Enrique Román
“Esto no es
Saigón”, dijo hace pocos días el secretario de estado de EEUU Anthony Blinken
para rechazar la comparación con la retirada de Afganistán. A su juicio, Estados Unidos fue allí con una
misión, buscar a los responsables de los atentados del 11 de septiembre del
2011 y conjurar las amenazas del terrorismo.
Bueno, si fuéramos
a la historia de la guerra de Vietnam, encontraríamos propósitos no iguales,
pero sí equivalentes.
Y la fuga en masa
en helicópteros y grandes aviones sobrecargados no puede ser más parecida. Es la misma historia, una y otra vez
repetida.
Blinken es un
veterano diplomático y, como suele suceder en esa profesión, ha tenido que dar
la cara por lo que, finalmente, es una derrota que su país se ha demorado mucho
tiempo en aceptar. Estados Unidos, había
dicho el canciller iraní Mohamad Javad Zarif, no sabe cómo terminar las guerras
que empieza.
Ni cómo
conducirlas. Hagamos una breve historia.
En primer lugar, el
lugar escogido no pudo ser peor. Como se
ha repetido tantas veces, Afghanistan es la tumba de los imperios: Alejandro Magno, el gran imperio británico,
la Unión Soviética, y ahora Estados Unidos, han hecho lo mismo: ante la inminente derrota, cantar victoria, recoger
rápidamente los bártulos y darse a la escapada.
Afganistán es un
país difícil, abundante en montañas y desiertos, cuya vida ha estado
fuertemente mediada por la compleja composición étnica de su población,
vinculada siempre con los países que la rodean, y que no son pocos. El país es fronterizo con Irán, Rusia y
Pakistán, además de China, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán. Como suele suceder, su población es
resultante de un fenómeno conocido: la
no coincidencia de las fronteras de un país, con el territorio ocupado por las
distintas etnias. Es decir, los afganos pueden ser tajikos, turkmenos, uzbekos
y en especial, pashtunes, que viven tanto en las montañas fronterizas de
Pakistán como en el territorio afgano, donde son mayoritarios. De hecho, hasta
los años 70 el país estuvo regido por un rey pashtún.
Y los talibanes son
pashtunes, lo cual nos lleva a otra dimensión del asunto. Taliban quiere decir
estudiante, y surgieron en las escuelas o madrasas establecidas en
Pakistán. Con ayuda saudita y de los
servicios de inteligencia pakistaníes, crecieron durante la resistencia contra
la intervención militar soviética, en la guerra que se desarrolló entre 1978 y
1992.
Pero los diferentes
grupos no lucharon unidos contra los soviéticos, sino que luego de la retirada
de los invasores se enfrascaron en una guerra civil de la que salieron
vencedores los ya poderosos talibanes. Establecieron el Emirato Islámico de
Afganistán, e impusieron un duro régimen que mezcló viejas usanzas pashtunes
con otras provenientes de una interpretación extrema del Islam y sus leyes.
Hasta aquí sus
aliados de siempre siguieron siendo sus aliados de siempre. Pakistán y Estados
Unidos, por supuesto. Ciertamente, la retirada del apoyo de Estados Unidos no
tiene nada que ver con la política regional, sino por la fortaleza de la
crítica, dentro de la nación norteamericana, al tratamiento ominoso y a veces
criminal que el régimen de los talibanes ejercía sobre las mujeres. El presidente
Clinton decidió retirarse de las conversaciones que se sostenían con ellos y,
aunque nunca fueron antinorteamericanos ni planearon acciones contra Estados
Unidos, los talibanes dejaron de ser aliados para convertirse en un símbolo de
perversión religiosa y política.
Y he ahí que un
antiguo compañero de armas, uno de los jefes de los llamados “árabes afganos”,
es decir, los árabes que combatieron con ellos contra los soviéticos, el
millonario saudita Ossama Bin Laden, enfrentado ya a Estados Unidos, regresa a
su antiguo teatro de operaciones y pide refugio a los talibanes.
Bin Laden, y disculpen la longitud de este recuento, practicante de una versión extrema del islam, la wahabita, que es la versión oficial de Arabia Saudita, se une a quienes rechazaron la presencia militar de Estados Unidos en Iraq en 1991 y emprende varias acciones terroristas en territorio norteamericano. Perseguido, aparece en varios países. Sus bases en Sudán son bombardeadas por los aviones estadounidenses. Su establecimiento en las montañas afganas crea una complicación adicional para el gobierno talibán, el cual, ahora despreciado por Estados Unidos, le permite establecerse y que desde allí organice sus acciones contra un enemigo común. Desde allí, a mediano plazo, se organizan los ataques contra las torres gemelas. Nada, sin embargo, ha demostrado la participación directa de los talibanes en estos hechos.
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Quienes estudian el
mundo que compone y en este caso bordea el Oriente Medio no han logrado nunca
explicarse cómo Estados Unidos, donde existen especialistas brillantes en la
región, legiones de diplomáticos con experiencia sobre el terreno, tanques
pensantes especializados, pueden obrar sin tener en cuenta especificidades,
patrones y estructuras sociales ajenas a las norteamericanas. Y de tal modo, cometer errores solo
explicables por la ignorancia de manos de la arrogancia. Peligrosa combinación.
Sin embargo, las
guerras recientes en la zona, las de Iraq y la de Afganistán, nos indican que
militares y políticos han actuado a espaldas de una realidad muy compleja, que
no acepta los patrones tradicionales occidentales.
Como vimos,
hablamos de un país multiétnico, rodeado de otros países con los que comparte
población, y donde no se puede lograr acuerdo alguno si no se tiene en cuenta
el criterio de cada uno de los circundantes. Hablamos también de una población
dividida no solo en etnias diferentes, sino en tribus, lo que configura un
conjunto de fidelidades muchas veces contradictorias con las intenciones del
poder central y, sobre todo, de los países intervencionistas.
A lo largo de estos
veinte años hemos visto concretarse, en el plano militar y en el manejo
político de las situaciones, estrategias y medidas que no han tomado en cuenta
estos factores. Unos pocos ejemplos al canto:
Olvidado por la
historia yace el programa para el Gran Oriente Medio de la administración de
George W. Bush, un inverosímil y grueso manual que detallaba cómo debía
estructurarse todo el Oriente Medio hasta los mínimos detalles y en todos los
niveles, según el ejemplo de Estados Unidos.
Fue la base del esfuerzo disparatado en el que se enfrascó la fuerza
ocupante, intentando construir otro Afganistán, espejo de las sociedades
occidentales, y ajeno a sus realidades. En el vaivén de desgaste a que se
vieron siempre sometidas sus fuerzas, este esfuerzo baldío ocupó varios
improductivos años.
O el intento de
construir un ejército y una policía nacionales, que se convirtió en un manto de
Penélope. En un ámbito de corrupción, las fuerzas que se mal organizaban en un
tiempo, se desorganizaban en un abrir y cerrar de ojos, desunidas por la
pertenencia a tribus diferentes o por la fidelidad a señores de la guerra
regionales. A manera de ejemplo,
recordemos las denuncias sobre los pagos que las tropas estadounidenses tenían
que hacer a estos líderes regionales enemigos, para que los convoyes de
suministros cruzaran sus territorios sin contratiempos.
La guerra de
Afganistán fue durante mucho tiempo la guerra olvidada. El interés verdadero fue siempre, desde antes
del 11 de septiembre, Iraq, por el poderoso posicionamiento que adquiriría
Estados Unidos al ocuparlo. Desde
temprano, dispersada Al Qaeda y prófugo su líder, nadie podía responder seriamente
cuál era el objetivo verdadero de la misión que los miles de militares de la
OTAN, además de los norteamericanos, cumplían en el país. Qué hacían allí soldados del Reino Unido y
Canadá o de Luxemburgo, qué hicieron y qué resultados sólidos obtuvieron los 13
generales de los Estados Unidos que comandaron sus tropas.
Ahora Joe Biden
aguanta el chaparrón de los críticos, que lo acusan de haber puesto todo el
país en manos de los talibanes – ojo, de los nuevos talibanes, quienes parecen
estar rectificando algunas de sus más criticadas políticas internas. En realidad,
la iniciativa de retirar las tropas partió de Donald Trump en sus últimos
meses.
La verdadera
explicación la he encontrado en Mark Twain. En su relato Una novela medieval, el gran escritor presenta a un viejo noble que
aspira a que su hija herede el trono real. Pero tiene un solo
inconveniente: el trono obligatoriamente
debe corresponder a un heredero, varón, que no existe. Por lo que la hija se hace pasar por hijo. Luego de muchos
enredos, la joven, convertida en joven
varón, es juzgada por un alto tribunal ante el cual debe demostrar su presunto
sexo masculino, o ser ejecutada.
Twain termina este angustioso dilema con una salida idéntica a la que ha encontrado Biden al gran rollo que ha sido la guerra afgana. Cuando esperamos encontrar una brillante revelación, Mark Twain concluye así su relato:
“La verdad es que he colocado a mi héroe (o heroína) en una situación tan comprometida que no sé cómo arreglármelas para sacarle (o sacarla) de ella, y por eso prefiero desentenderme de todo este asunto y dejar a esa persona que se las componga como pueda… o se quede como está. Creía que iba a resultar bastante sencillo enderezar este pequeño entuerto, pero en este momento no lo tengo tan claro.” :

