viernes, 20 de agosto de 2021

De Saigon a Kabul: la larga marcha

 Enrique Román


“Esto no es Saigón”, dijo hace pocos días el secretario de estado de EEUU Anthony Blinken para rechazar la comparación con la retirada de Afganistán.  A su juicio, Estados Unidos fue allí con una misión, buscar a los responsables de los atentados del 11 de septiembre del 2011 y conjurar las amenazas del terrorismo.

Bueno, si fuéramos a la historia de la guerra de Vietnam, encontraríamos propósitos no iguales, pero sí equivalentes.

Y la fuga en masa en helicópteros y grandes aviones sobrecargados no puede ser más parecida.  Es la misma historia, una y otra vez repetida.

Blinken es un veterano diplomático y, como suele suceder en esa profesión, ha tenido que dar la cara por lo que, finalmente, es una derrota que su país se ha demorado mucho tiempo en aceptar.  Estados Unidos, había dicho el canciller iraní Mohamad Javad Zarif, no sabe cómo terminar las guerras que empieza.

Ni cómo conducirlas.  Hagamos una breve historia.

En primer lugar, el lugar escogido no pudo ser peor.  Como se ha repetido tantas veces, Afghanistan es la tumba de los imperios:   Alejandro Magno, el gran imperio británico, la Unión Soviética, y ahora Estados Unidos, han hecho lo mismo:  ante la inminente derrota, cantar victoria, recoger rápidamente los bártulos y darse a la escapada.

Afganistán es un país difícil, abundante en montañas y desiertos, cuya vida ha estado fuertemente mediada por la compleja composición étnica de su población, vinculada siempre con los países que la rodean, y que no son pocos.  El país es fronterizo con Irán, Rusia y Pakistán, además de China, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán.  Como suele suceder, su población es resultante de un fenómeno conocido:  la no coincidencia de las fronteras de un país, con el territorio ocupado por las distintas etnias. Es decir, los afganos pueden ser tajikos, turkmenos, uzbekos y en especial, pashtunes, que viven tanto en las montañas fronterizas de Pakistán como en el territorio afgano, donde son mayoritarios. De hecho, hasta los años 70 el país estuvo regido por un rey pashtún.

Y los talibanes son pashtunes, lo cual nos lleva a otra dimensión del asunto. Taliban quiere decir estudiante, y surgieron en las escuelas o madrasas establecidas en Pakistán.  Con ayuda saudita y de los servicios de inteligencia pakistaníes, crecieron durante la resistencia contra la intervención militar soviética, en la guerra que se desarrolló entre 1978 y 1992.

Pero los diferentes grupos no lucharon unidos contra los soviéticos, sino que luego de la retirada de los invasores se enfrascaron en una guerra civil de la que salieron vencedores los ya poderosos talibanes. Establecieron el Emirato Islámico de Afganistán, e impusieron un duro régimen que mezcló viejas usanzas pashtunes con otras provenientes de una interpretación extrema del Islam y sus leyes.

Hasta aquí sus aliados de siempre siguieron siendo sus aliados de siempre. Pakistán y Estados Unidos, por supuesto. Ciertamente, la retirada del apoyo de Estados Unidos no tiene nada que ver con la política regional, sino por la fortaleza de la crítica, dentro de la nación norteamericana, al tratamiento ominoso y a veces criminal que el régimen de los talibanes ejercía sobre las mujeres. El presidente Clinton decidió retirarse de las conversaciones que se sostenían con ellos y, aunque nunca fueron antinorteamericanos ni planearon acciones contra Estados Unidos, los talibanes dejaron de ser aliados para convertirse en un símbolo de perversión religiosa y política.

Y he ahí que un antiguo compañero de armas, uno de los jefes de los llamados “árabes afganos”, es decir, los árabes que combatieron con ellos contra los soviéticos, el millonario saudita Ossama Bin Laden, enfrentado ya a Estados Unidos, regresa a su antiguo teatro de operaciones y pide refugio a los talibanes.

Bin Laden, y disculpen la longitud de este recuento, practicante de una versión extrema del islam, la wahabita, que es la versión oficial de Arabia Saudita, se une a quienes rechazaron la presencia militar de Estados Unidos en Iraq en 1991 y emprende varias acciones terroristas en territorio norteamericano. Perseguido, aparece en varios países.  Sus bases en Sudán son bombardeadas por los aviones estadounidenses. Su establecimiento en las montañas afganas crea una complicación adicional para el gobierno talibán, el cual, ahora despreciado por Estados Unidos, le permite establecerse y que desde allí organice sus acciones contra un enemigo común. Desde allí, a mediano plazo, se organizan los ataques contra las torres gemelas.  Nada, sin embargo, ha demostrado la participación directa de los talibanes en estos hechos. 

 

Caos en Kabul

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Quienes estudian el mundo que compone y en este caso bordea el Oriente Medio no han logrado nunca explicarse cómo Estados Unidos, donde existen especialistas brillantes en la región, legiones de diplomáticos con experiencia sobre el terreno, tanques pensantes especializados, pueden obrar sin tener en cuenta especificidades, patrones y estructuras sociales ajenas a las norteamericanas.  Y de tal modo, cometer errores solo explicables por la ignorancia de manos de la arrogancia. Peligrosa combinación.

Sin embargo, las guerras recientes en la zona, las de Iraq y la de Afganistán, nos indican que militares y políticos han actuado a espaldas de una realidad muy compleja, que no acepta los patrones tradicionales occidentales.

Como vimos, hablamos de un país multiétnico, rodeado de otros países con los que comparte población, y donde no se puede lograr acuerdo alguno si no se tiene en cuenta el criterio de cada uno de los circundantes. Hablamos también de una población dividida no solo en etnias diferentes, sino en tribus, lo que configura un conjunto de fidelidades muchas veces contradictorias con las intenciones del poder central y, sobre todo, de los países intervencionistas.

A lo largo de estos veinte años hemos visto concretarse, en el plano militar y en el manejo político de las situaciones, estrategias y medidas que no han tomado en cuenta estos factores. Unos pocos ejemplos al canto:

Olvidado por la historia yace el programa para el Gran Oriente Medio de la administración de George W. Bush, un inverosímil y grueso manual que detallaba cómo debía estructurarse todo el Oriente Medio hasta los mínimos detalles y en todos los niveles, según el ejemplo de Estados Unidos.  Fue la base del esfuerzo disparatado en el que se enfrascó la fuerza ocupante, intentando construir otro Afganistán, espejo de las sociedades occidentales, y ajeno a sus realidades. En el vaivén de desgaste a que se vieron siempre sometidas sus fuerzas, este esfuerzo baldío ocupó varios improductivos años.

O el intento de construir un ejército y una policía nacionales, que se convirtió en un manto de Penélope. En un ámbito de corrupción, las fuerzas que se mal organizaban en un tiempo, se desorganizaban en un abrir y cerrar de ojos, desunidas por la pertenencia a tribus diferentes o por la fidelidad a señores de la guerra regionales.  A manera de ejemplo, recordemos las denuncias sobre los pagos que las tropas estadounidenses tenían que hacer a estos líderes regionales enemigos, para que los convoyes de suministros cruzaran sus territorios sin contratiempos.

La guerra de Afganistán fue durante mucho tiempo la guerra olvidada.  El interés verdadero fue siempre, desde antes del 11 de septiembre, Iraq, por el poderoso posicionamiento que adquiriría Estados Unidos al ocuparlo.  Desde temprano, dispersada Al Qaeda y prófugo su líder, nadie podía responder seriamente cuál era el objetivo verdadero de la misión que los miles de militares de la OTAN, además de los norteamericanos, cumplían en el país.  Qué hacían allí soldados del Reino Unido y Canadá o de Luxemburgo, qué hicieron y qué resultados sólidos obtuvieron los 13 generales de los Estados Unidos que comandaron sus tropas.

Ahora Joe Biden aguanta el chaparrón de los críticos, que lo acusan de haber puesto todo el país en manos de los talibanes – ojo, de los nuevos talibanes, quienes parecen estar rectificando algunas de sus más criticadas políticas internas. En realidad, la iniciativa de retirar las tropas partió de Donald Trump en sus últimos meses.

La verdadera explicación la he encontrado en Mark Twain. En su relato Una novela medieval, el gran escritor presenta a un viejo noble que aspira a que su hija herede el trono real. Pero tiene un solo inconveniente:  el trono obligatoriamente debe corresponder a un heredero, varón, que no existe. Por lo que la  hija se hace pasar por hijo. Luego de muchos enredos, la joven,  convertida en joven varón, es juzgada por un alto tribunal ante el cual debe demostrar su presunto sexo masculino, o ser ejecutada.

Twain termina este angustioso dilema con una salida idéntica a la que ha encontrado Biden al gran rollo que ha sido la guerra afgana. Cuando esperamos encontrar una brillante revelación, Mark Twain concluye así su relato: 

“La verdad es que he colocado a mi héroe (o heroína) en una situación tan comprometida que no sé cómo arreglármelas para sacarle (o sacarla) de ella, y por eso prefiero desentenderme de todo este asunto y dejar a esa persona que se las componga como pueda… o se quede como está. Creía que iba a resultar bastante sencillo enderezar este pequeño entuerto, pero en este momento no lo tengo tan claro.”                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                :


 

El cambio climático y la peligrosa negación

 

Enrique Román

Hasta el instante en que hacemos este comentario, las víctimas de la COVID en el mundo van buscando los récords que establecieron las dos conflagraciones mundiales del siglo XX.  La aparición de las vacunas es, junto con las precauciones que conocemos, la única esperanza de que, al menos, el fatídico virus ocupe su lugar junto a otros que hoy existen, pero que se encuentran en general bajo control.

La pandemia actual ha marcado las vidas de las generaciones que hoy coexisten.  Es una catástrofe universal.  Y todos ansiamos que llegue el momento de su control. Sin embargo, llama la atención cómo la alarma generalizada por los estragos de la COVID nos ha hecho perder de vista que, desde hace décadas, la humanidad se ve arrastrada a lo que puede ser incluso su extinción. Ante las realidades que nos sobrevienen, la pandemia actual sería solo un triste accidente.

El cambio climático es nuestro enemigo más serio, y su enfrentamiento requiere un esfuerzo que, lamentablemente, pierde en efectividad y rapidez, en la comparación con el que se ha realizado contra la COVID.

En estos días ha salido a la luz pública el informe de una institución especialmente creada por las Naciones Unidas para estudiar cómo andamos y qué debemos hacer ante este colosal reto. No es una institución cualquiera.  Se trata de, lo digo por su nombre, el Grupo Intergubernamental de expertos sobre el cambio climático, el cual llegó a su informe reciente luego de analizar más de 14 mil artículos científicos. Nunca se había hecho un esfuerzo semejante.

Las conclusiones, en realidad grandes llamados de alerta, o más bien de alarma, nos vuelven a recordar, pero esta vez con más urgencias, hechos casi inminentes. O lo peor, hechos ya ocurridos cuyas consecuencias vemos continuamente: huracanes inusitados, incendios forestales generalizados, cambios de temperatura, calor o frío, nunca vistas salvo en películas a las que, por desconocimiento de lo que nos esperaba, llamamos en su momento catastrofistas.

Este grupo ya había alertado sobre las consecuencias que podría tener por ejemplo un sobrecalentamiento mundial de 1,5 grados Celsius. Representantes de todo el mundo se pronunciaron en París en el 2015 por reducir las emisiones de carbono a la mitad en el 2030 y liquidarlas en el 2050. Contra lo que se proyectó en París, este nuevo informe nos alerta que llegaremos a ese incremento de temperatura en el 2040.

Recuerdo hace unos años que el presidente de una isla de la Polinesia se caracterizaba por ser el jefe de Estado más visto en todas las conferencias sobre el cambio climático.  La razón era simple y aterradora:  en todos los escenarios previstos, su pequeño país desaparecería bajo el mar.

Este informe, cuyas ediciones anteriores no habían mostrado grandes preocupaciones sobre este tema, nos anuncia que los mares podrían subir hasta 2 metros para fines de siglo y hasta 5 en el 2050.  Por fortuna para los habitantes del estado que este señor preside, es un escenario evitable.  Pero si se logra que las temperaturas se eleven solo 1,5 grados, las aguas seguirán creciendo, y los eventos desastrosos relacionados con el mar serán más frecuentes.

El informe agrava las preocupaciones sobre el crecimiento de las emisiones de CO2 y del metano, responsable también del calentamiento que ya existe, y que puede provenir tanto de agentes tradicionales como el petróleo y el gas, como de la propia agricultura y la ganadería, estas en menor escala.

¿Todo es negativo en el informe? Por supuesto que no. Sus autores consideran que el mayor logro desde que comenzaron estos estudios, en 1990, radica en que hoy existe una mejor comprensión de la interacción entre el océano, el hielo, la nieve, los ecosistemas, la tierra, alcanzadas con las simulaciones realizadas por computadoras superiores.  Pero, sobre todo, los autores del informe creen que, en primer lugar, se ha logrado una convicción generalizada en el mundo y en sus centros de decisión, en primer lugar, de que el clima ha venido cambiando, y de que es justamente la acción del hombre la que ha producido estos cambios.


 Peor que el coronavirus, dice la ONU

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Sin embargo, el optimismo de estos señores en sus conclusiones, tan escaso a lo largo del informe, podría ser infundado.

Estados Unidos, junto con China, ocupa un destacadísimo lugar en la generación de efectos nocivos para el clima.  China tiene una proyección concreta y positiva para enfrentar esta indeseada posición.  Pero Estados Unidos no solo es importante, sino que sin su participación no habría posibilidad de éxito alguno en las distintas metas que se han propuesto la mayoría de los países del mundo.

Así lo entendió Barack Obama, un poco tarde, ciertamente,  ya que los avisos de los expertos datan de los años 70, y el primer informe del Grupo de Naciones Unidas fue publicado en 1990.  Solo en el último año de su mandato, Obama integró a su país, a su decisivo país, a los esfuerzos que se concretaron en la histórica reunión de París. (Fue esa integración, por cierto, la que hizo histórico el cónclave, pues había sido precedido de otros fallidos). En París, 190 países se comprometieron a reducir las emisiones de gases de invernadero, mal de males, para el 2025, entre un 26 y un 28 por ciento.

Pero unos meses después, llegaba el verdaderamente catastrófico Donald Trump. De un plumazo, se apartó del compromiso parisino. “Un ejemplo de un trato que es desventajoso para Estados Unidos», dijo, y señaló que no es lo suficientemente duro para países como China o India.  La ignorancia, de la mano de intereses económicos tan turbios como criminales, se dio a la tarea de desmontar una a una las medidas de protección del ambiente dictadas por el mandato de Obama.

Desde que era candidato anunció sus puntos de vista: dijo “Departamento de Protección Ambiental: Vamos a deshacernos de él en casi todas las formas”. Durante la campaña, opinó que el calentamiento y enfriamiento global es un proceso natural. Describió el calentamiento global como un "engaño del gobierno chino”. Y siendo aún candidato anunció que rescindiría el Plan de Acción Climática de Obama, cancelaría la participación de Estados Unidos en el Acuerdo Climático de París y detendría todos los pagos de Estados Unidos hacia los programas de calentamiento global de las Naciones Unidas.

Y así fue. Su primera designación para dirigir la EPA, importante Agencia para la Protección de la Energía, a un negacionista conocido, el fiscal general de Oklahoma Scott Pruitt. Fue la iglesia en manos de Lutero. Luego de arrasar con muchas medidas de la administración anterior, dejó el cargo por el manejo escandaloso de los fondos públicos.  Fue sustituido por Andrew Wheeler, antiguo lobista a favor del uso del carbón para producir energía – uno de los agentes más contaminantes.

Al finalizar su mandato, Trump había derogado 98 reglas y disposiciones de protección ambiental y otras 14 medidas similares quedaron en estudio (algunas versiones incrementan estas cifras a más de cien).

Ha sido uno de los tantos temas heredados de Trump,  en los que Joe Biden ha debido volver a poner las cosas en su sitio.  No obstante, es previsible que necesite realizar un esfuerzo grande y salvar muchos obstáculos. Ha proclamado el regreso de Estados Unidos al Acuerdo de París, lo que es ya una excelente noticia. Además, ha dado pasos para reducir las emisiones, como cancelar proyectos de gasoductos, eliminar subsidios para la extracción de petróleo, anulando regulaciones débiles sobre centrales eléctricas promulgadas por Trump.

Pero vendrán tiempos difíciles, porque muchas cosas dependen de un Senado que, en el momento actual, se encuentra dividido exactamente a la mitad.  Todo lo que requiera más de un 50 por ciento de los votos, estará en peligro. Estados Unidos, además, depende en un 80 por ciento de los combustibles fósiles. Y hay importantes intereses, como sabemos, asociados a esta dependencia.

Por último, cuatro años son insuficientes para llevar adelante una reconversión que, en el caso estadounidense, requiere un esfuerzo titánico.  Una victoria republicana en el 2024 o incluso, en las elecciones intermedias del próximo año, podrían convertir lo que hoy son elogiables expectativas, en una nueva ilusión.

El mundo debe prepararse para resolver estos problemas no con, sino a pesar de Estados Unidos. Por delante queda la conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático (COP26), a celebrarse en Glasgow en una próxima fecha, ya que fue aplazada por causa de la pandemia.  Allí nuevamente se reafirmarán los acuerdos de París, y Estados Unidos tendrá la ocasión de pronunciarse sobre sus nuevas políticas.

Esperemos que la actual administración haya conseguido eliminar obstáculos y proponerle al mundo, más que ilusiones, hechos positivos.  Que anuncien buenas noticias para toda la humanidad. 

El pulso de Oriente Medio, hoy

 Enrique Román

El famoso director de cine estadounidense Quentin Tarantino vive en Tel Aviv.  En una entrevista reciente con el periodista Bill Maher, Tarantino explicó que esa ciudad es un buen lugar para vivir.  El ambiente es parecido a Los Ángeles, le dijo a Maher, productor y conductor de un programa semanal de la cadena HBO.  Como era de esperarse, Maher le preguntó si su felicidad por vivir en la ciudad israelí, no era afectada por la tensa situación política que, durante setenta años, ha acompañado a todos los que viven en Israel, palestinos e israelíes.  No, no me he preocupado por conocer bien ese conflicto, dijo el cineasta, quien, por cierto, no es judío.

Tarantino no sabe, o no dice saber, que vive en las faldas de un volcán.  Un volcán a veces dormido, otras veces haciendo una violenta erupción. (La comparación no es rutinaria: todo el que se ha asomado a la boca de un volcán dormido sabe que, desde allí, se pueden ver las lavas ardiendo. Es decir, que solo está dormido). Terminado el mandato de Donald Trump y avanzado un año y medio de la administración de Joe Biden, vale la pena intentar al menos tomar el pulso de esta pequeña y explosiva región.

Trump se ofreció a los israelíes como nunca había hecho un presidente estadounidense, a pesar de que todos sus antecesores fueron en un grado o en otro defensores del estado sionista.  Desde antes EEUU había aceptado considerar a Jerusalén, el punto más delicado de cualquier proceso de negociaciones que buscara una solución al enfrentamiento árabe israelí, como capital de Israel.  Trump, el menos informado de los presidentes sobre ese conflicto, tomó la ominosa decisión de mover su embajada hacia la ciudad santa de cristianos, judíos y musulmanes.  Desde hacía años Israel había incorporado a sus fronteras las alturas del Golán, territorio arrebatado a Siria en las guerras entre ambos países.  Trump osó reconocer la soberanía de Israel sobre el Golán.  Y solamente al consejo de algún asesor prudente, no acompañó a Benjamín Netanyahu en sus intenciones de incorporar también a Cisjordania al Estado de Israel. 

Nadie había concedido tanto conociendo tan poco.  El motivo de esa solidaridad era otro.  Su yerno, Jared Kushner, era el designado para configurar un llamado Acuerdo del Siglo, rimbombante nombre con que se conoció al luego denominado Acuerdos de Abraham (también rimbombante, porque la leyenda cuenta que Abraham fue padre, al mismo tiempo, de una rama de su descendencia de la que provino el pueblo hebrero y de otra, de la que dio origen al pueblo árabe).

Son los acuerdos que incluyeron el establecimiento de relaciones entre los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, que es un pequeño país con un monarca sunita cercano a Arabia Saudita y una población chiita, Sudán, uno de los mayores países musulmanes y por cierto árabes de África y – y ya nos movemos en un terreno poco serio - Kosovo, territorio cuya existencia como estado no es reconocida siquiera por Estados Unidos. O Marruecos, cuyo acercamiento anterior con Israel era consistente con esta decisión, a la que se sumó el reconocimiento por Trump del derecho de este reinado sobre el territorio de Sahara Occidental.

En cada caso, la decisión de cada país obedeció a coyunturas diferentes, y no hacía más que santificar la realidad preexistente, de que se trataba de países con intereses comerciales con Israel, algunos en desarrollo.  En cada caso, incluía también motivos específicos.  La preocupación por la influencia de Irán en la región fue especialmente importante en varios de ellos.

¿Y la causa palestina? La verdad es que Kushner, arrogante e ignorante de las esencias del conflicto, intentó un acercamiento al tema absolutamente insólito. Asumió que apoyando al sionismo y ofreciendo créditos para proyectos sin definir al pueblo palestino, podría desenrollar este septuagenario nudo gordiano.  Por supuesto, la Autoridad Palestina y la propia Liga Árabe condenaron el intento.  El Acuerdo del Siglo, los Acuerdos de Abraham, al menos en la interpretación que le quiso dar Estados Unidos, se colocaron en la larga cola de los fracasos por solucionar el problema.

PASEMOS A LA ACTUALIDAD

¿Dónde estamos hoy?

Recuerdo cuando Joe Biden fue a Israel, siendo vicepresidente de Barack Obama.  Biden iba con la petición concreta de que el gobierno de Netanyahu impusiera un alto a la expansión de la colonización israelí del territorio palestino. El primer ministro sionista no solo no le hizo caso, y durante su estancia se siguieron ocupando áreas para establecer colonos, sino que prácticamente no lo atendió.  Ese mismo Biden a quien le tiraron la puerta en la cara, es quien debe enfrentar ahora la actualización de la política de Estados Unidos hacia Israel y hacia la región.

El complicado restablecimiento del acuerdo nuclear con Irán, en el que Estados Unidos fue protagónico, y del que se retiró Donald Trump, es la primera demostración de que se pretende reiniciar un proceso, ahora más complejo por la desconfianza que lógicamente deben sentir los iraníes hacia cualquier cosa que firmen con Estados Unidos. Pero para los sectores belicistas israelíes, para los cuales Irán es una peligrosa némesis, es una muy mala noticia.

La salida del poder de Benjamín Netanyahu, el más duradero de los primeros ministros israelíes, político tan habilidoso como partidario de las visiones más extremas de las relaciones con el pueblo palestino, abre una estrecha ventana hacia un abordaje más sensato del asunto. El poder político está hoy en manos de una coalición cuyas figuras visibles repiten el dogma sionista, agresivo y racista, aunque han llegado al poder gracias al apoyo de sectores de los llamados árabes israelíes, pequeño segmento de la población de origen en el fondo palestino, pero que obtuvieron ciudadanía israelí en 1948.

Al norte, encuentran un poder sirio que, aunque enfrentan la reconstrucción de un país muy golpeado por casi una década de guerra sangrienta, ganó la guerra, y son conocidas sus posiciones tradicionales y activas de respaldo a la causa palestina y a sus organizaciones.  También en el Líbano la autoridad y el poder de Hezbollah, tenaz resistente frente al sionismo, se imponen a pesar del momento de turbulencia que vive el pequeño país de los cedros.

Y, por si fuera poco, la presencia de dos nuevos actores, o antiguos actores que regresan a este escenario:  Rusia, de la que no es necesario hablar, y Turquía, hoy más mesoriental que europea.

Ciertamente la división entre palestinos, es decir, Hamas en Gaza y la Autoridad Palestina en Cisjordania, no es una buena noticia.  Pero los acercamientos coyunturales entre ellos pueden dar como resultado útil oponer a los designios sionistas diferentes alternativas para cada momento.

Y, por supuesto, el cansancio que sienten varias generaciones palestinas de vivir en la opresión en que viven, no ha dado lugar al abandono de sus banderas tradicionales, sino todo lo contrario: vimos hace unos días como los intentos de expansión colonial en Jerusalén Este dieron lugar a una pequeña intifada, que nos hizo recordar hasta dónde puede llegar la ira justa de este pueblo.

Oriente Medio sigue siendo una zona vital para el mundo en que vivimos. Pero para Estados Unidos lo es menos, desde que, de gran importador de combustible de la región, se convirtió en gran productor y hasta en exportador.

Todos estos elementos, y otros que no caben en un comentario, están hoy interactuando en el Oriente Medio.

¿HAY SOLUCIONES?

Para concluir este intento de actualización de la situación en la región, vale la pena repasar las soluciones que, en los organismos internacionales, entre la gente más sensata y entre los sectores más irreductiblemente pro sionistas se manejan en la actualidad.

Antes, unos datos para entender mejor las alternativas. 

Así quedarían los dos estados
En esta imagen se presenta la configuración de los dos estados, la más difundida de las variantes

Estamos hablando de un territorio de 22 mil 145 metros cuadrados, es decir, aproximadamente la superficie de Camagüey y Las Tunas juntos.

Allí viven 8.680.000 ciudadanos israelíes, 6 millones de los cuales son judíos, y, además, unos cinco millones de palestinos. 

Es un territorio difícil, cuyas principales ciudades son, o costeras, o cercanas al río Jordán, que lo atraviesa de arriba abajo, y que es esencial para la irrigación de las poblaciones de la llamada Cisjordania.

Abundan los pronunciamientos y resoluciones internacionales de apoyo a la constitución de dos estados, con fronteras definidas, y que puedan vivir en condiciones de igualdad y de respeto en este territorio.  Palestinos e israelíes llegaron incluso en 1993 a definir un polémico y fracasado acuerdo que en varias fases haría realidad esta idea. 

Hasta el día de hoy, como todos sabemos, Israel ha despreciado cualquier intento de hacer realidad tal compromiso, y cada una de sus acciones ha ido en dirección contraria.  Tampoco parece el camino del actual gobierno.  Un mes antes de ser nombrado primer ministro de Israel, Naftali Bennett insistía en una entrevista en CNN: "No cederé ni un centímetro de la tierra de Israel".

Pero ni es posible mantener perpetuamente la situación actual, compleja hasta por razones demográficas, ni poner en práctica las restantes alternativas, si no hay una variación sustancial en la actitud y en las posiciones israelíes.

El politólogo español Josep Piqué resumía de este modo los posibles escenarios al explicar lo que llama “el trilema”, en vez de el dilema, de Israel:

“Se trata de decidir si Israel quiere ser un Estado democrático, judío y controlar de facto los territorios ocupados. Si quiere ser judío y controlar el territorio, no puede ser democrático, al condenar a los palestinos a ser ciudadanos “de segunda” en su propia tierra (es decir, agregamos nosotros, un remedo del apartheid sudafricano y rhodesiano). Si quiere ser judío y democrático, dice Piqué, no cabe seguir con la ocupación. Y si quiere ser democrático y controlar los territorios, no puede ser judío y debe abrirse a un Estado plurinacional en el que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos.

“Esto nos lleva – agrega Piqué -  al debate sobre la solución de los dos Estados, defendida por la comunidad internacional, y si hoy puede ser viable. No lo parece. Hablaríamos de un Estado palestino fragmentado entre una “isla” (Gaza) y un “archipiélago” (Cisjordania), sin capacidad de autonomía real ni en lo económico, ni en su seguridad y defensa.

“Por ello”, concluye, “avanzan cada vez más las posiciones que defienden la posibilidad de un solo Estado binacional y democrático, que garantice los derechos y las oportunidades para todos los ciudadanos, sean judíos, árabes o palestinos, con el apoyo de la comunidad internacional y, en particular, de Naciones Unidas”.

Como suele decirse, es una situación explosiva, volcánica, de difícil salida, que tiene todos los ingredientes para una erupción periódica y sistemática. El excelente director de cine que es Quentin Tarantino no debe sentirse tan tranquilo como dice en su residencia en Tel Aviv.  En cualquier momento puede vivir en carne propia uno de los sangrientos y aparatosos incidentes que nos sorprenden en muchas de sus películas. 


jueves, 25 de julio de 2019

Puerto Rico: El gobernador no es el único mal



Enrique Román

En el momento en que redacto estas líneas, no se sabe cuál será el desenlace del extraordinario movimiento de masas que ha ocupado durante más de una semana las calles de la capital puertorriqueña y de otras ciudades.
He leído y releído las noticias.  Se trata, dicen ellas, del reclamo masivo por la renuncia de Ricardo Roselló, un tecnócrata sin experiencia en política, que llegó al cargo casi como herencia de su padre, quien sí fue un sagaz personaje del complejo escenario local, y ocupó en dos ocasiones la gubernatura de la llamada Isla del Encanto.
El detonante también ha sido muy divulgado.  La filtración de casi 900 páginas de un chat entre personajes afines al joven Roselló, quienes se cruzaban improperios e insultos contra personajes de la vida isleña, desde la alcaldesa de San Juan – tenaz opositora de Donald Trump – a quien le dedicaban deseos de muerte, hasta el más que famoso cantante Ricky Martin y su opción sexual.
Eran mensajes, dicen las noticias, sexistas, homofóbicos, soeces.  Pero esta caracterización no es sino un fenomenal eufemismo.  La lectura de los cientos de páginas es un viajeominoso a la obscenidad y a la falta del más elemental respeto a la dignidad de cualquier ser humano.  Razones de decencia me deciden a no reproducir  siquiera unos pocos ejemplos.
Ese fue el detonante.  Y este es el reclamo: que se vaya Roselló.
Pero Roselló no es el peor de los males de Puerto Rico. Ni su salida la solución definitiva.
El problema es más antiguo y más complejo.

De Colón a Roselló

La isla fue descubierta por Cristóbal Colón en 1493, durante los viajes gracias a los cuales lo que luego sería América, comenzando por Cuba, La Española (hoy Haití y República Dominicana) y Puerto Rico, así como otras islas menores, se incorporó al mapa de la geopolítica desde entonces.
Colonia de España y deudora de su cultura junto con la de indígenas nativos, esclavos negros africanos y emigrantes de diversas nacionalidades, fue conquistada por Estados Unidos como resultado de la derrota española en la guerra que sostuvieron ambos países en 1898.
De las manos españolas, Puerto Rico pasó a las estadounidenses.  Hasta hoy, a pesar de los disfraces.
En 1900, Estados Unidos consideró a Puerto Rico como un “territorio no organizado”. A los puertorriqueños se les concedió la ciudadanía estadounidense en 1917, y en 1950, se les permitió que redactaran su propia constitución.
Pareció que la isla finalmente tendría una personalidad definida. Tenían poderes legislativo, judicial y ejecutivo, en la figura de un gobernador que por esa época pudieron elegir por primera vez.  Eran, como dije, ciudadanos de Estados Unidos.
Pero ahí terminaba todo.  Eran ciudadanos pero no podían elegir al presidente de ese país, a menos que residieran en territorio continental estadounidense.  Tenían los tres poderes pero tampoco tenían soberanía nacional: por ley, la soberanía de Puerto Rico reside en el Congreso de Estados Unidos.
A esta confusa construcción se le llamó en 1952 “Estado libre asociado”, un galimatías para ocultar que, en definitiva, Puerto Rico pasó de colonia española a ser – como reconocen las Naciones Unidas cada año – territorio colonial de Estados Unidos.
El gran poeta cubano Nicolás Guillén se burló en un conocido verso de la rocambolesca fórmula: “Puerto Rico, socio asociado en sociedad”.
Por esos años el movimiento por un Puerto Rico independiente cobró fuerza y optó por la acción armada, la que de una manera o de otra, llevada adelante por una organización u otra, operó durante varios años.  La reacción de la metrópolis imperial fue aplastante:  hoy la isla cuenta con una galería de héroes que sufrieron extensas condenas de cárcel, algunos de ellos símbolos aún vivos, como Rafael Cancel Miranda u Oscar Rivera, quien llegó a ser el preso político que más larga condena cumplió en las cárceles estadounidenses.
El espectro político puertorriqueño incluye los defensores del estatus actual, que en teoría no carece de algunos incentivos económicos, al precio de la renuncia de la soberanía nacional, y los anexionistas, cuya fuerza ha sido en algunos momentos de importancia.
(La decadencia del gobierno del actual Roselló, partidario de la anexión,  también se reflejó en fecha reciente cuando proclamó la victoria de su tendencia en unas elecciones sobre el tema: más del 90 por ciento votó por la anexión. Pero solo fueron a las urnas el 23 por ciento de los votantes).

La deuda, Irma, María y Donald Trump

La deuda pública puertorriqueña, recordémoslo, anda por los 72 mil millones de dólares.  Hay muchos países endeudados en el mundo, pero pocos están tan desprotegidos como Puerto Rico. Y es que como un modo de incentivar la afluencia de dinero a la isla, y por su condición de jurisdicción fiscal independiente, el tesoro local puede emitir bonos de deuda, pero para mayor satisfacción de quienes los compran, no puede cobrar intereses.
Solo un rígido control de gastos y fuentes de aprovisionamiento financiero alternativas pueden moverse dentro de estas reglas draconianas.  Ni control ni fuentes han existido.
Pero hay más dificultades.Por su condición colonial, no puede solicitar ayuda de otros países – no es un estado independiente –,  no tiene soberanía monetaria y, al no ser un estado ni independiente ni de Estados Unidos, no puede declararse en quiebra. 
Aunque, como ocurrió en el 2015, puede quebrar.
El poder imperial actuó entonces. Imperialmente. A partir de su insolvencia, las finanzas puertorriqueñas comenzaron a ser manejadas por una Junta de Control Fiscal federal, no puertorriqueña, dependiente del gobierno estadounidense, cuyo poder es superior al de la propia Constitución de la isla.  Y como suele suceder, a la austeridad impuesta siguieron los recortes en gasto social, léase salud, vivienda, educación, el desempleo, el hambre.
La situación ya era difícil cuando la naturaleza se encargó de empeorarla.
El desastre fue gigantesco. La isla fue arrasada primero por el huracán Irma y luego por el más poderoso María, que hicieron tábula rasa de una gran mayoría del territorio puertorriqueño.
Y si desastrosos fueron los huracanes, peores y muy sucias fueron la respuesta del gobierno federal y del encabezado por Ricardo Roselló.
Trump pareció enterarse días después de que los muertos eran ciudadanos de Estados Unidos.  Su visita a la isla fue tan tardía como humillante.  Y el monto de la ayuda para la recuperación  muy inferior al otorgado a otras zonas continentales donde los desastres naturales habían sido menores.  Nada nuevo. Racismo del que todos conocemos.
A Roselló le sucedió un escándalo tras otro en el manejo delos fondos de recuperación de las infraestructuras destruidas.  La obsolescencia del sistema eléctrico nacional hizo que la isla se apagara totalmente.  Y la lentitud y superficialidad en la recuperación mantuvo vastas zonas sin electricidad durante un año. 
Y los escándalos, iniciados cuando otorgó a una firma sospechosamente desconocida del estado de Montana 300 millones de dólares para restaurar la electricidad. O cuando se descubrieron miles de botellas de agua potable ocultas en una antigua base naval para venderlas luego en condiciones de especulación.
El descrédito se agravó aún más cuando discrepó, junto a Trump, durante un año, con investigaciones que afirmaban que habían muerto por el huracán más de 4 mil personas, mientras que él declaraba que eran solo 66. 
Hubo muchos más escándalos de corrupción en fechas recientes, que llevaron a la separación de funcionarios venales – algunos de mucha importancia, como la secretaria de Educación, responsable del cierre de trescientas escuelas y del despido de cuatro mil docentes.  La lista es demasiado larga para los propósitos de este artículo.

Todo mezclado

¿Quién se sorprende entonces de las manifestaciones actuales del pueblo puertorriqueño, unido, más allá de sus filiaciones políticas? ¿Quién puede extrañarse de la masiva participación juvenil, pura por naturaleza, animada por numerosas figuras del rico mundo cultural isleño?
¿Quién puede reducir su significado a la exigencia de que renuncie un gobernador escandalosamente incapaz y venal, cuando lo que aglutina en las calles a todas las facciones de la sociedad puertorriqueña es esta compleja y extensa lista de factores dispares, a los que solo une el hecho hoy más visible que nunca, de que Puerto Rico es solo un despreciado enclave colonial de Washington?
Roselló debe renunciar.  Quizás cuando se publiquen estas líneas ya lo hizo. Pero los males fundamentales siguen ahí.  La soberanía escamoteada a Puerto Rico, la última colonia por cuya libertad aguarda el concierto de naciones latinoamericanas, es una causa aún pendiente y dolorosa. Es un baldón para toda la humanidad. 

Especial para Al Mayadeen en español.