domingo, 22 de abril de 2018

Las estrellas se alinean, peligrosamente



Enrique Román

Las estrellas siguen alineándose para favorecer los intereses de la ultra derecha sionista.
No se trata solamente de la designación de dos conocidos aliados de Israel, Mike Pompeo y el vociferante John Bolton, en importantes posiciones del gobierno de Estados Unidos.
Hace pocos días el príncipe saudita Mohamed Bin Salman recibió al conocido periodista estadounidense Jerry Goldberg, editor jefe de TheAtlantic.
En su esfuerzo por transformar la imagen del reino saudita, el joven príncipe se adentró en el proceloso terreno de las relaciones del mundo árabe con Israel.
En la entrevista, Bin Salman declaró que el pueblo judío tenía derecho a tener su propio país, en términos que, dice Goldberg, no lo había hecho antes ningún dirigente árabe.
“Creo que cada pueblo, en cualquier parte, tiene el derecho de vivir en su propia nación pacíficamente.  Creo que los palestinos y los israelíes tienen derecho a tener su propia tierra.  Pero debemos contar con un acuerdo de paz para asegurar la estabilidad de cada uno y para tener relaciones normales”, señaló.
“Nuestro pueblo no tiene problemas con los judíos”.  Y añadió: “Usted puede encontrar muchos judíos en Arabia Saudita provenientes de América y de Europa.  No hay problemas entre cristianos, musulmanes y judíos” y existen “muchos intereses que compartimos”.
Arabia Saudita, como recordamos, ha adelantado antes acuerdos de paz que suponen el reconocimiento de Israel como estado, en la tierra que ocupan, a cambio de la retirada de los territorios ocupados.
Periodistas estadounidenses
Es curioso cómo sus iniciativas de un arreglo del conflicto árabe israelí se han producido de la misma manera.
La primera propuesta fue en Fez, en los años 80.  Luego, en el 2002, durante una visita del periodista del New York Times Thomas Friedman, también prestigioso, también de origen judío, el entonces príncipe Abdullah –aun no era rey – utilizó aquella oportunidad para adelantar una propuesta de paz que suponía la retirada israelí de los territorios ocupados a cambio del reconocimiento a los derechos palestinos y la  paz con el mundo árabe.
La cumbre de la Liga Árabe, reunida poco después en Beirut, adoptó la iniciativa, con al menos una sensible añadidura, no contemplada por Abdullah:  el reconocimiento del derecho al retorno de los refugiados palestinos. 
Eran tiempos de intifada. El enemigo principal estaba claro.  Abdullah no era Bin Salman. La reunión superó el escollo de que la propuesta saudita propusiera la paz a cambio de que Israel, como estado, cumpliera lo que era en realidad una obligación, exigencia de las organizaciones internacionales y de las propias Naciones Unidas. (De hecho, los acuerdos de Camp David suponían el reconocimiento de Israel y la propia OLP lo había hecho en los años 90).
El realismo, combinado con otras razones menos visibles, se impuso, y la Cumbre apoyó la iniciativa saudita con las correcciones necesarias para lograr el apoyo colectivo.
El mundo hoy es otro.  El Medio Oriente es diferente.
Aunque la interpretación de las expresiones del príncipe Bin Salman – gobernante actuante en los hechos – se ha dirigido sobre todo a sus efectos económicos, hay otra coincidencia que nos obliga a interpretarla en otra clave.
Israel ha dejado de ser para los sauditas, según todo indica, el enemigo principal, y sus ojos se vuelven, junto con los del gobierno de Netanyahu, hacia Irán.
Estrellas y nebulosas
Las otras estrellas son conocidas.
Mike Pompeo, el congresista republicano por Kansas y jefe de la CIA hasta su reciente nombramiento como secretario de Estado, se ha opuesto sistemáticamente al acuerdo sobre el programa nuclear iraní que se firmó durante la administración de Barack Obama, y que disolvió las amenazas de guerra estimuladas, por cierto, por el gobierno de Netanyahu.
Pompeo en el 2014 afirmaba que con dos mil salidas de bombardeo era posible destruir las capacidades nucleares iraníeas.  No es, añadió, una tarea insuperable para una coalición de fuerzas.
Su nombramiento al frente de la diplomacia yanqui fue muy bien recibido en el estado sionista.  Pero, como era de esperarse, la mayor bienvenida fue para John Bolton.
Bolton no es solamente un partidario de los mayores compromisos entre Estados Unidos e Israel, sino que, de forma bien conocida, ha llegado a abandonar la fidelidad a su país para prestar importantes servicios al gobierno israelí.
La fuente es indiscutible. 
En días recientes, Dan Gillerman, quien coincidió con Bolton como embajador de Israel ante las Naciones Unidas, recordó un hecho singular.
Era agosto del 2006 y el Consejo de Seguridad consideraba la propuesta de Resolución 1701, que tenía el propósito de concluir la guerra entre Israel y las fuerzas de Hezbollah en el sur del Líbano.
“El gobierno francés representaba en el Consejo al Líbano”, dice Gillerman, “y los Estados Unidos nos representaban a nosotros, y la resolución francesa era totalmente inaceptable para Israel”.
Alarmado Bolton por las posiciones que su jefa directa, la secretaria de Estado Condoleezza Rice, adoptaría en respaldo al texto de la Resolución, se comunicó con Gillerman.
Una noche, dice este, Bolton lo llamó a las ocho de la noche, es decir, las tres de la mañana en Israel, y lo alertó: “Tiene que llamar a su primer ministro y decirle que Condoleezza los ha vendido a los franceses”.
“Desperté al primer ministro – EhudOlmert – a las tres de la mañana y de esa forma se iniciaron las gestiones que cambiaron totalmente la resolución final.”
Olmert corroboró en una entrevista estas afirmaciones y en su propia autobiografía.  Condoleezza vino a saberlo mucho tiempo después.

Si no fuera suficiente el hecho para demostrar lo que en cualquier diplomacia se calificaría de traición, otro igualmente escandaloso confirma esta impresión.

ShaulMofaz, antiguo ministro de Defensa de Israel, explicó en un panel de antiguos jefes militares israelíes, que Bolton lo había presionado para atacar a Irán: “Conocí a John Bolton desde que era embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, cuando trató de convencerme de que Israel debería golpear a Irán”.

Para Mofaz era una mala idea, aunque sabía que el propio Olmert la había propuesto a George W. Bush, como una acción norteamericana o como una operación conjunta.  Bush, y Bolton lo conocía, no la aceptó.

Una vez más Bolton se apartaba de la posición oficial de su país con una gestión que reflejaba sus intereses y el de los neoconservadores que pensaban como él, y su compromiso personal con Israel.

Estas son las estrellas, de dudoso brillo, que han comenzado a alinearse, con un gran peligro para la paz regional y con impredecibles consecuencias para la economía del mundo, dependiente en alto grado delpetróleo de la zona. 

Próximamente, Donald Trump, asesorado por su flamante equipo internacional, tendrá que reconsiderar – es un mecanismo habitual – el acuerdo firmado con Irán. 

Hoy es imposible predecir su decisión, por obvia que parezca.  En momentos en que negocia con la República Democrática Popular de Corea la suspensión de su programa nuclear, una marcha atrás en el caso iraní echaría por tierra cualquier probabilidad de que los dirigentes norcoreanos confíen en la buena voluntad de la parte estadounidense y abandonen, como querría Donald Trump, su desarrollo atómico.


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