jueves, 21 de diciembre de 2017

La esperanza hondureña se decide en las calles



Enrique Román

En Honduras se está cometiendo uncrimen. Miremos solamente las cifras:  en el momento en que se escriben estas líneas, 34 hondureños, participantes en las protestas que hoy estremecen las calles hondureñas, han muerto como consecuencia de la feroz represión. Más de mil han sido arrestados y conducidos a prisión. 

Ciertamente la OEA, ante las notorias denuncias de fraude, aconsejó la repetición de todo el proceso electoral.

Viniendo de la OEA, con todo su negro historial, era bastante.  Pero nada más.  Ni una reiteración de su valoración negativa del proceso electoral espurio, ni una conferencia de prensa.Ni una exigencia a las autoridades electorales.

Y ¿si lo que ocurre en Honduras ocurriera en Venezuela?

El contraste es evidente.  Contra el gobierno bolivariano, electo, reelecto, vuelto a reelegir en una veintena de elecciones nacionales, regionales, municipales, se ha alzado con extraordinaria virulencia la voz no solo de la OEA, sino de su camaleónico secretario general el uruguayo Luis Almagro, antiguo ministro de un gobierno izquierdista, hoy reproductor de los puntos de vista y de los intereses yanquis.

Y si hubiera habido una cantidad de muertos tales como los que hoy reciben sepultura en Honduras, en el caso venezolano se habría ya invocado la carta de la OEA para propiciar, como otras veces, la intervención militar regional, léase estadounidense.

Nada de eso ocurre en el caso de la grave crisis hondureña.

Repúblicas bananeras

El término república bananera, con el que se alude hoy internacionalmente a un país donde la democracia sea o inexistente o un puro adorno para consumo mediático, se acuñó en el siglo XX refiriéndose a las repúblicas centroamericanas. 

Eran tan ricas en producción de banano como carentes de un verdadero juego democrático.  Las elecciones, cuando las había – abundaban las dictaduras militares -,  eran un puro trámite, donde el fraude en todas sus formas, incluido el asesinato político, sustituían la voluntad de los votantes.
Aunque hoy suele ser un apelativo discriminatorio y racista, reconozcamos que el caso hondureño es un gran paso atrás hacia aquella condenable realidad. 

Pero no solo se trata de Honduras.

Después de un período esperanzador, en que gobiernos de proyección popular habían llegado al poder en no pocos países latinoamericanos, en sustitución de la primera oleada neoliberal, - y como consecuencia de la opresión económica y política sobre las grandes masas que de ella se derivó,  la reacción del neoliberalismo intenta por todos los medios la total restauración del poder perdido.

En Brasil se orquestó, como todos sabemos, un auténtico golpe de estado, que remedaba el realizado años antes en Paraguay, contra la presidenta DilmaRoussef:  en realidad era un recurso contra el camino iniciado por el gobierno del Partido de los Trabajadores y contra su popular líder, Luis Inazio Lula Da Silva.

En Argentina, los embates contra las políticas anti neoliberales de Néstor Kirshner y su esposa y continuadora, Cristina Fernández, tomaron otras formas, pero el resultado es el mismo: el establecimiento progresivo de medidas antipopulares de dimensiones colosales.

En Ecuador, el fraccionamiento lamentable – o la traición – dentro del gobernante Alianza País pone en severo riesgo las conquistas alcanzadas durante la presidencia de Rafael Correa, en un dilema cuyas perspectivas no son alentadoras.

Honduras ya había conocido la receta, al efectuarse el golpe de estado militar contra su presidente electo  Manuel   Zelaya, cuya ejecutoria no había rebasado siquiera los límites de las elementales reformas sociales.

Sin embargo, el éxito restaurador no tuvo éxito en Venezuela ni en Bolivia ni en Nicaragua.  Todos siguen bajo el fuego intenso de los poderes oligárquicos, acompañados y estimulados por Estados Unidos, mucho más después de la llegada al poder del presidente Donald Trump.

El caso hondureño

Aquí no estamos en el caso, como en los citados, de un país de grandes economías y de una clase política sofisticada.  Las necesidades de Honduras son bastante más elementales.

Honduras es un país pequeño, con un turismo que sobrevive a pesar de tener como destino uno de los países más peligrosos del mundo.

En todas las estadísticas, Honduras ocupa el primer lugar por su impresionante criminalidad.
Según la Oficina de las Naciones Unidas para las Drogas y el Crimen, con solo 8 millones y medio de habitantes, el país presenta la mayor incidencia de homicidios en todo el planeta: 90.4 asesinatos por cada 100 mil habitantes, es decir, casi mil  asesinatos por año.  

Pero esa no es la única desgracia de la población hondureña.

En estos días de crisis y de lucha popular se han actualizado cifras elocuentes:

Alrededor del 66 por ciento de los hondureños vive en condiciones de pobreza, en particular en las zonas rurales.

La desigualdad clasifica entre las más agudas de un continente que es, en sí mismo, el escenario de las mayores distancias entre ricos y pobres: el 5 por ciento de los hondureños concentra las mayores riquezas.

El desempleo alcanza el 9,4 por ciento, uno de los más críticos del continente, sin contar la precariedad de una buena parte de los empleos.

La inversión pública, una de las esperanzas de desarrollo económico, es mínima:  del 1 al 2 por ciento del PIB, cuando la media internacional oscila entre el 5 y el 6 por ciento.

De consumarse el robo de la presidencia hondureña, poco o nada de esta triste situación cambiará.
Esa es, y no otra, la causa de las protestas que, a riesgo de sus vidas, protagonizan los hondureños en las calles de las ciudades de ese país.  Mantener el estatusrestaurado por el golpe militar, en beneficio de la oligarquía nacional, es la razón del fraude y el rigor de la represión militar.

El político y analista uruguayo Juan Raúl Ferreira vaticinaba recientemente que el 2018, repleto de consultas electorales en muchos países decisivos, puede traer noticias diferentes:  puede ser la oportunidad para que las grandes masas, hastiadas de engaños y pobreza, enfrenten y derroten en países decisivos la ofensiva neoconservadora, neoliberal.

De tal modo, la lucha actual del pueblo hondureño, sea cual fuere su resultado, será una importante, valiosa contribución a esa necesaria reacción popular.


jueves, 7 de diciembre de 2017

México: ¿el giro?



Enrique Román

La puja electoral en Honduras, donde la derecha ha acudido a mecanismos espurios para detener el triunfo del candidato progresista Salvador Nasralla, demuestra que la restauración neoliberal  en América Latina dista mucho de ser un proceso irreversible.

Otra señal:  en las recientes elecciones chilenas, la victoria casi segura del derechista Sebastián Piñera se vio eclipsada por la votación sin precedentes a favor del izquierdista Frente Amplio, consolidado como tercera fuerza nacional.  En la segunda vuelta el 17 de diciembre, el apoyo de esta organización, de integración juvenil, puede inclinar la balanza a favor del opositor – y seguidor de Michelle Bachelet – Alejandro Guillier.

Sin embargo, estos son solamente indicios.  Los momentos culminantes de esta recuperación de las fuerzas progresistas  tendrán lugar el próximo año.

Las elecciones en Brasil y nada menos que en México, pueden inclinar la balanza del poder en el continente y convertirse en un revés estratégico de la restauración neoliberal en marcha.

Sobre Brasil se ha hablado mucho.  La saga de acontecimientos que llevaron a la destitución de la presidenta DilmaRousseff mediante un golpe de estado parlamentario, abrió las puertas del poder a una caterva de elementos impopulares y corruptos.

Para el 2018, a pesar de trabas y zancadillas, Luis Inazio Lula Da Silva sigue siendo el candidato con mejores resultados en las encuestas. La restauración dará un gran paso atrás.

México es otra cosa

Pero México, otro gigante, podría ser la gran sorpresa. De vencer Andrés Manuel López Obradoren el 2018, candidato que agrupa a fuerzas de izquierda en su propio partido, , la historia contada hasta ahora tendría que volver a ser escrita.

México es el tercer país más extenso del continente, después de Brasil y Argentina.  En virtud de su riqueza étnica y por lo tanto cultural, no es solo el país hispanohablante más poblado – 120 millones de habitantes - sino el séptimo  con más diversidad lingüística en el mundo – 287 idiomas, con el español como lengua oficial y predominante.

Por el monto de su PIB, su economía es la número 15 del mundo.

Su frontera de más de 3 mil kilómetros con Estados Unidos ha signado desde siempre y hasta hoy el destino mexicano.  Al presidente Porfirio Díaz se atribuye la frase famosa:  México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

La Revolución mexicana de 1910 fue la primera en América Latina del pasado siglo, y tuvo influencia no solo en ese país, sino en todo el continente. El país norteño fue el refugio de políticos de las tendencias más diversas, desde los primeros marxistas hasta los republicanos españoles que emigraron hacia allí al triunfar el fascismo en España en 1939.

El nacionalismo mexicano fue también ejemplar para el continente, cuando el general Lázaro Cárdenas decidió en 1938 que la principal riqueza natural del país, el petróleo, pasara a ser patrimonio nacional. De esa decisión nació la empresa estatal de petróleos mexicanos –PEMEX—y el país se benefició de su producto, que hoy representa alrededor del 40 por ciento del PIB de México.

Durante 71 años un partido, el Partido Revolucionario Institucional, PRI, imperó monolíticamente en el país, tanto tiempo como el Partido Comunista de la Unión Soviética. El camino neoliberal, comenzado en la década del 80, y rematado con la firma del famoso Tratado de Libre Comercio de América del Norte, se aceleró con la llegada al poder del Partido Acción Nacional, PAN, de franca derecha.  

La indestructible maquinaria política del PRI  se había sacudido ya en los comicios de 1988 por el entonces izquierdista Partido de la Revolución Democrática, el cual alegó haber sido despojado de la victoria. El escándalo fue de grandes proporciones.

Lo mismo ocurriría en el 2012, cuando el PRI regresó a la presidencia, en un desenlace fuertemente puesto en duda por el opositor principal del electo presidente Enrique Peña Nieto: Andrés López Obrador, AMLO, para la propaganda política y para la nomenclatura popular.

Sería la tercera vez que López Obrador aspirara a la presidencia.  A la tercera va la vencida, ha dicho, y cualquier encuesta que se haga lo da hoy como el vencedor en la justa, que se efectuará en julio del año próximo.

Al frente de su Movimiento de Regeneración Nacional, MORENA, y acompañado por fuerzas de izquierda, su triunfo alteraría sustancialmente la tendencia revanchista de la derecha latinoamericana desde un país decisivo, como lo es México.

Un oscuro trasfondo

El telón de fondo de estas elecciones es brumoso.  No se trata solamente de las conocidas contradicciones con las políticas racistas de la actual administración estadounidense, ni del incierto destino del TLCAN.Hoy los mexicanos tienen la imagen más negativa del vecino del norte de los últimos 15 años. Un 65% lo percibe de forma negativa, el doble que hace dos años.

Hay otras realidades más significativas:  el 54 por ciento de  los mexicanos vive en la pobreza --60 millones--, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México.  De otro lado, la brecha entre ricos y pobres en México es de las más amplias en el continente.  Según Forbes, el 20 por ciento de los más ricos posee el 51 por ciento del ingreso corriente total, y solamente 12 de ellos representan el 15 por ciento del PIB.  El 20 por ciento más pobre recibe el 4,9 por ciento del ingreso corriente total. 

Agua para el molino del descontento y para las esperanzas en un candidato que manifiesta su oposición al imperio de la desigualdad y de la corrupción, que crea gigantescas fortunas en medio de estas duras realidades.

Agua para estos molinos es la amenazante inseguridad que reina  en el país por la acción impune de las grandes mafias del narcotráfico, entre cuyos efectos ha estado la degradación de la autoridad presidencial, en un país que se caracterizó, a lo largo de muchos años, exactamente por lo contrario.

La posición de AMLO respecto a las bravatas de Donald Trump coincide también con el criterio de la mayoría de los mexicanos:   “Se debe dejar de lado la propaganda, porque no es serio decir: ‘Voy a construir un muro y lo van a pagar ustedes’. Hacerlo por los aplausos, para explotar un sentimiento nacionalista que hay en todos los pueblos no es serio”,

Y sobre el narcotráfico, ha insistido en la responsabilidad de Estados Unidos, como principal mercado de la droga que transita por el territorio mexicano.

López Obrador conoce bien los trasfondos de la política mexicana.  Inició su carrera en el PRI, luego pasó al PRD, antes de fundar su propio movimiento. Su popularidad ha crecido también por su crítica a la privatización progresiva del petróleo de los últimos años, obra de la presidencia priista de Enrique Peña Nieto, y sobre la cual afirmó que se revisarían los contratos firmados para garantizar que sean favorables a la población y no a las oligarquías dominantes.  

Adversario tradicional del TLCAN, criticó la forma en que se produce su revisión actual, en medio de presiones brutales del presidente Trump. "No es conveniente perseguir un acuerdo bajo presión”, y prometió que renegociaría cualquier acuerdo que dañe los intereses de su país.

Pero su caballo de batalla será la lucha contra la corrupción.  “Nosotros estamos en contra de la riqueza mal habida, estamos en contra de la corrupción política porque ese es el principal problema de México, es el cáncer que vamos a acabar cuando triunfe nuestro movimiento”.

México será cada vez más noticia en la medida en que avance el nuevo año.  Y nadie duda de que, de resultar electo Andrés López Obrador, el impacto se hará sentir en todas las capitales latinoamericanas.  

Y en Washington. 
 
A favor de los movimientos progresistas y en contra de los intereses oligárquicos. 





jueves, 2 de noviembre de 2017

África y las guerras del futuro



Enrique Román
No es frecuente encontrar en las noticias de cada día muchas informaciones sobre África, uno de los continentes mayores del globo y de los más ricos.
De ahí que la emboscada donde murieron cuatro soldados estadounidenses en Níger – y cinco soldados nigerianos de los cuales, como era de esperarse, se habla mucho menos – haya hecho regresar el continente negro a las noticias y de paso, haya sorprendido a quienes no conocen las dimensiones de la presencia militar actual de Estados Unidos en África.
La sorpresa puede ser mayor si conocemos otro dato también poco informado: según Nick Turse, uno de los editores principales del sitio Tomdispatch, quien ha seguido el tema durante varios años, la cifra de militares estadounidenses en África oscilaría hoy entre 5 000 y 8 000 soldados, en dependencia de las misiones de cada momento. Y en alrededor de 50 países africanos.
Turse, quien ha escrito numerosos artículos y libros sobre el tema, añade que la expansión de la presencia militar en África, según el Comando para África de los Estados Unidos – conocido como Africom – se aprecia en la realización de unos 3 500 ejercicios y programas por año, es decir, dice, cerca de diez misiones diarias en el continente, frente a unas 172 cuando Africom inició sus actividades: un 2 000 por ciento de incremento.
Por otra parte, la presencia del personal militar, en bases o estaciones, mayores y menores, es también poco conocida.  La única base reconocida como tal por el mando militar es la de Camp Lemonnier, enDjibouti(por su ubicación geográfica en el Cuerno Africano este pequeño país arrienda su terriorio a bases militares de varios países) donde están estacionados más de dos mil soldados.
Pero sumada a otras, la presencia militar, según un dato no actualizado, alcanza las 46 locaciones desde las cuales las fuerzas estadounidenses operan, en conjunto con tropas locales - o no -, por medios convencionales o guiando drones, desde los más variados puntos del continente.

¿Con qué fines?   

Un antiguo diplomático estadounidense explica la presencia militar en Niger – el ejemplo más reciente – con la conocida candidez con que Estados Unidos ha justificado las más siniestras intervenciones.
David Litt, quien fue segundo jefe de la embajada de Estados Unidos en Niamey y consejero político por el Departamento de Estado ante el Comando de Operaciones Especiales, dice textualmente:
“Su tarea ha sido principalmente mantener la capacidad de las fuerzas de seguridad de las naciones aliadas, a fin de promover la estabilidad y las normas generalmente aceptadas de las sociedades democráticas.  La presencia de operaciones especiales en Níger solo tiene unos pocos años y está vinculada a los esfuerzos de Estados Unidos para derrotar a extremistas violentos operando con impunidad, especialmente en el norte, en Mali, y en el sur, en Nigeria”.
Y en efecto, la lucha contra las agrupaciones terroristas que se multiplican en el continente, mucho más después de cada evidencia de participación norteamericana, es la gran explicación que hoy se da para la presencia de los militares en tantos países del continente.
No es una mala explicación.  Sobre todo cuando Litt añade que la presencia en Níger es resultado de la diplomacia de Estados Unidos y sus “estrategias para construir la estabilidad, la legitimidad y la capacidad en naciones frágiles”, aun cuando no existan “amenazas directas e inmediatas a Estados Unidos en el presente”.
Pero pudiera haber una explicación más completa para esta doble política, militar y diplomática.
El propio Donald Trump nos lo confiesa. 
En una reciente reunión con dirigentes africanos, dijo textualmente:
“África tiene un tremendo potencial para los negocios.  Tengo tantos amigos yendo a sus países, tratando de obtener riquezas.  Los felicito.  Ellos están gastando una gran cantidad de dinero”.
O sea, que dicho en el singular lenguaje de Trump, el expansionismo económico es, como fue siempre para las principales potencias colonialistas occidentales, uno de los grandes objetivos de esta política.

La gran tragedia africana

La gran tragedia africana ha sido su extraordinaria riqueza.
Un continente enormemente rico, pero con sus riquezas ocultas bajo tierra.  Petróleo, diamantes, uranio, han nutrido las arcas de muchos y han provocado el hambre, el caos político, la desesperación, para la inmensa mayoría de los pueblos de este continente.
Las naciones africanas proporcionaron la fuerza de trabajo para el desarrollo de las colonias europeas en América, en el orden de decenas de millones de esclavos, que fueron transportados al entonces nuevo continente y explotados a sangre y fuego.
El proceso de descolonización que se produjo casi masivamente en los años 60 del pasado siglo – con excepción de las colonias portuguesas, que llegarían a la independencia en los 70 – abrió un camino de esperanzas.  Insatisfechas en su mayoría.  El retardo heredado en todos los órdenes era inconmensurable. 
El recuento de guerras internas, de intentos imperialistas, y también de victorias como la derrota del apartheid en Sudáfrica, llenan las páginas de la historia posterior.
Hoy, en un mundo sediento de recursos, África es quizás el más codiciado de los continentes.  Sobre él se vuelcan los países desarrollados o en pleno desarrollo, en busca de las materias primas de que carecen.
El ritmo de la relación económica que aceleradamente va estableciendo China es impresionante. 
En solo unas pocas décadas, China, que abrió caminos en ese continente ayudando a movimientos de liberación, ha pasado a ocupar un lugar central en el comercio africano.
Los datos varían poco según las fuentes consultadas. Pero son útiles para la argumentación eilustran la intensa ruta recorrida por el comercio sino africano:
El promedio de las importaciones africanas desde China, entre 1993 y 2004, eran de 4 205 millones de dólares, y las compras chinas fueron de 4 916 millones.  Las importaciones africanas se concentraban en bienes de consumo, mientras que las chinas eran, como se suponía, materias primas y minerales. 
Ya al finalizar ese período, China era el tercer socio comercial africano, después de Estados Unidos y Francia. 
Pero en el 2010, el intercambio chino con África era superior al estadounidense: 127 000 millones de dólares anuales. Y en el 2014, solo cuatro años después, fue de 222 000 millones.
Entre tanto, las cifras estadounidenses han declinado.
No es necesario aburrir con estadísticas.  Las expuestasayudan a  evidenciar que, también en el continente africano, el reto es creciente para el poder global de Estados Unidos.
Y basta también para comprender que, además de la intención de detener la acción de grupos capaces de realizar acciones terroristas contra Estados Unidos, la presencia de esta red de establecimientos yde relaciones militares con alrededor de cincuenta países en el continente, tiene explicaciones a más largo plazo.
En África, ¿se estará librando ya una guerra del futuro? Por lo pronto, Estados Unidos ha comenzado a tomar posiciones.







sábado, 30 de septiembre de 2017

Puerto Rico: una tragedia americana







Enrique Román

Puerto Rico, si a sus paisajes y ciudades se refiere, no será más, durante un buen tiempo, la “Isla del encanto”, como la identificaba la publicidad turística.

No se trata solamente del avasallador paso de dos potentes huracanes, Irma, tangencialmente, y María, que atravesó todo su territorio.  Ambos desarmaron literalmente la estructura física de la isla, la natural y la creada por el hombre durante muchos años.

Es que, además, lo sucedido antes y después del huracán, han puesto de relieve una vez más que en el “encanto” de la isla faltaba y falta un componente esencial: su independencia.

Año tras año el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas reafirma el carácter colonial del status que une a Puerto Rico con Estados Unidos.  Para muchos, como sucede con las resoluciones de las Naciones Unidas, la noticia pasa inadvertida.  Para otros, se trata de un pronunciamiento de países del Tercer Mundo con el ánimo de molestar a los Estados Unidos.

Ahora, con la catástrofe sufrida, las señales de su condición colonial se han evidenciado con más fuerza que nunca.

De Colón a Washington

Pero vayamos atrás en la historia.  La pequeña isla – la menor de las Antillas Mayores, 9 104 kms cuadrados – fue descubierta por Cristóbal Colón en 1493, y durante los cuatro siglos posteriores sufrió todas las vicisitudes de las colonias españolas.   Ya a  fines del siglo XIX España, que veía cercano el fin de los últimos reductos de su sistema colonial, le concedió un régimen autonómico que no satisfacía ninguno de los imperativos que reclamaban sus luchadores independentistas.  Pero por poco tiempo.  Un año después Estados Unidos libraba la que se ha considerado la primera guerra imperialista de la historia, y ocupaba Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

A partir de ahí se inició el recorrido de un verdadero y trágico laberinto para ocultar la decisión estadounidense de apropiarse la pequeña isla, al cabo del cual lo único que queda claro es que Puerto Rico, simplemente, no es independiente ni soberana. Es la última nación latinoamericana en espera de su independencia.

Así, vieron constituirse a inicios del pasado siglo un gobierno con aires republicanos – los tres poderes incluidos -  encabezado por un gobernador…  estadounidense y nombrado por el presidente de Estados Unidos.  Solamente en 1946 el gobernador fue un nativo de la isla.

Desde 1917 los puertorriqueños recibieron la ciudadanía estadounidense.  Pero con importantes limitaciones:  por ejemplo, el puertorriqueño que no haya obtenido la residencia en Estados Unidos, reservada a quienes vivan por un tiempo determinado en el territorio continental, no tiene derecho a elegir al presidente del país cuya ciudadanía ostenta.

Los textos legales establecen además que la soberanía puertorriqueña reside, no en su pueblo, como exigiría la tradición constitucionalista liberal, sino en el Congreso de Estados Unidos.

Por supuesto que durante décadas se desarrolló un movimiento que acentuó el patriotismo característico de los puertorriqueños.  Por vías diversas, y bajo la inspiración de patriotas como Pedro Albizu Campos, continuador de los grandes independentistas del siglo XIX, los puertorriqueños libraron batallas en el propio territorio estadounidense.  Crearon así una galería de héroes y de mártires, que hoy se incorporan a la mejor tradición  de los habitantes de la isla. 

La definición de qué era Puerto Rico siguió también un camino laberíntico.   Al cabo de un complicado trayecto, si usted busca la respuesta hoy en cualquier enciclopedia, encontrará que “Puerto Rico, oficialmente Estado Libre Asociado de Puerto Rico, es un territorio no incorporado estadounidense con estatus de autogobierno”.

¿Qué quiere decir esta complicada palabrería? Si no lo entiende, no debe preocuparse.  No es más que un  galimatías que oculta que Puerto Rico es, simplemente, una colonia disfrazada de Estados Unidos.

La deuda y Donald Trump   

La isla fue explotada también como destino barato para los capitales estadounidenses.  Esto, sumado a una administración burocrática, desastrosa, condujo a que el gobierno de la isla cayera en franca quiebra, al declararse incapaz de pagar la astronómica deuda de 72  mil millones de dólares (para solo 3 millones 400 mil habitantes y una cifra algo mayor que vive en Estados Unidos). 

Si Puerto Rico fuera un estado de la Unión americana, podría declararse oficialmente en bancarrota y recibiría ayuda federal. 

Pero Puerto Rico vive en un verdadero limbo ontológico.  Al no ser un estado, no puede recibir ayuda del gobierno colonial, como sí la recibió, digamos, la ciudad de Detroit cuando se declaró insolvente.  Y tiene pocas posibilidades de resolver su problema con los escuetos ingresos de sus impuestos baratos.

La única ayuda recibida fue la institución de una Junta federal enviada por Washington, encargada de administrar los ingresos  - esos ingresos – sustituyendo la autoridad del gobierno insular. 

¿Es o no es colonia?

Ahora la tragedia de los huracanes ha acabado de poner en evidencia la verdadera esencia de su condición.  Aunque suspendida provisionalmente, una vieja ley le prohibía recibir barcos cuya construcción y cuyas tripulaciones no fueran estadounidenses. Es decir, que Puerto Rico no podía recibir ayuda, por ejemplo, de las islas cercanas (Jamaica, República Dominicana).

La Junta, además. ya anunció que liberaba mil millones de dólares para la reconstrucción del país, pero bajo su control y utilizando solo el dinero proveniente de los ingresos que lograra, en medio de la catástrofe, el gobierno isleño.

Y encima, Donald Trump.

Trump, hace algún tiempo, no sabía bien qué eran los puertorriqueños.  En un momento de su campaña electoral, cuando arremetía contra los inmigrantes mexicanos, mezcló mexicanos con puertorriqueños y dijo que estos últimos eran los peores.

Ahora, en los mismos momentos en que  los puertorriqueños enfrentaban la mayor desgracia natural de su historia, Trump se concentraba en una polémica poco gloriosa con los futbolistas que protestaban contra sus expresiones no muy ocultas de racismo.

Cuando varias personalidades, entre ellas Hillary Clinton, le recordaron que los puertorriqueños eran ciudadanos estadounidenses, en lo primero que pensó el impredecible presidente fue en la deuda puertorriqueña.  Era una desgracia lo que ocurría, pero en primer lugar para Wall Street.

El martes acudirá a la isla en control de daños, después de la andanada crítica que su administración ha recibido por la lentitud en la respuesta a la crisis de Puerto Rico.  Allí lo recibirá un auditorio escogido.  Trump no habla sino a públicos afines a su discurso. 

Pero de una manera u otra, los ecos de la solidaridad continental, de los famosos artistas y deportistas puertorriqueños, líderes en la música y en el deporte latinoamericanos, todos ellos nacionalistas, sonarán más alto que su previsible arenga,  dicha, como siempre, en su precario inglés massmediático. 

Entre tanto, Puerto Rico, una vergüenza colonial en pleno siglo XXI, seguirá esperando no solo por su recuperación, sino por acceder a la dignidad soberana que le corresponde, como la última de las naciones independientes de América Latina.