Enrique Román
En Honduras se está cometiendo uncrimen. Miremos solamente
las cifras: en el momento en que se
escriben estas líneas, 34 hondureños, participantes en las protestas que hoy
estremecen las calles hondureñas, han muerto como consecuencia de la feroz
represión. Más de mil han sido arrestados y conducidos a prisión.
Ciertamente la OEA, ante las notorias denuncias de fraude,
aconsejó la repetición de todo el proceso electoral.
Viniendo de la OEA, con todo su negro historial, era
bastante. Pero nada más. Ni una reiteración de su valoración negativa
del proceso electoral espurio, ni una conferencia de prensa.Ni una exigencia a
las autoridades electorales.
Y ¿si lo que ocurre en Honduras ocurriera en Venezuela?
El contraste es evidente.
Contra el gobierno bolivariano, electo, reelecto, vuelto a reelegir en
una veintena de elecciones nacionales, regionales, municipales, se ha alzado
con extraordinaria virulencia la voz no solo de la OEA, sino de su camaleónico
secretario general el uruguayo Luis Almagro, antiguo ministro de un gobierno izquierdista,
hoy reproductor de los puntos de vista y de los intereses yanquis.
Y si hubiera habido una cantidad de muertos tales como los
que hoy reciben sepultura en Honduras, en el caso venezolano se habría ya invocado
la carta de la OEA para propiciar, como otras veces, la intervención militar
regional, léase estadounidense.
Nada de eso ocurre en el caso de la grave crisis hondureña.
Repúblicas bananeras
El término república bananera, con el que se alude hoy
internacionalmente a un país donde la democracia sea o inexistente o un puro
adorno para consumo mediático, se acuñó en el siglo XX refiriéndose a las
repúblicas centroamericanas.
Eran tan ricas en producción de banano como carentes de un
verdadero juego democrático. Las elecciones,
cuando las había – abundaban las dictaduras militares -, eran un puro trámite, donde el fraude en todas
sus formas, incluido el asesinato político, sustituían la voluntad de los
votantes.
Aunque hoy suele ser un apelativo discriminatorio y racista,
reconozcamos que el caso hondureño es un gran paso atrás hacia aquella
condenable realidad.
Pero no solo se trata de Honduras.
Después de un período esperanzador, en que gobiernos de
proyección popular habían llegado al poder en no pocos países latinoamericanos,
en sustitución de la primera oleada neoliberal, - y como consecuencia de la
opresión económica y política sobre las grandes masas que de ella se derivó, la reacción del neoliberalismo intenta por
todos los medios la total restauración del poder perdido.
En Brasil se orquestó, como todos sabemos, un auténtico golpe
de estado, que remedaba el realizado años antes en Paraguay, contra la
presidenta DilmaRoussef: en realidad era
un recurso contra el camino iniciado por el gobierno del Partido de los
Trabajadores y contra su popular líder, Luis Inazio Lula Da Silva.
En Argentina, los embates contra las políticas anti
neoliberales de Néstor Kirshner y su esposa y continuadora, Cristina Fernández,
tomaron otras formas, pero el resultado es el mismo: el establecimiento
progresivo de medidas antipopulares de dimensiones colosales.
En Ecuador, el fraccionamiento lamentable – o la traición –
dentro del gobernante Alianza País pone en severo riesgo las conquistas
alcanzadas durante la presidencia de Rafael Correa, en un dilema cuyas
perspectivas no son alentadoras.
Honduras ya había conocido la receta, al efectuarse el golpe
de estado militar contra su presidente electo
Manuel Zelaya, cuya ejecutoria no
había rebasado siquiera los límites de las elementales reformas sociales.
Sin embargo, el éxito restaurador no tuvo éxito en Venezuela
ni en Bolivia ni en Nicaragua. Todos
siguen bajo el fuego intenso de los poderes oligárquicos, acompañados y
estimulados por Estados Unidos, mucho más después de la llegada al poder del
presidente Donald Trump.
El caso hondureño
Aquí no estamos en el caso, como en los citados, de un país
de grandes economías y de una clase política sofisticada. Las necesidades de Honduras son bastante más
elementales.
Honduras es un país pequeño, con un turismo que sobrevive a
pesar de tener como destino uno de los países más peligrosos del mundo.
En todas las estadísticas, Honduras ocupa el primer lugar
por su impresionante criminalidad.
Según la Oficina de las Naciones Unidas para las Drogas y el
Crimen, con solo 8 millones y medio de habitantes, el país presenta la mayor
incidencia de homicidios en todo el planeta: 90.4 asesinatos por cada 100 mil
habitantes, es decir, casi mil
asesinatos por año.
Pero esa no es la única desgracia de la población hondureña.
En estos días de crisis y de lucha popular se han
actualizado cifras elocuentes:
Alrededor del 66 por ciento de los hondureños vive en
condiciones de pobreza, en particular en las zonas rurales.
La desigualdad clasifica entre las más agudas de un continente
que es, en sí mismo, el escenario de las mayores distancias entre ricos y
pobres: el 5 por ciento de los hondureños concentra las mayores riquezas.
El desempleo alcanza el 9,4 por ciento, uno de los más
críticos del continente, sin contar la precariedad de una buena parte de los
empleos.
La inversión pública, una de las esperanzas de desarrollo
económico, es mínima: del 1 al 2 por
ciento del PIB, cuando la media internacional oscila entre el 5 y el 6 por
ciento.
De consumarse el robo de la presidencia hondureña, poco o
nada de esta triste situación cambiará.
Esa es, y no otra, la causa de las protestas que, a riesgo
de sus vidas, protagonizan los hondureños en las calles de las ciudades de ese
país. Mantener el estatusrestaurado por
el golpe militar, en beneficio de la oligarquía nacional, es la razón del
fraude y el rigor de la represión militar.
El político y analista uruguayo Juan Raúl Ferreira
vaticinaba recientemente que el 2018, repleto de consultas electorales en
muchos países decisivos, puede traer noticias diferentes: puede ser la oportunidad para que las grandes
masas, hastiadas de engaños y pobreza, enfrenten y derroten en países decisivos
la ofensiva neoconservadora, neoliberal.
De tal modo, la lucha actual del pueblo hondureño, sea cual fuere su resultado, será una importante, valiosa contribución a
esa necesaria reacción popular.