Si dijéramos
con Borges que la memoria son grietas en el obstinado olvido, veríamos que la
grieta abierta por Orígenes en la
cultura cubana y en su historia es mucho más ancha, profunda y definitiva que lo
que se hubiera esperado de esta publicación. Orígenes, en su entorno, social y mediático, confuso y desolado,
fue una piedra rara, tanto que a lo largo de toda su existencia, mucho más
prolongada de lo esperado, los creadores que formaron su núcleo prístino
debieron empeñarse largamente en la
tarea de explicarse y de argumentar su posición en el campo literario de las
dos últimas décadas prerrevolucionarias.
Y es que su
aparente abstinencia del escenario político, y la remisión de su obra poética
–no solo poética—a una referencia ecuménica, universal, convirtió a aquella revista
cuatrimestral, que solamente editaba entre 400 y 500 ejemplares, en foco de
atención de radicales y conservadores, de comunistas y burgueses, y contra sus
ataques tuvieron que lidiar sus editores, es decir, sus principales creadores.
Son debates,
que al mismo tiempo permiten ubicar y clarificar a la revista, sin prejuicios,
no solamente en el campo literario de los 40, en sus tensiones y diferencias
con los otros elementos de ese campo, sino abrirnos las puertas para una
correcta percepción del grupo y la revista en la defensa de la cultura cubana.
No era
ilógico que un grupo creador ni su publicación, adoptaran una postura de
abstinencia frente al caos social y político de la época. Un repaso a los elementos del desconcierto: la frustración de los 30, sus protagonistas
convertidos en sostenes de la corrupción y la politiquería, los jóvenes de
entonces, desorientados, aliados ahora a grupos mafiosos que dirimían sus
diferencias y peleaban por sinecuras a tiro limpio en las calles habaneras, el
desconcierto de ver al partido del proletariado bombardeado dentro y fuera por
la propaganda, como correspondía al
paradigma de la guerra fría, y envuelto en
un entendimiento moralmente muy vulnerable, con el gobierno de Batista. Y la acomodada y mediocre cultura burguesa, de la mano de una cultura oficial oficialmente
abandonada, frente a la dura realidad de analfabetismo y hambre en las grandes
masas de la población de Cuba.
Era, sí, un
taller renacentista. Pero no vivían en
el Renacimiento. Tuvieron que correr la suerte y los riesgos de aquellos en
quienes no coinciden los tiempos espirituales y los tiempos históricos.
La
abstinencia no fue tal. Aún la
abstención implica una toma de partido, y Orígenes
lo tomó a favor de la resistencia afincada en la cultura genuinamente nacional
y en la tradición ética del país. Justamente
así, como un gran acto de resistencia queda la revista para la memoria de
nuestra cultura, lo que permite, en el análisis de la autora y a la distancia
de 70 años, superar el debate coyuntural.
Una a una
pueden explicarse las constantes del grupo a la luz de este razonamiento. El catolicismo no fue la simple participación
en un credo religioso, sino un factor de gran importancia en la comunión
espiritual de sus integrantes y, sobre todo, una identificación de base con un
recorrido ético que arranca en el Sermón de la Montaña y llega a Varela y a
José Martí. Años después, por la vía
martiana, este largo nexo daría sustancia a la ética subyacente en el programa
revolucionario del Moncada y sería nervio central de la obra de la Revolución
cubana.
Orígenes, en una larga mirada, fue no sólo un
ejemplo de resistencia. Fue también anunciadora, como dijo María Zambrano, de
un prometedor adviento: “… la isla dormida
comienza a despertar, como han despertado un día todas las tierras que han sido
después historia”.
* Notas para el informe sobre la tesis de
Laurent Guevara Orígenes: ¿rasguño o
arañazo en la piedra?