Durante los años en que trabajé como corrector del
periódico dominicano El Nacional, (todavía lo hago como columnista) todas las
mañanas, cuando Bolívar, el subdirector del periódico, cruzaba la redacción
camino de su oficina, tenía por costumbre dedicarnos algunos de sus más
esmerados y finos insultos a quienes, a las siete de la mañana, bostezábamos el
día todavía soñolientos. Ni siquiera se molestaba, mientras pasaba raudo frente
a los cubículos, en desviar su mirada hacia el blanco de su ofensa, recibida
por los redactores, en su amodorrada confianza, como si se tratara de un cortés
saludo. Y era tan
antigua la costumbre y tan impune el insulto, que Bolívar modificaba cada
cierto tiempo su repertorio apelando a ingeniosos juegos de palabras o a la
actualidad noticiosa del país. Desde "buenos días tarúspidos", término
todavía no aceptado por la Academia Española de la Lengua y que es resultado de
la feliz fusión de dos conceptos tan clásicos como “tarados" y
"estúpidos", hasta "buenos días añépidos", mezcla de añemao
y estúpido cuya autoría se atribuye al inolvidable compañero de labores Leonel
Concha, pasando por "buenos días chulumpunes", en homenaje a un
delincuente muerto, no importaba hasta qué punto Bolívar se exprimiera el
cerebro buscando calificativos, alegadamente ofensivos, nadie en la redacción
se daba nunca por aludido. Tampoco habían tenido éxito viejos saludos como
"buenos días vándalos” o “megaestúpidos". Ni siquiera el "buenos
días ultrataríspidos" en el que tanta confianza depositara Bolívar logró
arrancar de la redacción, alguna vez, un gesto de rechazo. Quizás por ello fue Bolívar aguzando su ingenio en
busca de renovar su surtido arsenal de saludos y así, un día, pasó a
celebrarnos la mañana con un cordial "buenos días licenciados". Para
su sorpresa, tampoco esa vez su astuta inventiva provocó respuesta alguna, como
nadie reaccionó, semanas más tarde, a su "buenos días mañeses",
particular homenaje a nuestros hermanos haitianos, o al insidioso saludo:
"buenos días diáconos" coincidiendo, precisamente, con el
sometimiento a la justicia de un diácono acusado de abusos sexuales en el país.
Parecida suerte corrió su "buenos días magistrados". Nadie en la
redacción protestó molesto por el evidente maltrato a que se le sometía. En su incesante búsqueda de saludos insultantes, a
punto estuvo Bolívar de tener éxito el día en que se le ocurrió una ofensa que
suponía infalible: "buenos días diputados", que, sin embargo, al
margen de algunas toses y murmullos, tampoco generó mayores repudios. Y así fue hasta el día en que, acaso sin proponérselo,
mientras cruzaba camino de su despacho, dejó caer, como de medio lado, un
insulto que habría de resultar definitivo: "buenos días… periodistas". De inmediato, toda la redacción, enardecida, se puso
en pie respondiendo a la ofensa. Todavía corría Bolívar tratando de
resguardarse en su oficina de los insultos que llovían sobre él, cuando una
anónima voz surgida del seno de la redacción acertó a ponerlo en su lugar:
-"¡Y tú más!". Nunca ha vuelto Bolívar a entretenerse en esos
menesteres pero, tal vez, algún día, recuperemos los periodistas el buen nombre
perdido y el digno desempeño del oficio. Sé que no va a ser fácil. Lo pienso cada vez que abro
uno de esos “grandes medios de comunicación” que hoy diseñan el supuesto
criterio de lo que, además, llaman “opinión pública”.
viernes, 7 de junio de 2013
Periodistas
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario