunciarse sobre sus nuevas políticas.
Esperemos que la actual administración haya conseguido
eliminar obstáculos y proponerle al mundo, más que ilusiones, hechos
positivos. Que anuncien buenas noticias
para toda la humanidad.

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