Enrique
Román
Las estrellas siguen alineándose para
favorecer los intereses de la ultra derecha sionista.
No se trata solamente de la designación de
dos conocidos aliados de Israel, Mike Pompeo y el vociferante John Bolton, en
importantes posiciones del gobierno de Estados Unidos.
Hace pocos días el príncipe saudita Mohamed
Bin Salman recibió al conocido periodista estadounidense Jerry Goldberg, editor
jefe de TheAtlantic.
En su esfuerzo por transformar la imagen
del reino saudita, el joven príncipe se adentró en el proceloso terreno de las
relaciones del mundo árabe con Israel.
En la entrevista, Bin Salman declaró que el
pueblo judío tenía derecho a tener su propio país, en términos que, dice
Goldberg, no lo había hecho antes ningún dirigente árabe.
“Creo que cada pueblo, en cualquier parte,
tiene el derecho de vivir en su propia nación pacíficamente. Creo que los palestinos y los israelíes
tienen derecho a tener su propia tierra.
Pero debemos contar con un acuerdo de paz para asegurar la estabilidad
de cada uno y para tener relaciones normales”, señaló.
“Nuestro pueblo no tiene problemas con los
judíos”. Y añadió: “Usted puede
encontrar muchos judíos en Arabia Saudita provenientes de América y de
Europa. No hay problemas entre
cristianos, musulmanes y judíos” y existen “muchos intereses que compartimos”.
Arabia Saudita, como recordamos, ha
adelantado antes acuerdos de paz que suponen el reconocimiento de Israel como
estado, en la tierra que ocupan, a cambio de la retirada de los territorios
ocupados.
Periodistas
estadounidenses
Es curioso cómo sus iniciativas de un
arreglo del conflicto árabe israelí se han producido de la misma manera.
La primera propuesta fue en Fez, en los
años 80. Luego, en el 2002, durante una
visita del periodista del New York Times
Thomas Friedman, también prestigioso, también de origen judío, el entonces
príncipe Abdullah –aun no era rey – utilizó aquella oportunidad para adelantar
una propuesta de paz que suponía la retirada israelí de los territorios
ocupados a cambio del reconocimiento a los derechos palestinos y la paz con el mundo árabe.
La cumbre de la Liga Árabe, reunida poco
después en Beirut, adoptó la iniciativa, con al menos una sensible añadidura,
no contemplada por Abdullah: el
reconocimiento del derecho al retorno de los refugiados palestinos.
Eran tiempos de intifada. El enemigo
principal estaba claro. Abdullah no era
Bin Salman. La reunión superó el escollo de que la propuesta saudita propusiera
la paz a cambio de que Israel, como estado, cumpliera lo que era en realidad una
obligación, exigencia de las organizaciones internacionales y de las propias
Naciones Unidas. (De hecho, los acuerdos de Camp David suponían el
reconocimiento de Israel y la propia OLP lo había hecho en los años 90).
El realismo, combinado con otras razones
menos visibles, se impuso, y la Cumbre apoyó la iniciativa saudita con las
correcciones necesarias para lograr el apoyo colectivo.
El mundo hoy es otro. El Medio Oriente es diferente.
Aunque la interpretación de las expresiones
del príncipe Bin Salman – gobernante actuante en los hechos – se ha dirigido
sobre todo a sus efectos económicos, hay otra coincidencia que nos obliga a
interpretarla en otra clave.
Israel ha dejado de ser para los sauditas, según
todo indica, el enemigo principal, y sus ojos se vuelven, junto con los del
gobierno de Netanyahu, hacia Irán.
Estrellas
y nebulosas
Las otras estrellas son conocidas.
Mike Pompeo, el congresista republicano por
Kansas y jefe de la CIA hasta su reciente nombramiento como secretario de
Estado, se ha opuesto sistemáticamente al acuerdo sobre el programa nuclear
iraní que se firmó durante la administración de Barack Obama, y que disolvió
las amenazas de guerra estimuladas, por cierto, por el gobierno de Netanyahu.
Pompeo en el 2014 afirmaba que con dos mil
salidas de bombardeo era posible destruir las capacidades nucleares
iraníeas. No es, añadió, una tarea
insuperable para una coalición de fuerzas.
Su nombramiento al frente de la diplomacia
yanqui fue muy bien recibido en el estado sionista. Pero, como era de esperarse, la mayor
bienvenida fue para John Bolton.
Bolton no es solamente un partidario de los
mayores compromisos entre Estados Unidos e Israel, sino que, de forma bien
conocida, ha llegado a abandonar la fidelidad a su país para prestar
importantes servicios al gobierno israelí.
La fuente es indiscutible.
En días recientes, Dan Gillerman, quien coincidió con Bolton como
embajador de Israel ante las Naciones Unidas, recordó un hecho singular.
Era agosto del 2006 y el
Consejo de Seguridad consideraba la propuesta de Resolución 1701, que tenía el
propósito de concluir la guerra entre Israel y las fuerzas de Hezbollah en el
sur del Líbano.
“El gobierno francés
representaba en el Consejo al Líbano”, dice Gillerman, “y los Estados Unidos
nos representaban a nosotros, y la resolución francesa era totalmente
inaceptable para Israel”.
Alarmado Bolton por las
posiciones que su jefa directa, la secretaria de Estado Condoleezza Rice,
adoptaría en respaldo al texto de la Resolución, se comunicó con Gillerman.
Una noche, dice este,
Bolton lo llamó a las ocho de la noche, es decir, las tres de la mañana en
Israel, y lo alertó: “Tiene que llamar a su primer ministro y decirle que
Condoleezza los ha vendido a los franceses”.
“Desperté al primer
ministro – EhudOlmert – a las tres de la mañana y de esa forma se iniciaron las
gestiones que cambiaron totalmente la resolución final.”
Olmert corroboró en una entrevista estas afirmaciones
y en su propia autobiografía.
Condoleezza vino a saberlo mucho tiempo después.
Si no fuera suficiente el hecho para demostrar lo que
en cualquier diplomacia se calificaría de traición, otro igualmente escandaloso
confirma esta impresión.
ShaulMofaz, antiguo ministro de Defensa de Israel, explicó
en un panel de antiguos jefes militares israelíes, que Bolton lo había presionado
para atacar a Irán: “Conocí a John Bolton desde que era embajador de Estados
Unidos ante las Naciones Unidas, cuando trató de convencerme de que Israel
debería golpear a Irán”.
Para Mofaz era una mala idea, aunque sabía que el
propio Olmert la había propuesto a George W. Bush, como una acción
norteamericana o como una operación conjunta.
Bush, y Bolton lo conocía, no la aceptó.
Una vez más Bolton se apartaba de la posición oficial
de su país con una gestión que reflejaba sus intereses y el de los
neoconservadores que pensaban como él, y su compromiso personal con Israel.
Estas son las estrellas, de dudoso brillo, que han
comenzado a alinearse, con un gran peligro para la paz regional y con
impredecibles consecuencias para la economía del mundo, dependiente en alto
grado delpetróleo de la zona.
Próximamente, Donald Trump, asesorado por su flamante
equipo internacional, tendrá que reconsiderar – es un mecanismo habitual – el
acuerdo firmado con Irán.
Hoy es imposible predecir su decisión, por obvia que
parezca. En momentos en que negocia con
la República Democrática Popular de Corea la suspensión de su programa nuclear,
una marcha atrás en el caso iraní echaría por tierra cualquier probabilidad de
que los dirigentes norcoreanos confíen en la buena voluntad de la parte
estadounidense y abandonen, como querría Donald Trump, su desarrollo atómico.
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