Enrique Román
No es
frecuente encontrar en las noticias de cada día muchas informaciones sobre
África, uno de los continentes mayores del globo y de los más ricos.
De ahí que
la emboscada donde murieron cuatro soldados estadounidenses en Níger – y cinco
soldados nigerianos de los cuales, como era de esperarse, se habla mucho menos
– haya hecho regresar el continente negro a las noticias y de paso, haya
sorprendido a quienes no conocen las dimensiones de la presencia militar actual
de Estados Unidos en África.
La sorpresa
puede ser mayor si conocemos otro dato también poco informado: según Nick
Turse, uno de los editores principales del sitio Tomdispatch, quien ha seguido
el tema durante varios años, la cifra de militares estadounidenses en África
oscilaría hoy entre 5 000 y 8 000 soldados, en dependencia de las misiones de
cada momento. Y en alrededor de 50 países africanos.
Turse, quien
ha escrito numerosos artículos y libros sobre el tema, añade que la expansión
de la presencia militar en África, según el Comando para África de los Estados
Unidos – conocido como Africom – se aprecia en la realización de unos 3 500
ejercicios y programas por año, es decir, dice, cerca de diez misiones diarias
en el continente, frente a unas 172 cuando Africom inició sus actividades: un 2
000 por ciento de incremento.
Por otra
parte, la presencia del personal militar, en bases o estaciones, mayores y
menores, es también poco conocida. La
única base reconocida como tal por el mando militar es la de Camp Lemonnier, enDjibouti(por
su ubicación geográfica en el Cuerno Africano este pequeño país arrienda su terriorio
a bases militares de varios países) donde están estacionados más de dos mil soldados.
Pero sumada
a otras, la presencia militar, según un dato no actualizado, alcanza las 46 locaciones
desde las cuales las fuerzas estadounidenses operan, en conjunto con tropas
locales - o no -, por medios convencionales o guiando drones, desde los más
variados puntos del continente.
¿Con qué fines?
Un antiguo
diplomático estadounidense explica la presencia militar en Niger – el ejemplo
más reciente – con la conocida candidez con que Estados Unidos ha justificado
las más siniestras intervenciones.
David Litt,
quien fue segundo jefe de la embajada de Estados Unidos en Niamey y consejero
político por el Departamento de Estado ante el Comando de Operaciones
Especiales, dice textualmente:
“Su tarea ha
sido principalmente mantener la capacidad de las fuerzas de seguridad de las
naciones aliadas, a fin de promover la estabilidad y las normas generalmente
aceptadas de las sociedades democráticas.
La presencia de operaciones especiales en Níger solo tiene unos pocos
años y está vinculada a los esfuerzos de Estados Unidos para derrotar a
extremistas violentos operando con impunidad, especialmente en el norte, en
Mali, y en el sur, en Nigeria”.
Y en efecto,
la lucha contra las agrupaciones terroristas que se multiplican en el
continente, mucho más después de cada evidencia de participación
norteamericana, es la gran explicación que hoy se da para la presencia de los
militares en tantos países del continente.
No es una
mala explicación. Sobre todo cuando Litt
añade que la presencia en Níger es resultado de la diplomacia de Estados Unidos
y sus “estrategias para construir la estabilidad, la legitimidad y la capacidad
en naciones frágiles”, aun cuando no existan “amenazas directas e inmediatas a
Estados Unidos en el presente”.
Pero pudiera
haber una explicación más completa para esta doble política, militar y
diplomática.
El propio
Donald Trump nos lo confiesa.
En una
reciente reunión con dirigentes africanos, dijo textualmente:
“África
tiene un tremendo potencial para los negocios.
Tengo tantos amigos yendo a sus países, tratando de obtener
riquezas. Los felicito. Ellos están gastando una gran cantidad de
dinero”.
O sea, que
dicho en el singular lenguaje de Trump, el expansionismo económico es, como fue
siempre para las principales potencias colonialistas occidentales, uno de los
grandes objetivos de esta política.
La gran tragedia africana
La gran
tragedia africana ha sido su extraordinaria riqueza.
Un
continente enormemente rico, pero con sus riquezas ocultas bajo tierra. Petróleo, diamantes, uranio, han nutrido las
arcas de muchos y han provocado el hambre, el caos político, la desesperación,
para la inmensa mayoría de los pueblos de este continente.
Las naciones
africanas proporcionaron la fuerza de trabajo para el desarrollo de las
colonias europeas en América, en el orden de decenas de millones de esclavos,
que fueron transportados al entonces nuevo continente y explotados a sangre y
fuego.
El proceso
de descolonización que se produjo casi masivamente en los años 60 del pasado
siglo – con excepción de las colonias portuguesas, que llegarían a la
independencia en los 70 – abrió un camino de esperanzas. Insatisfechas en su mayoría. El retardo heredado en todos los órdenes era
inconmensurable.
El recuento
de guerras internas, de intentos imperialistas, y también de victorias como la
derrota del apartheid en Sudáfrica, llenan las páginas de la historia
posterior.
Hoy, en un
mundo sediento de recursos, África es quizás el más codiciado de los
continentes. Sobre él se vuelcan los
países desarrollados o en pleno desarrollo, en busca de las materias primas de
que carecen.
El ritmo de
la relación económica que aceleradamente va estableciendo China es impresionante.
En solo unas
pocas décadas, China, que abrió caminos en ese continente ayudando a
movimientos de liberación, ha pasado a ocupar un lugar central en el comercio
africano.
Los datos
varían poco según las fuentes consultadas. Pero son útiles para la
argumentación eilustran la intensa ruta recorrida por el comercio sino
africano:
El promedio
de las importaciones africanas desde China, entre 1993 y 2004, eran de 4 205
millones de dólares, y las compras chinas fueron de 4 916 millones. Las importaciones africanas se concentraban
en bienes de consumo, mientras que las chinas eran, como se suponía, materias
primas y minerales.
Ya al
finalizar ese período, China era el tercer socio comercial africano, después de
Estados Unidos y Francia.
Pero en el
2010, el intercambio chino con África era superior al estadounidense: 127 000
millones de dólares anuales. Y en el 2014, solo cuatro años después, fue de 222
000 millones.
Entre tanto,
las cifras estadounidenses han declinado.
No es
necesario aburrir con estadísticas. Las expuestasayudan
a evidenciar que, también en el
continente africano, el reto es creciente para el poder global de Estados
Unidos.
Y basta
también para comprender que, además de la intención de detener la acción de
grupos capaces de realizar acciones terroristas contra Estados Unidos, la
presencia de esta red de establecimientos yde relaciones militares con alrededor
de cincuenta países en el continente, tiene explicaciones a más largo plazo.
En África, ¿se
estará librando ya una guerra del futuro? Por lo pronto, Estados Unidos ha
comenzado a tomar posiciones.