Enrique
Román
En el momento en que redacto estas
líneas, no se sabe cuál será el desenlace del extraordinario movimiento de
masas que ha ocupado durante más de una semana las calles de la capital puertorriqueña
y de otras ciudades.
He leído y releído las noticias. Se trata, dicen ellas, del reclamo masivo por
la renuncia de Ricardo Roselló, un tecnócrata sin experiencia en política, que
llegó al cargo casi como herencia de su padre, quien sí fue un sagaz personaje
del complejo escenario local, y ocupó en dos ocasiones la gubernatura de la
llamada Isla del Encanto.
El detonante también ha sido muy
divulgado. La filtración de casi 900
páginas de un chat entre personajes afines al joven Roselló, quienes se
cruzaban improperios e insultos contra personajes de la vida isleña, desde la
alcaldesa de San Juan – tenaz opositora de Donald Trump – a quien le dedicaban
deseos de muerte, hasta el más que famoso cantante Ricky Martin y su opción
sexual.
Eran mensajes, dicen las noticias,
sexistas, homofóbicos, soeces. Pero esta
caracterización no es sino un fenomenal eufemismo. La lectura de los cientos de páginas es un
viajeominoso a la obscenidad y a la falta del más elemental respeto a la
dignidad de cualquier ser humano.
Razones de decencia me deciden a no reproducir siquiera unos pocos ejemplos.
Ese fue el detonante. Y este es el reclamo: que se vaya Roselló.
Pero Roselló no es el peor de los males
de Puerto Rico. Ni su salida la solución definitiva.
El problema es más antiguo y más
complejo.
De
Colón a Roselló
La isla fue descubierta por Cristóbal
Colón en 1493, durante los viajes gracias a los cuales lo que luego sería
América, comenzando por Cuba, La Española (hoy Haití y República Dominicana) y
Puerto Rico, así como otras islas menores, se incorporó al mapa de la
geopolítica desde entonces.
Colonia de España y deudora de su cultura
junto con la de indígenas nativos, esclavos negros africanos y emigrantes de
diversas nacionalidades, fue conquistada por Estados Unidos como resultado de
la derrota española en la guerra que sostuvieron ambos países en 1898.
De las manos españolas, Puerto Rico pasó
a las estadounidenses. Hasta hoy, a
pesar de los disfraces.
En 1900, Estados Unidos consideró a
Puerto Rico como un “territorio no organizado”. A los puertorriqueños se les
concedió la ciudadanía estadounidense en 1917, y en 1950, se les permitió que
redactaran su propia constitución.
Pareció que la isla finalmente tendría
una personalidad definida. Tenían poderes legislativo, judicial y ejecutivo, en
la figura de un gobernador que por esa época pudieron elegir por primera
vez. Eran, como dije, ciudadanos de
Estados Unidos.
Pero ahí terminaba todo. Eran ciudadanos pero no podían elegir al
presidente de ese país, a menos que residieran en territorio continental
estadounidense. Tenían los tres poderes
pero tampoco tenían soberanía nacional: por ley, la soberanía de Puerto Rico
reside en el Congreso de Estados Unidos.
A esta confusa construcción se le llamó
en 1952 “Estado libre asociado”, un galimatías para ocultar que, en definitiva,
Puerto Rico pasó de colonia española a ser – como reconocen las Naciones Unidas
cada año – territorio colonial de Estados Unidos.
El gran poeta cubano Nicolás Guillén se
burló en un conocido verso de la rocambolesca fórmula: “Puerto Rico, socio
asociado en sociedad”.
Por esos años el movimiento por un Puerto
Rico independiente cobró fuerza y optó por la acción armada, la que de una
manera o de otra, llevada adelante por una organización u otra, operó durante
varios años. La reacción de la
metrópolis imperial fue aplastante: hoy
la isla cuenta con una galería de héroes que sufrieron extensas condenas de
cárcel, algunos de ellos símbolos aún vivos, como Rafael Cancel Miranda u Oscar
Rivera, quien llegó a ser el preso político que más larga condena cumplió en
las cárceles estadounidenses.
El espectro político puertorriqueño
incluye los defensores del estatus actual, que en teoría no carece de algunos
incentivos económicos, al precio de la renuncia de la soberanía nacional, y los
anexionistas, cuya fuerza ha sido en algunos momentos de importancia.
(La decadencia del gobierno del actual
Roselló, partidario de la anexión,
también se reflejó en fecha reciente cuando proclamó la victoria de su
tendencia en unas elecciones sobre el tema: más del 90 por ciento votó por la
anexión. Pero solo fueron a las urnas el 23 por ciento de los votantes).
La
deuda, Irma, María y Donald Trump
La deuda pública puertorriqueña,
recordémoslo, anda por los 72 mil millones de dólares. Hay muchos países endeudados en el mundo,
pero pocos están tan desprotegidos como Puerto Rico. Y es que como un modo de
incentivar la afluencia de dinero a la isla, y por su condición de jurisdicción
fiscal independiente, el tesoro local puede emitir bonos de deuda, pero para
mayor satisfacción de quienes los compran, no puede cobrar intereses.
Solo un rígido control de gastos y
fuentes de aprovisionamiento financiero alternativas pueden moverse dentro de
estas reglas draconianas. Ni control ni
fuentes han existido.
Pero hay más dificultades.Por su
condición colonial, no puede solicitar ayuda de otros países – no es un estado
independiente –, no tiene soberanía
monetaria y, al no ser un estado ni independiente ni de Estados Unidos, no
puede declararse en quiebra.
Aunque, como ocurrió en el 2015, puede
quebrar.
El poder imperial actuó entonces.
Imperialmente. A partir de su insolvencia, las finanzas puertorriqueñas
comenzaron a ser manejadas por una Junta de Control Fiscal federal, no
puertorriqueña, dependiente del gobierno estadounidense, cuyo poder es superior
al de la propia Constitución de la isla.
Y como suele suceder, a la austeridad impuesta siguieron los recortes en
gasto social, léase salud, vivienda, educación, el desempleo, el hambre.
La situación ya era difícil cuando la
naturaleza se encargó de empeorarla.
El desastre fue gigantesco. La isla fue
arrasada primero por el huracán Irma y luego por el más poderoso María, que
hicieron tábula rasa de una gran mayoría del territorio puertorriqueño.
Y si desastrosos fueron los huracanes,
peores y muy sucias fueron la respuesta del gobierno federal y del encabezado
por Ricardo Roselló.
Trump pareció enterarse días después de
que los muertos eran ciudadanos de Estados Unidos. Su visita a la isla fue tan tardía como
humillante. Y el monto de la ayuda para
la recuperación muy inferior al otorgado
a otras zonas continentales donde los desastres naturales habían sido menores. Nada nuevo. Racismo del que todos conocemos.
A Roselló le sucedió un escándalo tras
otro en el manejo delos fondos de recuperación de las infraestructuras
destruidas. La obsolescencia del sistema
eléctrico nacional hizo que la isla se apagara totalmente. Y la lentitud y superficialidad en la
recuperación mantuvo vastas zonas sin electricidad durante un año.
Y los escándalos, iniciados cuando otorgó
a una firma sospechosamente desconocida del estado de Montana 300 millones de
dólares para restaurar la electricidad. O cuando se descubrieron miles de
botellas de agua potable ocultas en una antigua base naval para venderlas luego
en condiciones de especulación.
El descrédito se agravó aún más cuando
discrepó, junto a Trump, durante un año, con investigaciones que afirmaban que
habían muerto por el huracán más de 4 mil personas, mientras que él declaraba
que eran solo 66.
Hubo muchos más escándalos de corrupción
en fechas recientes, que llevaron a la separación de funcionarios venales –
algunos de mucha importancia, como la secretaria de Educación, responsable del
cierre de trescientas escuelas y del despido de cuatro mil docentes. La lista es demasiado larga para los
propósitos de este artículo.
Todo
mezclado
¿Quién se sorprende entonces de las manifestaciones
actuales del pueblo puertorriqueño, unido, más allá de sus filiaciones
políticas? ¿Quién puede extrañarse de la masiva participación juvenil, pura por
naturaleza, animada por numerosas figuras del rico mundo cultural isleño?
¿Quién puede reducir su significado a la exigencia
de que renuncie un gobernador escandalosamente incapaz y venal, cuando lo que
aglutina en las calles a todas las facciones de la sociedad puertorriqueña es
esta compleja y extensa lista de factores dispares, a los que solo une el hecho
hoy más visible que nunca, de que Puerto Rico es solo un despreciado enclave
colonial de Washington?
Roselló debe renunciar. Quizás cuando se publiquen estas líneas ya lo
hizo. Pero los males fundamentales siguen ahí.
La soberanía escamoteada a Puerto Rico, la última colonia por cuya
libertad aguarda el concierto de naciones latinoamericanas, es una causa aún
pendiente y dolorosa. Es un baldón para toda la humanidad.
Especial para Al Mayadeen en español.
Especial para Al Mayadeen en español.