jueves, 2 de noviembre de 2017

África y las guerras del futuro



Enrique Román
No es frecuente encontrar en las noticias de cada día muchas informaciones sobre África, uno de los continentes mayores del globo y de los más ricos.
De ahí que la emboscada donde murieron cuatro soldados estadounidenses en Níger – y cinco soldados nigerianos de los cuales, como era de esperarse, se habla mucho menos – haya hecho regresar el continente negro a las noticias y de paso, haya sorprendido a quienes no conocen las dimensiones de la presencia militar actual de Estados Unidos en África.
La sorpresa puede ser mayor si conocemos otro dato también poco informado: según Nick Turse, uno de los editores principales del sitio Tomdispatch, quien ha seguido el tema durante varios años, la cifra de militares estadounidenses en África oscilaría hoy entre 5 000 y 8 000 soldados, en dependencia de las misiones de cada momento. Y en alrededor de 50 países africanos.
Turse, quien ha escrito numerosos artículos y libros sobre el tema, añade que la expansión de la presencia militar en África, según el Comando para África de los Estados Unidos – conocido como Africom – se aprecia en la realización de unos 3 500 ejercicios y programas por año, es decir, dice, cerca de diez misiones diarias en el continente, frente a unas 172 cuando Africom inició sus actividades: un 2 000 por ciento de incremento.
Por otra parte, la presencia del personal militar, en bases o estaciones, mayores y menores, es también poco conocida.  La única base reconocida como tal por el mando militar es la de Camp Lemonnier, enDjibouti(por su ubicación geográfica en el Cuerno Africano este pequeño país arrienda su terriorio a bases militares de varios países) donde están estacionados más de dos mil soldados.
Pero sumada a otras, la presencia militar, según un dato no actualizado, alcanza las 46 locaciones desde las cuales las fuerzas estadounidenses operan, en conjunto con tropas locales - o no -, por medios convencionales o guiando drones, desde los más variados puntos del continente.

¿Con qué fines?   

Un antiguo diplomático estadounidense explica la presencia militar en Niger – el ejemplo más reciente – con la conocida candidez con que Estados Unidos ha justificado las más siniestras intervenciones.
David Litt, quien fue segundo jefe de la embajada de Estados Unidos en Niamey y consejero político por el Departamento de Estado ante el Comando de Operaciones Especiales, dice textualmente:
“Su tarea ha sido principalmente mantener la capacidad de las fuerzas de seguridad de las naciones aliadas, a fin de promover la estabilidad y las normas generalmente aceptadas de las sociedades democráticas.  La presencia de operaciones especiales en Níger solo tiene unos pocos años y está vinculada a los esfuerzos de Estados Unidos para derrotar a extremistas violentos operando con impunidad, especialmente en el norte, en Mali, y en el sur, en Nigeria”.
Y en efecto, la lucha contra las agrupaciones terroristas que se multiplican en el continente, mucho más después de cada evidencia de participación norteamericana, es la gran explicación que hoy se da para la presencia de los militares en tantos países del continente.
No es una mala explicación.  Sobre todo cuando Litt añade que la presencia en Níger es resultado de la diplomacia de Estados Unidos y sus “estrategias para construir la estabilidad, la legitimidad y la capacidad en naciones frágiles”, aun cuando no existan “amenazas directas e inmediatas a Estados Unidos en el presente”.
Pero pudiera haber una explicación más completa para esta doble política, militar y diplomática.
El propio Donald Trump nos lo confiesa. 
En una reciente reunión con dirigentes africanos, dijo textualmente:
“África tiene un tremendo potencial para los negocios.  Tengo tantos amigos yendo a sus países, tratando de obtener riquezas.  Los felicito.  Ellos están gastando una gran cantidad de dinero”.
O sea, que dicho en el singular lenguaje de Trump, el expansionismo económico es, como fue siempre para las principales potencias colonialistas occidentales, uno de los grandes objetivos de esta política.

La gran tragedia africana

La gran tragedia africana ha sido su extraordinaria riqueza.
Un continente enormemente rico, pero con sus riquezas ocultas bajo tierra.  Petróleo, diamantes, uranio, han nutrido las arcas de muchos y han provocado el hambre, el caos político, la desesperación, para la inmensa mayoría de los pueblos de este continente.
Las naciones africanas proporcionaron la fuerza de trabajo para el desarrollo de las colonias europeas en América, en el orden de decenas de millones de esclavos, que fueron transportados al entonces nuevo continente y explotados a sangre y fuego.
El proceso de descolonización que se produjo casi masivamente en los años 60 del pasado siglo – con excepción de las colonias portuguesas, que llegarían a la independencia en los 70 – abrió un camino de esperanzas.  Insatisfechas en su mayoría.  El retardo heredado en todos los órdenes era inconmensurable. 
El recuento de guerras internas, de intentos imperialistas, y también de victorias como la derrota del apartheid en Sudáfrica, llenan las páginas de la historia posterior.
Hoy, en un mundo sediento de recursos, África es quizás el más codiciado de los continentes.  Sobre él se vuelcan los países desarrollados o en pleno desarrollo, en busca de las materias primas de que carecen.
El ritmo de la relación económica que aceleradamente va estableciendo China es impresionante. 
En solo unas pocas décadas, China, que abrió caminos en ese continente ayudando a movimientos de liberación, ha pasado a ocupar un lugar central en el comercio africano.
Los datos varían poco según las fuentes consultadas. Pero son útiles para la argumentación eilustran la intensa ruta recorrida por el comercio sino africano:
El promedio de las importaciones africanas desde China, entre 1993 y 2004, eran de 4 205 millones de dólares, y las compras chinas fueron de 4 916 millones.  Las importaciones africanas se concentraban en bienes de consumo, mientras que las chinas eran, como se suponía, materias primas y minerales. 
Ya al finalizar ese período, China era el tercer socio comercial africano, después de Estados Unidos y Francia. 
Pero en el 2010, el intercambio chino con África era superior al estadounidense: 127 000 millones de dólares anuales. Y en el 2014, solo cuatro años después, fue de 222 000 millones.
Entre tanto, las cifras estadounidenses han declinado.
No es necesario aburrir con estadísticas.  Las expuestasayudan a  evidenciar que, también en el continente africano, el reto es creciente para el poder global de Estados Unidos.
Y basta también para comprender que, además de la intención de detener la acción de grupos capaces de realizar acciones terroristas contra Estados Unidos, la presencia de esta red de establecimientos yde relaciones militares con alrededor de cincuenta países en el continente, tiene explicaciones a más largo plazo.
En África, ¿se estará librando ya una guerra del futuro? Por lo pronto, Estados Unidos ha comenzado a tomar posiciones.







sábado, 30 de septiembre de 2017

Puerto Rico: una tragedia americana







Enrique Román

Puerto Rico, si a sus paisajes y ciudades se refiere, no será más, durante un buen tiempo, la “Isla del encanto”, como la identificaba la publicidad turística.

No se trata solamente del avasallador paso de dos potentes huracanes, Irma, tangencialmente, y María, que atravesó todo su territorio.  Ambos desarmaron literalmente la estructura física de la isla, la natural y la creada por el hombre durante muchos años.

Es que, además, lo sucedido antes y después del huracán, han puesto de relieve una vez más que en el “encanto” de la isla faltaba y falta un componente esencial: su independencia.

Año tras año el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas reafirma el carácter colonial del status que une a Puerto Rico con Estados Unidos.  Para muchos, como sucede con las resoluciones de las Naciones Unidas, la noticia pasa inadvertida.  Para otros, se trata de un pronunciamiento de países del Tercer Mundo con el ánimo de molestar a los Estados Unidos.

Ahora, con la catástrofe sufrida, las señales de su condición colonial se han evidenciado con más fuerza que nunca.

De Colón a Washington

Pero vayamos atrás en la historia.  La pequeña isla – la menor de las Antillas Mayores, 9 104 kms cuadrados – fue descubierta por Cristóbal Colón en 1493, y durante los cuatro siglos posteriores sufrió todas las vicisitudes de las colonias españolas.   Ya a  fines del siglo XIX España, que veía cercano el fin de los últimos reductos de su sistema colonial, le concedió un régimen autonómico que no satisfacía ninguno de los imperativos que reclamaban sus luchadores independentistas.  Pero por poco tiempo.  Un año después Estados Unidos libraba la que se ha considerado la primera guerra imperialista de la historia, y ocupaba Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

A partir de ahí se inició el recorrido de un verdadero y trágico laberinto para ocultar la decisión estadounidense de apropiarse la pequeña isla, al cabo del cual lo único que queda claro es que Puerto Rico, simplemente, no es independiente ni soberana. Es la última nación latinoamericana en espera de su independencia.

Así, vieron constituirse a inicios del pasado siglo un gobierno con aires republicanos – los tres poderes incluidos -  encabezado por un gobernador…  estadounidense y nombrado por el presidente de Estados Unidos.  Solamente en 1946 el gobernador fue un nativo de la isla.

Desde 1917 los puertorriqueños recibieron la ciudadanía estadounidense.  Pero con importantes limitaciones:  por ejemplo, el puertorriqueño que no haya obtenido la residencia en Estados Unidos, reservada a quienes vivan por un tiempo determinado en el territorio continental, no tiene derecho a elegir al presidente del país cuya ciudadanía ostenta.

Los textos legales establecen además que la soberanía puertorriqueña reside, no en su pueblo, como exigiría la tradición constitucionalista liberal, sino en el Congreso de Estados Unidos.

Por supuesto que durante décadas se desarrolló un movimiento que acentuó el patriotismo característico de los puertorriqueños.  Por vías diversas, y bajo la inspiración de patriotas como Pedro Albizu Campos, continuador de los grandes independentistas del siglo XIX, los puertorriqueños libraron batallas en el propio territorio estadounidense.  Crearon así una galería de héroes y de mártires, que hoy se incorporan a la mejor tradición  de los habitantes de la isla. 

La definición de qué era Puerto Rico siguió también un camino laberíntico.   Al cabo de un complicado trayecto, si usted busca la respuesta hoy en cualquier enciclopedia, encontrará que “Puerto Rico, oficialmente Estado Libre Asociado de Puerto Rico, es un territorio no incorporado estadounidense con estatus de autogobierno”.

¿Qué quiere decir esta complicada palabrería? Si no lo entiende, no debe preocuparse.  No es más que un  galimatías que oculta que Puerto Rico es, simplemente, una colonia disfrazada de Estados Unidos.

La deuda y Donald Trump   

La isla fue explotada también como destino barato para los capitales estadounidenses.  Esto, sumado a una administración burocrática, desastrosa, condujo a que el gobierno de la isla cayera en franca quiebra, al declararse incapaz de pagar la astronómica deuda de 72  mil millones de dólares (para solo 3 millones 400 mil habitantes y una cifra algo mayor que vive en Estados Unidos). 

Si Puerto Rico fuera un estado de la Unión americana, podría declararse oficialmente en bancarrota y recibiría ayuda federal. 

Pero Puerto Rico vive en un verdadero limbo ontológico.  Al no ser un estado, no puede recibir ayuda del gobierno colonial, como sí la recibió, digamos, la ciudad de Detroit cuando se declaró insolvente.  Y tiene pocas posibilidades de resolver su problema con los escuetos ingresos de sus impuestos baratos.

La única ayuda recibida fue la institución de una Junta federal enviada por Washington, encargada de administrar los ingresos  - esos ingresos – sustituyendo la autoridad del gobierno insular. 

¿Es o no es colonia?

Ahora la tragedia de los huracanes ha acabado de poner en evidencia la verdadera esencia de su condición.  Aunque suspendida provisionalmente, una vieja ley le prohibía recibir barcos cuya construcción y cuyas tripulaciones no fueran estadounidenses. Es decir, que Puerto Rico no podía recibir ayuda, por ejemplo, de las islas cercanas (Jamaica, República Dominicana).

La Junta, además. ya anunció que liberaba mil millones de dólares para la reconstrucción del país, pero bajo su control y utilizando solo el dinero proveniente de los ingresos que lograra, en medio de la catástrofe, el gobierno isleño.

Y encima, Donald Trump.

Trump, hace algún tiempo, no sabía bien qué eran los puertorriqueños.  En un momento de su campaña electoral, cuando arremetía contra los inmigrantes mexicanos, mezcló mexicanos con puertorriqueños y dijo que estos últimos eran los peores.

Ahora, en los mismos momentos en que  los puertorriqueños enfrentaban la mayor desgracia natural de su historia, Trump se concentraba en una polémica poco gloriosa con los futbolistas que protestaban contra sus expresiones no muy ocultas de racismo.

Cuando varias personalidades, entre ellas Hillary Clinton, le recordaron que los puertorriqueños eran ciudadanos estadounidenses, en lo primero que pensó el impredecible presidente fue en la deuda puertorriqueña.  Era una desgracia lo que ocurría, pero en primer lugar para Wall Street.

El martes acudirá a la isla en control de daños, después de la andanada crítica que su administración ha recibido por la lentitud en la respuesta a la crisis de Puerto Rico.  Allí lo recibirá un auditorio escogido.  Trump no habla sino a públicos afines a su discurso. 

Pero de una manera u otra, los ecos de la solidaridad continental, de los famosos artistas y deportistas puertorriqueños, líderes en la música y en el deporte latinoamericanos, todos ellos nacionalistas, sonarán más alto que su previsible arenga,  dicha, como siempre, en su precario inglés massmediático. 

Entre tanto, Puerto Rico, una vergüenza colonial en pleno siglo XXI, seguirá esperando no solo por su recuperación, sino por acceder a la dignidad soberana que le corresponde, como la última de las naciones independientes de América Latina.

 

 

 



domingo, 16 de junio de 2013

Notas sobre la revista Orígenes*



Si dijéramos
con Borges que la memoria son grietas en el obstinado olvido, veríamos que la
grieta abierta por Orígenes en la
cultura cubana y en su historia es mucho más ancha, profunda y definitiva que lo
que se hubiera esperado de esta publicación. Orígenes, en su entorno, social y mediático, confuso y desolado,
fue una piedra rara, tanto que a lo largo de toda su existencia, mucho más
prolongada de lo esperado, los creadores que formaron su núcleo prístino
debieron empeñarse largamente en  la
tarea de explicarse y de argumentar su posición en el campo literario de las
dos últimas décadas prerrevolucionarias.



Y es que su
aparente abstinencia del escenario político, y la remisión de su obra poética
–no solo poética—a una referencia ecuménica,  universal, convirtió a aquella revista
cuatrimestral, que solamente editaba entre 400 y 500 ejemplares, en foco de
atención de radicales y conservadores, de comunistas y burgueses, y contra sus
ataques tuvieron que lidiar sus editores, es decir, sus principales creadores.



Son debates,
que al mismo tiempo permiten ubicar y clarificar a la revista, sin prejuicios,
no solamente en el campo literario de los 40, en sus tensiones y diferencias
con los otros elementos de ese campo, sino abrirnos las puertas para una
correcta percepción del grupo y la revista en la defensa de la cultura cubana.



No era
ilógico que un grupo creador ni su publicación, adoptaran una postura de
abstinencia frente al caos social y político de la época.  Un repaso a  los elementos del desconcierto:  la frustración de los 30, sus protagonistas
convertidos en sostenes de la corrupción y la politiquería, los jóvenes de
entonces, desorientados, aliados ahora a grupos mafiosos que dirimían sus
diferencias y peleaban por sinecuras a tiro limpio en las calles habaneras, el
desconcierto de ver al partido del proletariado bombardeado dentro y fuera por
la propaganda,  como correspondía al
paradigma de la guerra fría,  y envuelto en
un entendimiento moralmente muy vulnerable, con el gobierno de Batista.  Y la acomodada y mediocre cultura burguesa,  de la mano de una cultura oficial oficialmente
abandonada, frente a la dura realidad de analfabetismo y hambre en las grandes
masas de la población de Cuba.



Era, sí, un
taller renacentista.  Pero no vivían en
el Renacimiento. Tuvieron que correr la suerte y los riesgos de aquellos en
quienes no coinciden los tiempos espirituales y los tiempos históricos.



La
abstinencia no fue tal.  Aún la
abstención implica una toma de partido, y Orígenes
lo tomó a favor de la resistencia afincada en la cultura genuinamente nacional
y en la tradición ética del país.  Justamente
así, como un gran acto de resistencia queda la revista para la memoria de
nuestra cultura, lo que permite, en el análisis de la autora y a la distancia
de 70 años, superar el debate coyuntural.



Una a una
pueden explicarse las constantes del grupo a la luz de este razonamiento.  El catolicismo no fue la simple participación
en un credo religioso, sino un factor de gran importancia en la comunión
espiritual de sus integrantes y, sobre todo, una identificación de base con un
recorrido ético que arranca en el Sermón de la Montaña y llega a Varela y a
José Martí.  Años después, por la vía
martiana, este largo nexo daría sustancia a la ética subyacente en el programa
revolucionario del Moncada y sería nervio central de la obra de la Revolución
cubana.



Orígenes, en una larga mirada, fue no sólo un
ejemplo de resistencia. Fue también anunciadora, como dijo María Zambrano, de
un prometedor adviento: “…
la isla dormida
comienza a despertar, como han despertado un día todas las tierras que han sido
después historia”.



 



* Notas para el informe sobre la tesis de
Laurent Guevara Orígenes: ¿rasguño o
arañazo en la piedra?



 



 

viernes, 7 de junio de 2013

Periodistas



Koldo Campos Sagaseta

Rebelión



Durante los años en que trabajé como corrector del
periódico dominicano El Nacional, (todavía lo hago como columnista) todas las
mañanas, cuando Bolívar, el subdirector del periódico, cruzaba la redacción
camino de su oficina, tenía por costumbre dedicarnos algunos de sus más
esmerados y finos insultos a quienes, a las siete de la mañana, bostezábamos el
día todavía soñolientos.
Ni siquiera se molestaba, mientras pasaba raudo frente
a los cubículos, en desviar su mirada hacia el blanco de su ofensa, recibida
por los redactores, en su amodorrada confianza, como si se tratara de un cortés
saludo.
Y era tan
antigua la costumbre y tan impune el insulto, que Bolívar modificaba cada
cierto tiempo su repertorio apelando a ingeniosos juegos de palabras o a la
actualidad noticiosa del país.
Desde "buenos días tarúspidos", término
todavía no aceptado por la Academia Española de la Lengua y que es resultado de
la feliz fusión de dos conceptos tan clásicos como “tarados" y
"estúpidos", hasta "buenos días añépidos", mezcla de añemao
y estúpido cuya autoría se atribuye al inolvidable compañero de labores Leonel
Concha, pasando por "buenos días chulumpunes", en homenaje a un
delincuente muerto, no importaba hasta qué punto Bolívar se exprimiera el
cerebro buscando calificativos, alegadamente ofensivos, nadie en la redacción
se daba nunca por aludido.
Tampoco habían tenido éxito viejos saludos como
"buenos días vándalos” o “megaestúpidos". Ni siquiera el "buenos
días ultrataríspidos" en el que tanta confianza depositara Bolívar logró
arrancar de la redacción, alguna vez, un gesto de rechazo.
Quizás por ello fue Bolívar aguzando su ingenio en
busca de renovar su surtido arsenal de saludos y así, un día, pasó a
celebrarnos la mañana con un cordial "buenos días licenciados". Para
su sorpresa, tampoco esa vez su astuta inventiva provocó respuesta alguna, como
nadie reaccionó, semanas más tarde, a su "buenos días mañeses",
particular homenaje a nuestros hermanos haitianos, o al insidioso saludo:
"buenos días diáconos" coincidiendo, precisamente, con el
sometimiento a la justicia de un diácono acusado de abusos sexuales en el país.
Parecida suerte corrió su "buenos días magistrados". Nadie en la
redacción protestó molesto por el evidente maltrato a que se le sometía.
En su incesante búsqueda de saludos insultantes, a
punto estuvo Bolívar de tener éxito el día en que se le ocurrió una ofensa que
suponía infalible: "buenos días diputados", que, sin embargo, al
margen de algunas toses y murmullos, tampoco generó mayores repudios.
Y así fue hasta el día en que, acaso sin proponérselo,
mientras cruzaba camino de su despacho, dejó caer, como de medio lado, un
insulto que habría de resultar definitivo: "buenos días… periodistas".
De inmediato, toda la redacción, enardecida, se puso
en pie respondiendo a la ofensa. Todavía corría Bolívar tratando de
resguardarse en su oficina de los insultos que llovían sobre él, cuando una
anónima voz surgida del seno de la redacción acertó a ponerlo en su lugar:
-"¡Y tú más!".
Nunca ha vuelto Bolívar a entretenerse en esos
menesteres pero, tal vez, algún día, recuperemos los periodistas el buen nombre
perdido y el digno desempeño del oficio.
Sé que no va a ser fácil. Lo pienso cada vez que abro
uno de esos “grandes medios de comunicación” que hoy diseñan el supuesto
criterio de lo que, además, llaman “opinión pública”.
 



lunes, 20 de mayo de 2013

Y ¿si fuera al revés?


Concluida la auditoría a las elecciones venezolanas, debería acercase un ciclo de estabilidad.  La oposición, aunque no lo diga públicamente, debe comprender que, simplemente, perdió.
Es el momento de reflexionar:   y ¿si las cosas hubieran sido al revés?  ¿Si Henrique Capriles hubiera vencido por un margen similar al que obtuvo  Maduro?  ¿Si las fuerzas chavistas hubieran impugnado el resultado?
¿Habría reaccionado la prensa de derecha igual?  ¿Habría acompañado las denuncias del chavismo?  Y si las masas que apoyaban a Maduro hubieran salido a las calles y Capriles hubiera sacado la fuerza pública para reprimirla  ¿se habrían rasgado las mismas vestiduras los corifeos de la contrarrevolución venezolana? ¿Insulza hubiera perdido el sueño? ¿Estados Unidos hubiera vacilado en reconocer la victoria de la derecha?
Vamos, que ya somos mayores.