martes, 23 de enero de 2018

Cuba, elecciones y retos


Enrique Román 


Las elecciones para elegir a los miembros de las Asambleas Provinciales del Poder Popular y a los diputados a la Asamblea Nacional de Cuba acaban de ser convocadas.
Esos comicios, probablemente los más importantes en las últimas décadas en la isla, siguen a otros anteriores, donde se eligieron a los miembros de las mismas Asambleas, pero al nivel municipal.
De las que acaban de ser convocadas resultará el nuevo parlamento cubano y su órgano superior, el Consejo de Estado.
Y este elegirá al nuevo presidente de la República de Cuba: al sucesor de Raúl Castro.
A partir de entonces, quien lo duda, se abrirá una etapa diferente en la historia de la Revolución de Cuba y en toda la historia republicana caribeña. 
Hombres y mujeres que no basan su legitimidad en los méritos alcanzados durante los momentos épicos de la Revolución – la lucha contra Batista, la resistencia frente a las agresiones de Estados Unidos – se harán cargo de la conducción del país, de salvaguardar los logros del proceso revolucionario, de seguir indagando en la vía cubana para desarrollar el proyecto socialista y de resistir la omnipresente hostilidad del vecino del norte.
Casi nada.
Un sistema desconocido
El sistema electoral cubano es desconocido en el mundo y fuertemente vilipendiado por la propaganda anti cubana.
La democracia, todo el mundo lo sabe, es un producto imperfecto, salvo para garantizar la hegemonía de una clase social sobre otras.  Suele reducirse al proceso eleccionario, su fase más visible, espectacular y muchas veces engañosa: luego de ser electos, los elegidos se desaparecen de sus bases y no se implementan formas para dar continuidad a la participación popular en la toma de las decisiones principales.
Sistemas obsoletos, que no funcionan ni en sus países de origen, se venden públicamente como ideales a perseguir.  Estados Unidos hace de la promoción democrática en el mundo la raíz visible de su política exterior.  Sin embargo, el arcaico sistema electoral de ese país permite que Donald Trump haya sido electo presidente, a pesar de perder frente a su contrincante por tres millones de votos.
Cuba, luego de más de una década inicial de trasformación revolucionaria acelerada, en que las leyes principales, que subvertían el viejo orden, se tomaban de forma central por el Consejo de Ministros, emprendió un serio proceso de institucionalización, que supuso la redacción de una nueva Constitución, adecuada a los nuevos ideales, y la reorganización de sus órganos deliberativos y de gobierno.  Como parte del nuevo orden, se creó un sistema electoral sui generis a mediados de la década del 70.
En un país donde existe un único partido – tradición que viene por cierto, no de Moscú, sino de la guerra de independencia contra España, conducida por el partido fundado por José Martí – está prohibida la propaganda electoral.
Los vecinos de las comunidades eligen de entre ellos mismos a sus representantes, los cuales a su vez integran la Asamblea Municipal. 
Luego, en elecciones como las que se convocan ahora, también se eligen los miembros de las Asambleas provinciales y los diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular.  Constituida esta, sus miembros eligen al Consejo de Estado, integrado por una veintena de miembros, y estos a su presidente, presidente del Estado, quien es también presidente del Gobierno.
Todos los electos, desde las comunidades hasta la nación, están obligados a rendir cuenta de su ejecutoria varia veces en el año ante quienes los eligieron.
Sé que la inspiración inicial estuvo en la democracia asamblearia griega.  Pero a diferencia de esta, los electores son hombres, mujeres, blancos, negros, mestizos, civiles y militares: toda la gama de la sociedad cubana, sin otras limitaciones que los que tienen restringidos sus derechos por alguna sanción jurídica.
El sistema es aun perfectible.  Pero la voluntad de que cualquier modificación procure el acercamiento de la dirección del país a la población, es la constante que regiría cualquier modificación.
Sin embargo, cualquier comparación con los esquemas conocidos, cuyas virtudes y cuyos defectos son bien conocidos – la historia de Cuba es una panoplia de ejemplos de las insuficiencias, a veces atroces y escandalosas, de la democracia representativa - , debe tener en cuenta un hecho esencial: el poder hegemónico en Cuba está en manos del pueblo.
Y estas elecciones tienen a su vez el interés trascendental que legitimarán a dirigentes nacidos poco antes o después del triunfo revolucionario: que no cuentan con el aval histórico de la lucha guerrillera o del enfrentamiento armado a los enviados de la contrarrevolución.
Seguir construyendo el socialismo cubano
En los últimos años en Cuba se vienen desarrollando acciones para actualizar el camino propio hacia el socialismo.
La tarea es considerable.  Para Marx el socialismo era una breve etapa, que caracterizó someramente, y que precedería a la sociedad ideal, la sociedad comunista, que él veía muy próxima, casi a las puertas de la historia europea.
Las cosas no salieron como él imaginaba.  No fue en la desarrollada Alemania donde triunfó la revolución, sino en la empobrecida y atrasada Rusia.  A Lenin le correspondió desbrozar el camino para establecer el modelo adecuado a su país. Después vinieron imitaciones e imposiciones del socialismo soviético, que no condujeron a nada.  Las revoluciones que triunfaron fueron las originales, las que encontraron un camino propio, como China, Vietnam y Cuba.
Lo fundamental que quedó de Marx, entre otras muchas cosas, fue la búsqueda de la plena justicia en las relaciones entre los hombres. El corazón ético del ideal comunista, donde el hombre cesara de ser enemigo  del hombre y se reencontrara con su esencia enajenada, el trabajo creador.
En esa dirección se han dado pasos atrás para luego dar pasos adelante.  Y el peso de la polémica nos acompaña hasta hoy. 
Un prólogo inédito de Ernesto Che Guevara a los llamados Cuadernos de Praga, en 1966, lanza un alerta y una premonición estremecedores sobre los riesgos de emprender los desconocidos caminos de la construcción socialista:
Luego de exaltar el indiscutible aporte de Lenin a la teoría del socialismo en la época del imperialismo, advierte sobre las consecuencias de los retrocesos que el propio fundador de la URSS se vio obligado a adoptar como política económica de la nueva nación.
“Nuestra tesis es que los cambios producidos a raíz de la Nueva Política Económica (NEP) han calado tan hondo en la vida de la URSS que han marcado con su signo toda nuestra etapa. Y sus resultados son desalentadores: La superestructura capitalista fue influenciando cada vez en forma más marcada las relaciones de producción y los conflictos provocados por la hibridación que significó la NEP se están resolviendo hoy a favor de la superestructura: Se está regresando al capitalismo.”*
Son los riesgos que deberá enfrentar la nueva dirección cubana, navegando entre la Scilla de las herramientas de mercado, y el Caribdis de la solidez ética que es fundamento mismo del socialismo. Y con la perenne y cercana espada de Damocles del imperialismo estadounidense, ambicioso de revertir la historia revolucionaria.
Crear un modelo socialista que aunara la eficiencia económica del capitalismo, y sostuviera y desarrollara los valores del socialismo y del comunismo.
Casi nada.  
* Se incluye en el libro de Orlando Borrego, Che, El Camino del fuego, (editorial Hombre Nuevo, Argentina).


 












jueves, 4 de enero de 2018

Tres notas sobre el primer año de una ¿larga? pesadilla



Enrique Román
Todos tenemos la impresión de que ha sido presidente de los Estados Unidos durante un quinquenio.  Sin embargo, a fines de enero Donald Trump cumplirá su primer año en el cargo.  

Su presencia en la primera páginade los diarios, ha sido ininterrumpida  y abrumadora.  Comenzó incluso antes de ser electo.  Desde que anunció su decisión de postularse para la presidencia del país norteño, las bravatas, los dislates, las exageraciones, los pronunciamientos inesperados no han dejado sin material noticioso a los periodistas de todo el mundo.  

Desde hacía tiempo, el ahora presidente había pasado de ser un empresario avasallador para convertirse en un personaje de la industria del entretenimiento.  De la peor industria del entretenimiento. Ahora ha trasladado ese modelo a la política de su país y al mundo.

En estos días se hacen recuentos de su ejercicio durante el primer año.  Desde todos los ángulos posibles.  Ahorro las repeticiones y subrayo solamente algunos hechos característicos.

Damas y ajedrez

Hace pocas semanas, Trump regresó eufórico de China.  Le habían proporcionado, dijo, el mayor recibimiento que se le había dispensado a un presidente en toda la historia del país asiático.

Así son las declaraciones grandilocuentes de Donald Trump.  Pero olvidó que China tenía una historia, como gran país, de 3 500 años, lo que hacía difícil de sustentar su rimbombante apreciación.
Lo que sucedió realmente en el periplo chino fue que, mientras Trump jugaba a las damas, Xi Jinping jugaba al ajedrez.

Los halagos fueron dirigidos a un hombre que sucumbe ante los halagos, y que suele dirigirlos hacia sí mismo.  Pueden haber sido hasta una muestra de agradecimiento por el gran regalo que, a días de iniciarse su presidencia, Donald Trump hizo a la dirección china: la retirada total de Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico.

Como veríamos después en otros temas, la bravata aislacionista carecía de un análisis más profundo y estratégico de sus consecuencias.

El llamado Acuerdo Transpacífico había intentado ser un puñal estadounidense en el corazón de la expansión china hacia su zona de influencia crucial.  Al encabezar un grupo de países que tributan – y lo harán mucho más en el futuro – hacia un área económica que será casi seguramente la más importante del mundo en las próximas décadas, Estados Unidos intentaba establecer su predominio económico a las puertas del gran gigante asiático.

La retirada de Donald Trump dejó a China en libertad de establecer el orden que quisiera en el espacio compartido con las naciones y las economías que se habían afiliado a la alianza. China, a partir de entonces, podrá ser la cabeza visible del comercio en el mar Pacífico.

El primer párrafo

Donald Trump es un hombre de un solo párrafo.  De un solo twit o de una sola declaración amenazante y rotunda, a veces tan demoledora como irresponsable, cuando anunció a Corea del Norte desde las Naciones Unidas que podía ser  barrida de la faz de la tierra.

O la escandalosa y fantasiosa idea de la construcción de un muro a lo largo de la frontera con México…  cargándole a México, para insulto y risa de los mexicanos, con el costo de la obra.
O la insensatez de mudar su embajada en Israel para Jerusalén, lo que supone un obstáculo monumental ante cualquier esfuerzo que se haga por encontrar una salida  viable al conflicto palestino israelí.  Una decisión que no había tomado ninguno de los presidentes que durante 70 años han honrado las íntimas relaciones entre Estados Unidos y su gran aliado en la región.

La relación es interminable.  Estamos ante un presidente que, en el mejor estilo mediático, concibe la política doméstica e internacional como un gigantesco reality show.  Que se levanta a horas tempranas, se sienta ante su computadora, y vierte en Twitter lo que piensa sobre los temas más disímiles.

Sin asesoramiento.  Sin experiencia de gobierno. Sin que esos párrafos sean la punta del iceberg de una posición elaborada y consensuada.  Por eso después, en la vida práctica, el proyecto no se realiza o se modifica.  O Trump choca con quienes, con los pies sobre la tierra, tratan de derivar de ellos un plan y una doctrina.  

Quienes tienen que realizar el control de daños.

Dudoso regalo

Trump ha sido un regalo inesperado para el partido Republicano.  ¿Regalo envenenado?  Está por ver.  

No era un republicano de origen.  Había integrado el partido Demócrata por breve tiempo. Era en realidad un independiente que, afiliado ahora como republicano, apareció en la larga lista de los contendientes a la candidatura presidencial por ese partido y, contra todo pronóstico, y contra la voluntad de la propia nomenclatura del partido, venció.  Y venció en las presidenciales.

Y ya que estaba ahí, pues había que aprovechar su popularidad.  Sobre todo para lograr dos proyectos esenciales para la perspectiva republicana:  la eliminación del Obamacare, es decir, la disminución del gasto público en la garantía de salud, su desaparición para 20 millones de ciudadanos,  y el favorecimiento al sector privado de esta rama. Y la reforma impositiva, que beneficiará, una vez más, a los ricos y gravará, una vez más también, a la clase media y a los sectores desposeídos.  

Como se sabe, no pudo con el Obamacare, y ahora trata de torpedearlo eliminando los aseguramientos financieros que permiten su cumplimiento.  Y luego de mucho esfuerzo, consiguió la reforma impositiva, que distancia, como nunca antes desde la época de Ronald Reagan, al Estado norteamericano de su papel como garante del bienestar de sus ciudadanos menos favorecidos.

De los propios congresistas republicanos, que no se reconocen en su estrafalario presidente, vinieron sus complicaciones legislativas.

Pero que lo aprovechan en no pequeña medida.  Es impresionante y poco divulgado el avance de las posiciones más conservadoras sostenidas por la agenda del partido Republicano en áreas estratégicas.  

Mucho se divulgó el trabajoso pero logrado nombramiento del derechista Neil Gorsuchcomo juez de la Corte Suprema, que inclinará el voto del máximo órgano judicial hacia la más estricta derecha.   Poco se ha difundido, sin embargo, cómo una masiva promoción de jóvenes jueces federales conservadores podría teñir de otro color la administración de justicia en el país.

O la retirada del Acuerdo de París sobre el cambio climático, también muy publicitada.  Pero menos conocida es la dimisión de más de 700 científicos, investigadores, ingenieros, especialistas en el tema, de la Agencia de Protección del Medio Ambiente, puesta en manos del negacionista Scott Pruitt – la Iglesia en manos de Lutero -  encargada justamente de evaluar el delicado tema en el medio ambiente estadounidense.

La agenda conservadora republicanaavanza, indetenible e implacable,por debajo del show mediático del presidente Trump.

El porvenir

¿Cuántos años cumplirán Trump y su visión imperial y racista del mundo y de su país?  ¿Cuánto tiempo más de improvisación política y peligrosa superficialidad en sus decisiones? ¿Cuánto más tendrán que vivir intranquilos los ciudadanos de un planeta por culpa de un hombre que pasea su ego por su país y por el mundo, acompañado de un ayudante con un maletín con las claves de un poder nuclear que podría destruirnos a todos?

Las noticias no son buenas.  Si Trump fuera a elecciones hoy, a pesar de tener marcas recordistas de impopularidad, volvería a salir electo:  sus bases electorales – sectores blancos conservadores, cristianos fundamentalistas, pero sobre todo trabajadores iletrados y pobres que esperan que sus promesas se hagan algún día realidad – se mantienen incólumes.  Los republicanos votarían por él, en un gesto tribal. 

Hasta hoy.  

Trump vive todavía de su crítica a Obama y al partido Demócrata.  Como se sabe, este recurso de legitimación dura cierto tiempo.  Pero Trump lo criticó todo y prometió solucionarlo todo.  Dentro de cierto tiempo, cuando avance más su mandato, tendrá que ir asumiendo no solo las glorias de lo cumplido, sino también los efectos de lo que todo el mundo sabe que no podrá cumplir.

El pronóstico para el 2020 es reservado.  Lo que ocurrió, para sorpresa hasta de sus promotores, en el 2016, puede repetirse en las próximas elecciones.  La pesadilla, no lo dudemos, puede continuar.